el Lope más trágico
Sábado 06 de agosto de 2011
“El castigo sin venganza”, de Lope de Vega
Director de escena: Ernesto Arias
Espacio escénico: Almudena López Villalba
Intérpretes: Mario Bedoya, Alicia Grau, Bruno Ciordia, Jesús Fuente, Alejandra Mayo, Rodrigo Arribas, Jesús Teyssiere, Manuel Sánchez Ramos, Belén Ponce de León
Lugar de representación: Teatro Alcázar. Madrid
Por RAFAEL FUENTES
El gran director de escena ruso Anatoli Vasiliev solía afirmar con gran perspicacia: “El presente se encuentra en los clásicos”. Si hablásemos de la indisciplina juvenil contra la autoridad de los padres, del caos sentimental, de la mentira pública para fingir una apariencia virtuosa tras la que se encubren conductas inconfesables, o de la corrupción desde el poder, podríamos pensar de inmediato en noticias frescas leídas en los periódicos: en el botellón, en el fracaso escolar, en la violencia doméstica, en la azarosa vida amorosa de los famosos y sus vicisitudes anárquicas, en los políticos imputados… O si queremos poner nombres y caras de plena actualidad a estos hechos, con toda seguridad nos vendría a la cabeza la vida y la muerte de Amy Winehouse, o quizá los episodios repugnantemente sórdidos de la vida íntima de Dominique Strauss-Kahn, ocultos hasta hace poco tras una envoltura de prestigio y poder. Pero no estamos refiriéndonos a ninguno de ellos, ya que, en realidad, esas conductas constituyen el corazón y la entraña de una de las tragedias más majestuosas y conmovedoras escritas en nuestro idioma: “El castigo sin venganza”. En ella Lope desenmascara la criminalidad oculta tras una falsa careta de bondad, así como señala la arrogancia y podredumbre del poder, y denuncia la incapacidad para conducir la propia existencia, la traición, la violencia oculta en la familia, el adulterio, el incesto. Sin duda, Anatoli Vasiliev estaba en lo cierto y el más cercano presente se encuentra en este gran clásico de Lope de Vega, solo que con más clarividencia y belleza que lo hallamos en la siempre confusa realidad inmediata.
Concluida en Madrid precisamente el mes de agosto –de 1631- para ser estrenada en el Palacio del Retiro, donde la Corte de Caros IV promovía puestas en escena de aparatosa y complicada tramoya, con una espectacularidad y efectismo muy alejados de aquellos corrales de comedia donde Lope había cimentado su celebridad, su tragedia solo pudo representarse un único día, pese a haber conmovido profundamente al auditorio cortesano. También se impidió su estreno en los “corrales”, por motivos aún no aclarados, lo que mortificó hondamente al gran dramaturgo, ya próximo a los setenta años, consciente de haber coronado una de sus más grandes producciones teatrales. La puesta en escena de la compañía Rakatá nos ofrece, en cambio, estos días, una versión de “El castigo sin venganza” despojada de toda aparatosidad superflua. La dirección de Ernesto Arias la ha desvestido de cualquier obstáculo que pudiera desviar nuestra atención del drama trágico que emerge desde la intimidad de los protagonistas. Nos hallamos ante un espacio escénico poblado de cilindros similares a finos troncos con corteza de árbol, sin ramas ni frondosidad alguna, que se pierden en una desproporcionada altura, hacia el infinito, con el propósito de sugerir, en un primer momento, el bosque donde el bastardo Federico va a rescatar del río a su madrastra Casandra. El río y el bosque fantasmagórico encarnan potentes símbolos del lugar donde los personajes se extravían – se extravían a través de sus deseos-, cuando sus pasiones dejan de estar bajo su propio control y sus existencias toman un curso anárquico, sin dominio sobre la vehemencia de los afectos que les arrastran cada vez con mayor osadía y violencia. Esos mismos troncos desnudos evocarán después las torcidas columnas de un palacio de pesadilla, creando espacios velados, otros semitransparentes, otros potentemente iluminados, donde se ocultan o se desvelan peligrosas verdades.
La anterior colaboración de Ernesto Arias con Laurence Boswell, y la dirección de otras obras de Lope de Vega con Rakatá del propio Boswell, director asociado de la Royal Shakespeare Company, nos podría predisponer a pensar que el montaje de Ernesto Arias calca las prodigiosas puestas en escena de la célebre compañía británica. Pero nada más opuesto a la verdad, pues la Royal Shakespeare Company de Laurence Boswell despoja el escenario de cualquier construcción –aproximándose a la doctrina del espacio desnudo de Copeau-, acompañando el trabajo interpretativo de los actores solo con el diseño de luz y vestuario. Ernesto Arias, en cambio, posee un estilo propio ofreciéndonos una puesta en escena fiel al espíritu del Barroco, aunque sea el suyo un barroquismo escueto, depurado, esencializado. Los personajes salen a la luz, simbólicamente, desde la más profunda negrura, para perderse después en esa misma negrura, tal como acontece en la estética de los lienzos de Caravaggio o José de Ribera que inspira la composición de la imponente escena final. Del mismo modo no se corresponde con la Royal Shakespeare Company el toque cinematográfico que por momentos Ernesto Arias imprime a su montaje.
Particularmente en la partitura musical con la que enlaza distintas escenas, muy semejante a la banda sonora de un filme, o bien la voz grabada que resuena al comienzo de la obra, análoga a la “voz en off” que irrumpe en una cinta de cine. Dos recursos bien resueltos y ensamblados en el drama, excepto cuando al inicio ocultan la canción de Andrelina, que Lope sitúa al comienzo de la obra. Bellísimo poema que sirve, a su vez, como vaticinio que sugiere desde el principio el desenvolvimiento de todo el drama trágico.
Más próximo al estilo de Boswell es el ritmo vivaz de la acción. Los actores adoptan esa cadencia ligera tras eludir declamar simplemente el verso. Parecen haber resuelto en su mente primero las dificultades de las alteraciones sintácticas de la retórica, así como las alteraciones del lenguaje impuestas por el ritmo y la rima, para después expresar la bellísima poesía de Lope con toda su carga intelectual y emocional. Ese excelente trabajo con el lenguaje poético permite a los intérpretes someter la retórica del verso al servicio de las pasiones más recónditas de los personajes, que van emergiendo de forma gradual y contundente. También les posibilita explorar con mayor riqueza de la habitual los conflictos internos de los protagonistas. Con mucha frecuencia “El castigo sin venganza” se ha desvirtuado al mostrarlo como un enfrentamiento injusto del poderoso duque de Ferrara –lo hemos llegado a ver caracterizado como el “Duce” Benito Musolini- contra su indefenso hijo bastardo, el conde Federico, transformando la gran tragedia de Lope en un simple melodrama entre buenos muy buenos, contra malos muy malos. Este simplismo de las reinterpretaciones políticas melodramáticas empequeñece la complejidad de las pasiones que se exponen en escena. El Federico que nos ofrece ahora Ernesto Arias no es solo el bastardo que traiciona a su padre, sino también el héroe que se traiciona a sí mismo y se somete al juicio del tribunal interior del alma, de modo que a la vez que realiza su deseo busca también la autodestrucción del castigo que él mismo se ha autoimpuesto. Igual sucede con los demás personajes, atrapados en una espiral trágica y en el juicio de su propia alma, abocados a matar lo que aman o amar lo que les matará. De este modo “El castigo sin venganza “ de Ernesto Arias y la compañía Rakatá supera el sentimentalismo del melodrama para involucrarnos, sorprendernos y conmovernos con la intensidad de una auténtica fuerza trágica.
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