Los Lunes de El Imparcial

La alegría creadora

CRÍTICA

Domingo 07 de agosto de 2011
Biblioteca Nueva/Fundación Ortega y Gasset–Gregorio Marañón, 2011. 422 páginas. 22 €

Cuando un pensador alcanza un elevado nivel de originalidad, profundidad e influencia puede llegar a constituir un género en sí mismo. En España tenemos un ejemplo máximo de ello en José Ortega y Gasset, cuya obra y figura ha dado y sigue dando lugar a un alto número de estudios, libros, artículos, conferencias y cursos. De hecho, si se hiciera una comparación entre esa cifra y la de los trabajos dedicados a interpretar a otros autores más significados en los manuales de filosofía es posible que el filósofo madrileño saliera ganando.

Aunque no le hayan faltado intérpretes extranjeros, naturalmente la mayoría de los estudiosos de la obra de Ortega son españoles y cabe agregar que, en la mayor parte de los casos, han producido textos de gran calidad, incluyendo algunas lecturas verdaderamente excelentes, prácticamente imprescindibles. Cabe recordar, por ejemplo, varios libros esplendidos escritos por discípulos directos de Ortega como Julián Marías (Ortega: circunstancia y vocación, y Las trayectorias) o Antonio Rodríguez Huéscar (La innovación metafísica de Ortega y Gasset, y Verdad y perspectiva) o, mucho más recientemente, la magnífica biografía firmada por Javier Zamora Bonilla (Ortega y Gasset), por no citar uno por uno los estudios de otros reconocidos expertos: Ciriaco Morón Arroyo, Javier San Martín, José Luis Molinuevo, Francisco José Martín y otros. Al publicar su libro La voluntad de aventura, en la fecha ya lejana de 1984, Pedro Cerezo Galán, catedrático de Filosofía de la Universidad de Granada, ganó un puesto (acaso el primero) entre ese ejército de especialistas orteguianos. El citado texto sería probablemente la obra más profunda (y consiguientemente densa) escrita hasta su fecha sobre Ortega. Ahora, la editorial Biblioteca Nueva y la Fundación Ortega y Gasset–Gregorio Marañón han tenido el acierto de reunir en un nuevo libro un buen número de textos preparados por Pedro Cerezo en torno al pensamiento orteguiano. Sin embargo, estamos ante algo más que una mera compilación de trabajos independientes. De hecho, cada uno de los textos en él contenidos aparece vinculado a los demás por un mismo hilo argumental que se insinúa en el propio título del libro: José Ortega y Gasset y la razón práctica.

El planteamiento de fondo es fácil de enunciar aunque potencialmente polémico, pues la mayoría de los intérpretes orteguianos han puesto siempre énfasis en la vocación metafísica del filósofo, al tiempo que muy pocos cultivadores de la “razón práctica” (Filosofía Moral o Ética) han dedicado atención a las obras de Ortega. Empero, el propósito de Pedro Cerezo, ya planteado en su penetrante libro de los años ochenta, es demostrar el permanente interés puesto por Ortega en dotar a su filosofía de una función moral. Ninguna otra cosa puede significar su permanente reclamo de una “razón vital”, esto es, una filosofía que sin abdicar de su pretensión de verdad y rigor (sin volverse relativista), supere no obstante el subjetivismo propio de idealistas e ilustrados: esa otra razón cuyo sueño, como dijera Goya, también puede alumbrar monstruos.

Pero ¿cuál es el tenor de una supuesta ética orteguiana (de la que ya avisará en su día con otro libro José Luis López Aranguren)? Para dar una respuesta precisa y completa Pedro Cerezo encadena una variedad de reflexiones mediante las que revisa las obras más importantes de Ortega, sus temas preferidos y varias de sus influencias intelectuales. Entre estas influencias se subrayan especialmente las de Cervantes, Nietzsche, Fichte y Simmel, además de la de Heidegger, poniendo menos hincapié en otras referencias habituales como las de los maestros neokantianos de Ortega, la fenomenología de Husserl o el historicismo de Dilthey. En cuanto a los temas discutidos por Ortega y revisados por Cerezo sobresale, desde luego, el archisabido problema de España, heredado como asunto de reflexión por influjo del regeneracionismo y la generación del 98. Y, junto a esto, la propia analítica orteguiana de la vida, los asuntos de las crisis históricas, la técnica, la dialéctica entre masas y minorías y el liberalismo político. Por último, Cerezo elabora nuevas discusiones para valorar lo que él mismo llama la “significación” de Ortega para la cultura (y, por tanto, para la historia) española. Pero debe insistirse en que lo más relevante de este libro no es su variedad temática sino el núcleo argumental que conecta todas sus partes y cuestiones: a saber, una ética ciertamente deudora de la metafísica raciovitalista orteguiana, pero ética al fin y al cabo, en tanto que reflexión sobre asuntos morales y con implicaciones morales.

En todo caso, lo que interpretado (Ortega) e intérprete (Cerezo) entienden por moral tiene menos que ver con la oposición a lo in-moral que con la pugna frente a ciertas ideas (y filosofías) desmoralizantes o desmoralizadoras. Así, Ortega reflexiona ciertamente sobre la vida buena pero al hacerlo procura contagiar una actitud vital moralizante, que no moralista. Le preocupan menos los códigos normativos, a los que considera mera ingeniería social, y le interesan mucho más las disposiciones de ánimo con las que se afronta la tarea de la vida personal y colectiva. De ahí su reiterada valoración de un cierto tipo de héroe, que no es tanto la del hombre arrojado ciegamente al peligro como la de quien asume y afronta su propia vida como una aventura, como un ensayo incierto pero ilusionante puesto al servicio de ideales y proyectos propios, inventados por uno mismo, en lugar de heredados o impuestos. Por tanto, una “ética de la alegría creadora”, como la llama Cerezo en algún momento, con “voluntad de aventura” (parafraseando una expresión del propio Ortega). El libro de Pedro Cerezo, en fin, lo explica con una reiteración y una morosidad tan cierta como conveniente. Su lectura tiene momentos de gran exigencia, pero el esfuerzo merece la pena, tanto desde un punto de vista intelectual como en un sentido auténticamente moral.


Por Luis de la Corte Ibáñez

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