Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 08 de agosto de 2011
Oídos sordos. La especialidad de este Gobierno es hacer oídos sordos a cuanto no le gusta. Aunque las razones de los que claman sean evidentes. No hace falta recordar los reiterados episodios de esta sordera política que, paso a paso, nos ha llevado hasta el borde del abismo. Terribles palabras que todos sabemos que no son una exageración interesada. Empeñado en agotar la legislatura, Zapatero se ponía frenético cada vez que se le pedía –por el bien de España y la salud de la democracia- que adelantase las elecciones. Se resistió hasta que no tuvo más remedio que avenirse a esas razones. Pero lo hizo mal: No se puede anunciar, que no convocar, unas elecciones con cuatro meses de anticipación y, por lo tanto, sin disolución del Parlamento. Y menos aún en una situación como esta en la que de un día para otro o, incluso, casi en minutos, los mercados (de donde proceden los fondos que necesitamos para salir de la crisis, no lo olvidemos) pueden agravar su veredicto en forma de aumento de la prima de riesgo y de caídas bursátiles. A diferencia de los mercados, que abren todos los días, Zapatero y sus ministros están de vacaciones. Un Gobierno como el que padecemos, con su legitimidad erosionada, sumido en una contradictoria bicefalia y que deja pasar los días, las semanas y los meses sin hacer nada –salvo repetidos S.O.S. en forma de llamadas telefónicas o de consultas- es lógico que no inspire confianza, sino que pierda la poca que pudiera quedarle. Olli Rehn, el comisario de Economía de la Comisión Europea, insta al Gobierno español a que acelere las reformas, pero Zapatero –oídos sordos- va y viene entre La Moncloa y Doñana, los ministros no están en sus despachos y esas nuevas y necesarias reformas, que todo el mundo sabe cuáles deben ser, no se ponen en marcha. Como en los tiempos de Fígaro, “vuelva usted mañana”, es decir cuando pase el verano.
En estas circunstancias, ganar un mes o un poco más, adelantando las elecciones a octubre, no es baladí ni un capricho de la malvada oposición. No viene a cuento que la señora Valenciano intente descalificar a Rajoy con un impresentable lenguaje mafioso que sólo la descalifica a ella. Más civilizadamente, el ministro Jáuregui dice que las elecciones no son “una pócima mágica”. Claro que no. No hay pócimas mágicas de ningún tipo, pero ganar tiempo a la crisis puede ser vital. Y el ministro lo sabe. En el drama shakespeariano, Ricardo III ofrecía su reino por un caballo, en el drama que estamos viviendo un mes puede ser esencial para poner en marcha la recuperación. Esperar hasta el 20 de noviembre (intentar jugar con esa fecha me parece una estupidez que no se puede permitir nadie en serio) tendría sentido si estas semanas caniculares se estuvieron utilizando para debatir y aprobar las reformas que se nos piden desde Bruselas. Y que hay que hacer aunque no se nos pidiesen. Berlusconi que, por tantas cosas, no es, precisamente, un gobernante ejemplar, en este caso nos ha dado una lección al aprovechar este mes de agosto para acelerar las reformas que también necesita Italia. En Roma se trabaja, en Madrid se duerme la siesta. Hasta la mayor parte de los informadores y tertulianos se han marchado de vacaciones. Pero no quince días o un mes. No menos de mes y medio es el periodo vacacional de cualquier “analista” que se precie. Se informa poco y mal. ¡Estamos en verano!
Lo que no faltan son informaciones sobre eso que se llama movimiento 15 M (M de mayo, esto una semana, precisamente, antes de las elecciones municipales y autonómicas del 22 de aquel mes). Los “indignados” que, aceleradamente, se han convertido en “indignantes”, hasta ahora no han producido más que toneladas de basura, trastornos continuos del orden público y del derecho de la gente a circular libremente y pérdidas millonarias a los comerciantes de la Puerta del Sol y alrededores. Esa extraña mezcla de antisistemas, “okupas”, anarquistas y otras especies peores no son nada nuevo. Vienen de aquellos grupos que desde hace años se citaban en las ciudades donde se reunía el G8 u otras cumbres internacionales. Son una manifestación de la izquierda desnortada que repite las viejas críticas a un “sistema” que, desde luego, no es perfecto. Pero ellos no tienen ninguna alternativa seria que ofrecer, aparte de algunos gastados y vacíos gritos tan viejos como el casi olvidado 68, de donde provienen muchos de sus temas. Lo hacían cuando no había crisis y ahora, con la crisis encima, han encontrado una ocasión oportuna para anunciar la muerte de un capitalismo cuya colapso final vienen prediciendo desde hace siglo y medio, pero que no acaba de morirse.
La situación que vivimos está diagnosticada desde hace tiempo. En un informe titulado “La crisis de la democracia”, fechado nada menos que en 1975, y que fue presentado a la Comisión Trilateral (que no era ninguna tenebrosa secta sino una asociación que reunía a dirigentes y empresarios de los tres polos democráticos del mundo de entonces: Estados Unidos, Europa Occidental y Japón), tres destacados intelectuales, Michel Crozier, Samuel P. Huntington y Joji Watanuki, analizaban ya los principales rasgos de la crisis: Desintegración del orden civil, ruptura de la disciplina social, debilidad de los líderes y alienación de los ciudadanos. Una de las causas de esa situación, decía el segundo de esos autores, es que cada vez más gente pide más cosas de los gobiernos. Y estos no siempre están en condiciones de atender a esas crecientes exigencias, que les inducen a caer en un vergonzoso electoralismo sin salida. También se hablaba ya entonces de los que piden cada vez más participación, al tiempo que desprecian y deslegitiman los cauces electorales y parlamentarios, que se pueden reformar pero no en la calle o al impulso de movimientos asamblearios manipulados sabe Dios por quién.
La democracia es defectuosa e imperfecta (recordemos a Churchill) pero lo que está claro es que todavía es peor esta democracia callejera y “tuiterizada” que algunos quieren imponernos. La izquierda –la que gobierna y la que no gobierna- intenta sacar tajada de estos supuestos indignados a los que halaga hasta extremos bochornosos. Seguramente tuvo mucho que ver con su aparición pero ya hay indicios de que la operación se les está yendo de las manos. Que el Gobierno no pierda el tiempo y, una de dos, o aborda en serio las reformas o disuelve las Cámaras y convoca elecciones para octubre. Las dos cosas podrían producir algo de esa necesaria confianza. Pero, no nos engañemos: Para lo primero cada vez es más tarde y, además, dada la falta de credibilidad y de crédito de de este Gobierno, lo mejor es que, cuanto antes, llame al pueblo a que se pronuncie en las urnas. Y mientras tanto, que aplique la ley y garantice los derechos de los ciudadanos. De todos y con arreglo a Derecho. ¿O es que –como a veces da la impresión- hemos dejado de ser un Estado de Derecho?
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