Nacional

Democracia y poética

TRIBUNA

Martes 09 de agosto de 2011
Antonio Domínguez Rey habla de la actual crisis política y económica, de los problemas del movimiento 15-M y la próxima visita del Papa Benedicto XVI.

La conjunción en España de la actual crisis política y económica, de doble fondo, el nacional y el sobreañadido internacional, más los escarceos del denominado 15-M y la próxima visita del Papa Benedicto XVI, me recuerdan una reflexión sobre la democracia del filósofo francés Alain Badiou en su Pequeño Manual de Inestética. Confronta dos modos, o mundos, de inscripción del individuo en la existencia partiendo de dos cúspides, vital una, abstracta otra, de la poesía árabe y europea, Labid ben Rabi’a y Mallarmé, respectivamente. Una oda preislámica que ya avanza parte de la poética moderna (“escritura erosionada en el secreto de la piedra”) y la “Tirada de dados” (Coup des dés), dos poemas distantes entre sí trece siglos, desde el sexto al décimono. Cantan los dos poetas el vacío, uno tras la desaparición del campamento alzado un día en el desierto (“¡Vestigios! ¡Todos han huido! ¡Vacía, abandonada, la tierra”) y otro ante el momento decisivo de lanzar los dados y decidir con el gesto la suerte azarosa que ahí comienza, como si antes no hubiera nada: “Nada, de la memorable crisis donde se hizo el acontecimiento consumado… habrá tenido lugar… sino el lugar…”. (En las citas sigo la versión española del original francés traducido para Prometeo Libros por Guadalupe Molina, L. Vogelfang, J. L. Caputo y M. G. Burello).

Lo importante del trasfondo es, con la llanura inmensa del desierto donde antes había vida y la superficie indeterminada del océano bajo la constelación del cielo estrellado, adonde pudiera haber ido el dado, la figura del maestro que se impone en ambas composiciones como guía de la tribu, en un caso, y sabio constructor, en otro: “construir para nosotros una casa altiva”. Nomadismo y burguesía de la Francia colonial.

Ambos textos giran en torno al fundamento de la verdad que queda, temblando, tras la huida de las apariencias, o en su lugar mismo, un lugar que sepulta las tiendas un día azotadas por el viento cálido (“Inútiles fosas, estopa abandonada”) o al maestro flotando en las aguas tras el naufragio de su gesto y cálculo imperial de constructor de mundos. Lugar, maestro, verdad, resume el filósofo francés Alain Badiou. “¿Por qué es necesario que el lugar sea el lugar de una ausencia, o el lugar desnudo, que es sólo el tener lugar del lugar, para que pueda ser pronunciado el ajuste exacto [léase: poema] de la justicia, o de la verdad, y del destino del maestro que la sostiene?”. Riesgo de la palabra segura de sí misma, sujeta con la soga de la dicción justa y verdadera -leyes-, y de la elección iniciada al tirar los dados al cielo infinito e indefinido. Debajo de todo discurso o cimientos hay un soplo de erosión permanente y una decisión dramática de lanzarse al vacío mirando a las estrellas creyendo en las relaciones matemáticas (matema) que sus trayectorias deciden y soñando, tal vez, que rodamos entre ellas, como la mano entre las letras al escribir el dictado de un magisterio anónimo, no previsto anteriormente. Y esto es el poema.
¿Y la democracia? El maestro que sabe elegir conduciendo a los clanes: “Él les asegura sus derechos a los de la tribu,/ reparte, disminuye o aumenta, es el único amo/ de las elecciones.” Y en el otro caso, el de Mallarmé, comenta Badiou, “el maestro de verdad debe atravesar la defección del lugar (naufragio y azar) por el que, a partir del que, hay verdad”.

Son dos posturas diferentes ante un sinfondo común, pero unidas por la búsqueda de la verdad desde ese subsuelo vacío. ¿Por qué? Porque al hombre, una vez inscrito en la existencia, no le queda más remedio que errar o bracear, persistir siendo, mientras es. Y para ello, elige, ordena. Y sabiendo, además, que el lenguaje se desfonda como las tiendas del campamento o las cuadernas del buque. Cuanto surja, es lo ahí Abierto a medida que las cosas desaparecen o se retraen como en el desalojamiento que deja y permite asomar lo que se esconde, la verdad, según Heidegger. Y en esa retirada y engullimiento va incluido el maestro en el caso de Mallarmé. No así, sin embargo, en la oda de Labid ben Rabi’a, quien busca entre la nostalgia de los restos las huellas de los blasones del linaje y, con él, del guía o maestro: “evocadas según su ausencia, las cosas poseen una energía poética sin precedente y porque el maestro [léase: el poeta o legislador de palabras] viene a sellar esa energía liberada”, comenta el filósofo. El deseo hecho verdad en el espejismo de la angustia humana y el sacrificio del maestro titubeante en pro de la mecánica que deriva de su gesto: una sintaxis anónima, impersonal, el Absoluto de la obra una vez iniciada.

A partir de aquí, y siguiendo otras implicaciones no expuestas en esta presentación sucinta del drama, las conclusiones son extremas. Surgiendo de lo Abierto en y por, a través del vacío, tanto el deseo [pervivencia de los genes en el linaje humano] como la cohesión compacta de la obra [imperativo del encadenamiento o sintaxis anónima] obturan aquella fuente o retrasan el efecto de apertura, o simplemente sustituyen el origen de la fluencia por su representación tecnificada. El deseo se proyecta y recubre el vacío confiando el encuentro de la verdad a la recuperación, por sus trazas, de un maestro. Es la tesis hermenéutica del Libro sagrado en una de sus versiones: una mano sabia que reconduce el sentido inmanente de las letras hasta dar con la clave o secreto de la ausencia, el acorde de la naturaleza, la historia y la ley, siempre dentro de la Tierra. O bien, en el otro supuesto, el de Mallarmé, naufraga el maestro en el abismo, disociado, por tanto, de la verdad que siga al acontecimiento, o su naufragio permite, tal vez en él ultimo suspiro, la visión de otro abismo, pero esta vez en las alturas, una Constelación brillante -y eso es, al fin y al cabo, la trama de las letras en la obra -“en la altitud, quizá, tan lejos como un lugar se fusiona con el más allá”. Dualismo ontológico, comenta, una vez más, el filósofo. El maestro se sacrifica para que brille la verdad, el sacrificio cristiano, o simplemente queda apartado del gran esplendor de la ciencia numérica universal e infinita. El número (matema) ya no necesita del científico, como el gran poema prescinde de quien lo haya escrito. Ciencia y poema son anónimos. Obedecen a un mismo acaso o suerte de dados perdidos con sus vueltas en el universo indefinido.

¿Y la democracia? He ahí la cuestión. Ya tanto da elegir como no, pues la suerte está echada. (Alea jacta est). La obra científica, matema o poema, se afirma con dinamismo propio. Avanza absoluta desde y con su energía. Actúa indiferente y sumida en sus propias leyes, ajena a quien haya puesto la primera letra o inscrito el primer número. El sistema, la sintaxis, han engullido al maestro nómada o al anónimo jugador imperial que ignora las consecuencias de su gesto sin compromiso.

Los términos están ahí en juego, verdad y maestría. Bien se conjuntan -poema árabe- bien se disocian -poema occidental-. Si lo primero, la libertad que va asociada a la búsqueda de la verdad queda cautiva de la obediencia incondicional al “maestro inmanente” [léase: el Libro]. Y si lo segundo, tenemos trascendencia (por transferencia psicoanalítica) y sacrificio ligado a la muerte [léase tanto el destierro bíblico del Paraíso y la maldición del trabajo como la muerte cristiana y la Constelación del “más allá”]. Es decir, nos salimos de la Tierra y volvemos al platonismo.

La tecnociencia transfirió a la sintaxis de las finanzas [valor metafórico de la economía objetivado como bien real] y al poder anónimo del capitalismo de ahí derivado la potencia de aquella energía descubierta al abrirse el vacío con la elección, azarosa o no, de un primer acto o palabra en la escena dramática del mundo. El coste de la transferencia es alto y supone el sacrificio de la Tierra, de la que el capitalismo, por otra parte, subsiste. “La ciencia, en su organización capitalista y técnica, es una potencia trascendente, a la que es necesario sacrificar el tiempo y el espacio”. De ello se encarga la democracia, la cual ya no representa, sino que impone anónimamente. La potestad de elección también está transferida a los medios de producción con el peso de la imagen y de la palabra impersonalizada. Los elegidos son resortes del engarce, la piezas humanas que el sistema tecnocientífico precisa para continuar con su dinámica absoluta.

El imperativo de esta fuerza potente y alienante induce pánico y surge la figura del maestro por otro tipo de transferencia no analizada por Badiou, pero implícita, pues el dinamismo ya autógeno de la obra descubre la inmanencia latente del conjunto humano, de donde extrae “un magisterio colectivo de las verdades”. Y como la colectividad no tiene rostro concreto, se exarcebó la adhesión y hasta el amor a un maestro también idealizado, con lo que se confunde la pasión por la verdad y su magisterio. La contravención o desamor impone luego “el despotismo terrorista y la obligación del amor hacia el maestro”.

Ante esta dicotomía de la democracia y del colectivismo comunista, Badiou propone, a diferencia de Ernst Bloch, un paso hacia atrás volviendo a una verdad impersonal fundada en el vacío, pero sin ser ni necesitar ”el maestro sacrificado” ni “el maestro suscitado”. Una verdad anónima e inmanente, terrestre.

Hacia este colectivismo sin magisterio parece dirigirse el movimiento del 15-M. No hay maestros, aunque acuden a las plazas públicas o miran hacia allí de reojo algunos de ellos. Van, miran o intervienen y dejan la imagen o la palabra como semilla que produzca otras en un continuo crítico que halla, sin duda, calor en las contradicciones del capitalismo y la hegemonía de la técnica asociada con la ciencia en detrimento de la democracia financiera que las auspicia y es sacrificada en beneficio de su propio producto. Sin embargo, hasta así, la carencia de representación verdadera criticada en la democracia actual queda representada. Su valor de verdad depende del origen o manantial olvidado, las virtudes que el hombre siempre tuvo por modelos de pervivencia y ánimo de vida hasta en la muerte, natural o impuesta, y en cualquier régimen político más allá o acá de sus imposiciones y miserias. Y esto supone magisterio.

La dicotomía de Badiou, cierta bajo determinado aspecto reductivo, olvida que hay precisamente una inmanencia trascendente, abierta en el ritmo que transfiere el impulso de vida. Su palabra es verdadera porque nace inscrita en la apertura permanente de lo Abierto y reconoce en la muerte solo una figura suya como modo de asunción vital aún no concluida. Y esta apertura continúa en el cierre de todo gran poema al resonar sus pasos o palabras, una detrás de otra, hacia un lugar que no deja de trascenderse en su inmanencia.

Y esa verdad es la que Joseph Razinger trae estos días a Madrid desde el método hermenéutico de la interpretación bíblica actual en diálogo con la ciencia creadora, o viceversa, pues el método siempre es camino de orientación en la búsqueda. La ciencia también parte de una fe animal -expresión de George Santayana- en la razón que no tienen los animales. El infinito presupuesto por Badiou es el debate tácito de las ideas en un claro ejemplo de esta fe humana. Y el teólogo alemán, profesor de filosofía en otro tiempo, trae también aquella verdad como maestro Benedicto XVI ostentando la transferencia del aliento espirado, desde el abandono terrenal, en palabra de vida asimismo permanente. Es la esperanza que todo diálogo transfiere cuando nace en la fuente original de la esperanza humana. Si hay palabra en el tiempo -poesía según Antonio Machado- es porque el tiempo se hizo palabra en algún lugar sin sitio alguno. Desde entonces, hasta la nada misma resulta creadora. ¿No coinciden en Cristo el magisterio singular de la elección por el pueblo, la fuerza colectiva del Espíritu, la transferencia del Ágape con el pan y vino de la Tierra y la Constelación del más allá que es aquí si en verdad de aquí partimos? Del acierto de ese allá en el aquí depende la inmanencia anónima que inevitablemente se nombra y, por tanto, se representa. Y el nombre fue, es y será por siempre un don, la donación del encuentro. En presencia continua, pues la ausencia del lugar aún ahonda el lugar mismo de lo Abierto inmanente. Y esto significa la recuperación originaria del don poético.

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