Opinión

Globalización económica, aldeanización política

Javier Zamora Bonilla | Martes 09 de agosto de 2011
Por vocación filosófica, intento entender el presente e intuir el futuro. Por vocación y dedicación profesional a la historia del pensamiento político, estoy inmerso en la Europa de entreguerras. Y, claro, no puedo dejar de comparar aquel tiempo con el nuestro. Desde hace años me preocupa, y no llego a entender plenamente, el nivel de violencia en que desembocan diversas manifestaciones ciudadanas, algunas aparentemente triviales como una competición deportiva, otras más serias y con un mayor trasfondo social detrás como las revueltas que se están produciendo estos mismos días en Gran Bretaña o las que hace unos años se produjeron en los extrarradios de varias ciudades francesas.

Si algo caracterizó a la Europa de entreguerras, fue precisamente el nivel de violencia en la esfera pública. En aquel tiempo, con milicias paramilitares organizadas, y hoy –por lo menos hasta la fecha– sin que éstas hayan hecho afortunadamente su aparición; quiero suponer que no sólo porque el control gubernamental de la posesión de armas sea en el Viejo Continente más rígido.

En aquella Europa recién salida de una tremenda guerra mundial –que por un tiempo lamentablemente corto se conoció como la Gran Guerra y luego pasó a llamarse la I Guerra Mundial–, había modelos políticos alternativos que parecían ofrecer soluciones inmediatas y eficaces a los problemas sociales, políticos y económicos, y que ponían en cuestión la todavía tierna democracia liberal. Muchos hombres y mujeres creyeron que en el bolchevismo y el fascismo estaba la solución. Ahora sabemos, como ya vieron algunos clarividentes contemporáneos, adónde iban a parar sus propuestas: al totalitarismo, a la vulneración sistemática de los derechos y libertades individuales y políticos, a la represión brutal del adversario, al exterminio de los considerados peligrosos...

Las democracias liberales europeas, que tras la Segunda Guerra Mundial, se transformaron en estados sociales de derecho, manteniendo vigentes los principios liberales y democráticos, no parecen tener en Europa, desde la caída del muro de Berlín, un modelo alternativo, pero en cambio existe una creciente desazón por su funcionamiento. Que no haya un modelo alternativo que ponga en cuestión los fundamentos de nuestro sistema político es, por un lado, una ventaja, porque no hay que hacer frente a propuestas dictatoriales –aunque hay que estar alerta ante el crecimiento de la ultraderecha y de los movimientos antisistema–, pero, por otro lado, es un inconveniente porque se ha caído en la creencia de que nuestro sistema político es el mejor de los posibles, lo que lleva a una abulia ideativa y a una burocratización anquilosante ante cualquier planteamiento de reforma.

Y, mientras, la indignación va creciendo, sin que parezca que los políticos que gobiernan los países de la Unión Europa y la propia Unión sean capaces de idear soluciones que den verdadera respuesta a lo que de justo hay en la indignación de muchos ciudadanos. Respuesta que, evidentemente, hay que dar desde los propios cauces legales de la democracia.

Pienso que buena parte del problema viene de que mientras la globalización económica ha crecido a pasos agigantados y hoy es posible mover en milésimas de segundo capitales de un lado al otro del Orbe y desestabilizar los mercados, los mecanismos que permitiesen un gobierno político mundial de aspectos que atañen a esta propia globalización económica van muy despacio a pesar de los avances que se han hecho en los últimos años dentro de la propia Unión Europea y del G-20, por ejemplo.

Pero, tras los grandes acuerdos, de una u otra forma siempre timoratos y lentos en su ejecución, los dirigentes europeos sacan cada día sus banderitas nacionales y se olvidan de la Unión. El presidente del Bundesbank, Jens Weidmann, se ha opuesto reiteradamente a que el Banco Central Europeo (BCE) compre deuda de los países de la Unión. El mismo criterio defiende el economista jefe del BCE, Jürgen Stark, igual que Wolfgang Gerke, uno de los principales profesores de Economía de Alemania, quien interpreta correctamente que tal acción supondría una transferencia de rentas desde los países ricos del norte a los países pobres de la periferia mediterránea y atlántica. Mas, aunque algunas medidas del BCE lleven a este resultado temporalmente, el fin no es éste sino crear riqueza entre todos para podernos beneficiar conjuntamente del crecimiento, al igual que desde los países periféricos se trasladan rentas a Alemania en forma de comercio de productos alemanes. Dudo mucho que estas eminentes cabezas de la economía alemana utilizaran los mismos argumentos si se tratara de transferir rentas de Berlín a Baviera. Evidentemente hay que exigir seriedad y responsabilidad a los países que están siendo ayudados por la Unión, pero debemos cambiar la mentalidad aldeana y darnos cuenta de cuáles son las fronteras políticas y económicas de Europa.

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