Opinión

Londres o la historia que siempre se repite

Alicia Huerta | Miércoles 10 de agosto de 2011
Puede que esta calurosa tarde de agosto madrileña, en un verano que se recordará por las calles tomadas a manos de jóvenes que, indignados o fervorosos, han conseguido que las pulsaciones de la capital no desciendan ni siquiera en el mes tradicionalmente más tranquilo, antaño alterado sólo por la Operación Asfalto, no sea la ocasión más propicia para ponerse a disertar acerca de la amistad y de lo poco que evolucionamos en nuestras relaciones con los demás. Si, para colmo, se trata de un verano atípico en el que las habituales noticias de tufillo veraniego con imágenes de playas atestadas, aeropuertos colapsados y carreteras rebosantes de automóviles se han visto sustituidas por las de políticos obligados a suspender las vacaciones para dar la cara ante las “catástrofes” de sus respectivos países, parece todavía menos lógico que uno dedique seiscientas o setecientas palabras a filosofar sobre qué poco margen de maniobra queda siempre para intentar relacionarse mejor con aquellos que, para bien o para mal, de una forma o de otra, ocupan un espacio en nuestras vidas.

Y, sin embargo, el hecho de que todas las noticias relevantes de los últimos meses hayan tenido su origen, su desarrollo o su colofón en las llamadas redes sociales empuja, a pesar del calor, a reflexionar precisamente en eso, en las relaciones de los miembros unidos por invisibles hilos que conformamos la sociedad y en el cambio fundamental que la inmediatez y la universalización han producido en ellas. Está claro que las redes sociales poco tienen que ver con el concepto tradicional de la amistad. De hecho, muchos ni siquiera tienen como “amigos” en Facebook a quienes en la vida real les han estado acompañando siempre, en las duras y en las maduras. Al mismo tiempo, la citada red se ha convertido en una oportunidad impensable hace años para volver a tener contacto con personas que el tiempo y los divergentes caminos de la vida se habían encargado de llevar. Antes habría sido para siempre, sobre todo, cuando hablamos de las grandes urbes que caracterizan nuestra civilización o de aquellos contactos que hicimos durante un corto periodo de tiempo en el que residimos fuera de nuestra ciudad.

En cambio, hoy en día y de repente, un día te conectas y esa persona del pasado en quien alguna vez te habías permitido pensar preguntándote qué habría sido de ella, resulta que está ahí mismo, “pidiéndote amistad”. La sorpresa es infinita, puede que un instante después también la decepción. El tiempo y la distancia borran muchas cosas y la mayoría tendemos, en beneficio de nuestra salud mental, a borrar primero las malas. De modo que, cuando nos topamos en la red con aquella niña de pecas que nos pintarrajeaba nuestra carpeta favorita con el “rotu” rojo, de lo que primero nos acordamos, sin embargo, es de aquel lejano día en el que, ¡oh, milagro!, nos ofreció un pedacito de su derretida palmera de chocolate.

Lo del rotulador, la cría malvada lo hacía siempre, pero uno va y se acuerda en primer lugar del detalle de la palmera. Bien, dirán ustedes, la gente cambia y de niños todos somos un poco trastos. Probablemente. Sin embargo, lo triste, lo que hoy en día no nos ahorran como antes las redes sociales es el amargo descubrimiento de que, en realidad, es muy poquito lo que cambiamos con los años. No es el paso de la vida lo que nos cambia, son las experiencias y, por desgracia, cuanto más duras, más transformadoras. Por eso, la chica del rotu que te incordiaba porque sacabas mejores notas o metías mejores canastas sigue siendo ella. Ni por un instante ha recordado lo agradecida que te sentiste al compartir merienda una tarde. Al contrario, durante todos estos años ha guardado su rojo puñal de tinta para clavártelo una vez más si la vida le volvía a dar la oportunidad. A lo mejor, la vida nunca más se la habría dado. Internet, sí. Ella ha crecido sin abandonar sus armas, tú también lo has hecho sin dejar atrás la ingenuidad.

¿De verdad cambiamos tan poco? No nos gusta creerlo, pero la historia, no ya la personal de cada uno de nosotros, sino la de la entera humanidad demuestra que, excepciones aparte, así es. Y siempre que hablamos de trágicos sucesos empezamos por comparar con el pasado, por preguntarnos cuántos años hacía que no ocurría una cosa así y correr a las hemerotecas para dar con el dato exacto. Por ejemplo, lo que está pasando estos últimos días en Inglaterra, donde se ha desatado lo peor del ser humano en una especie de brutal epidemia que ha llevado a jóvenes a destrozar los negocios, las casas y los sueños de sus propios vecinos, ya había tenido lugar antes, en aquel país y en otros, con distintos protagonistas y decorados, diversos orígenes o excusas, pero siempre lo mismo. El bien y el mal.

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