Pedro Canales | Miércoles 10 de agosto de 2011
Soy firme partidario del principio de que la vida privada de los políticos sólo les concierne a ellos, por lo que me parece inaceptable, que con cualquier pretexto y haciendo uso de malas artes, se hable o escriba sobre los gustos sexuales de las gentes públicas, de su vida familiar o de asuntos que les conciernen en su estricta intimidad. Sin embargo, este principio caduca cuando los políticos, movidos por sus dilemas personales, toman decisiones que afectan al conjunto de la ciudadanía. Es por esta razón por la que quiero expresar mi opinión sobre la decisión del Presidente del Gobierno de fijar la fecha del adelanto electoral para el 20 de Noviembre de 2011, coincidente con el 36º aniversario de la muerte de Francisco Franco.
¿Es casualidad? No, no lo es. Contra lo que pueda decirse, opino que no hay en ello ningún cálculo político. Porque tanto para “unos” como para “otros”, siempre según el mito obsoleto de las dos Españas, el 20-N conlleva motivos para movilizarse, con el resultado de que todos pueden salir ganando o perdiendo. Los “fontaneros” afines al Presidente pueden pensar que así se toca la fibra “anti-fascista” de la ciudadanía, y que éste no permitirá “que vuelvan los franquistas al poder”. Sutilezas de lenguaje y razonamiento simplista. Porque en el otro extremo del arco socio-político pueden pensar exactamente lo contrario: que no hay que dejar que la Historia se olvide y hay que invadir las urnas desde los esquemas del viejo régimen. En suma, el razonamiento no vale.
Entonces si no es por razones políticas, ¿por qué la fecha del 20-N? Pienso que obedece a un dilema personal del propio presidente, que quiere despedirse cerrando un capítulo de su vida. Quiere simplemente resolver una angustia personal. El presidente se ha visto en la necesidad, sin que nadie se lo haya preguntado ni requerido, de mentar a “su abuelo republicano”, que sus exégetas apodan “capitán Lozano”, que habría sido fusilado por “sus ideas republicanas”.
El presidente ha hecho todo lo posible por recuperar “la memoria histórica” de su abuelo, incentivando todo tipo de investigaciones, de reencuentros, de estudios sobre el antes, el durante y el después de la Guerra Civil española (1936-1939). Eso es un hecho. Sin embargo la Historia aún no está escrita ni suficientemente detallada. Quedan muchos flecos por completar para que las nuevas generaciones tengan un cuadro exhausto y objetivo de la gran tragedia española del siglo XX.
Sin embargo lo que sí es fehaciente, es que el “capitán Lozano”, el padre del padre del presidente se llamaba Juan Rodríguez Lozano, y en su historial político, ideológico y militar no hay ninguna influencia del linaje “Zapatero”, que es el apellido de su abuelo materno y que el presidente heredó de su progenitora. El interrogante es más que evidente: ¿por qué el presidente ha “olvidado” el Rodríguez y “recuperado” el Zapatero? En su momento hubo quien especuló que sonaba más moderno, más original y llamativo, y que eso podía significar un plus en su currículo político. Explicaciones que no convencen a nadie.
La verdad es más prosaica. El presidente “enterró” deliberadamente a su abuelo paterno, el capitán republicano, y “resucitó” a su otro abuelo, el materno, Faustino Zapatero Ballesteros. Y fue de éste de quien tomó el apellido por el que se ha conocido estos ocho años al presidente español. Un gesto deliberado, hecho a sabiendas de que al cambiar uno por otro, se adoptaba una actitud cargada de consecuencias. Es muy posible que el presidente pretendiera rendir un homenaje al abuelo que le educó, que le relató lo que era España entonces y lo que había sido antes. Ese abuelo era falangista y el futuro presidente tenía con él una relación muy estrecha hasta su muerte en 1978. Le idolatraba como su mentor, como un pozo deconocimiento y de sabiduría. Al adoptar su apellido como “nombre de guerra”, el presidente cumplió un deseo profundo de su psiquismo de adolescente.
Sin embargo, eso le produjo un cierto sentimiento de culpa. Y con el paso del tiempo – en La Moncloa naturalmente – terminó por darse cuenta de que de alguna manera había traicionado al “capitán Lozano”, el padre de su progenitor.
¿Cómo salir del atolladero? ¿Cómo resolver el dilema interior de admirar un abuelo falangista y ensalzar el otro “republicano”, que además no conoció, porque murió más de dos decenios antes de que el presidente naciera?
La respuesta la encontró el presidente en su “último acto presidencial”, que ha sido el decidir el 20-N como fecha para las elecciones generales. De este modo recupera la memoria de su abuelo Zapatero haciendo coincidir los comicios con el aniversario de Franco, y al mismo tiempo hace las paces con su otro abuelo Rodríguez, al querer cerrar una página de la historia de España precisamente en un 20 de noviembre. Entierra a los dos de un plumazo y con la conciencia tranquila.
Posiblemente no resuelva ni uno ni otro dilema. Pero él queda satisfecho, se va en paz, y considera su misión cumplida. Por esta razón el presidente nos ha enviado este póstumo regalito del 20-N.
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