Opinión

La CAM: un ejemplo más de caos y parálisis

Jueves 11 de agosto de 2011
El Banco de España, a través de los interventores del Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB) acaba de destituir a la directora general de la Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM), María Dolores Amorós, en una prueba más de la exasperante lentitud con que las autoridades españolas afrontan reformas estructurales perentorias que demandan muchísima más decisión y energía.

La reestructuración de las Cajas de Ahorros, regidas hasta ahora más por criterios políticos que por directrices exclusivamente financieras, es uno de los retos que deberían haberse acometido con muchísima más antelación, en el inicio mismo de la crisis, si se deseaba tener un sistema financiero saneado que facilitase el indispensable flujo de capital que necesita recibir la economía productiva. Las vicisitudes que está atravesando ahora la Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM) son un ejemplo más del paso de tortuga que empantana la remodelación del sector. Muy tardíamente la CAM intentó fallidas fusiones, hasta que a finales de 2010 inició una integración con otras Cajas –Cajastur, Caja Cantabria, Caja Extremadura- para formar el Banco Base. En marzo de 2011 fue expulsada de esta fusión fría. En junio, la entidad fue intervenida por el Banco de España con una inyección de 3.800 millones de euros. Ahora, en agosto, se destituye a la directora general, último miembro del primitivo equipo gestor. De modo que, casi un año después de iniciado este tardío proceso, la Caja de Ahorros del Mediterráneo sigue exactamente ante el mismo futuro incierto en que se encontraba al principio.

Se da la llamativa circunstancia de que la directora de la CAM es suspendida de su cargo, pero se le mantiene el sueldo, a la vez que los diferentes partidos entran en un cruce de acusaciones, descalificaciones y propuestas absolutamente antagónicas que oscilan desde su venta a una entidad privada hasta la demanda para que sea un instrumento financiero público.

¿Cómo se tardó tanto en acometer una reforma tan ineludible? Cuando comenzó el proceso, ¿cómo no se tenían totalmente claros los pasos a seguir? ¿Por qué no se partió de un acuerdo que evitase el caos actual? El espectáculo de improvisación, medidas y contramedidas, indecisiones e incertidumbres permanentes, no resiste la más mínima justificación ni excusas ante los ojos de una ciudadanía que reclama formas muy distintas de actuar.

Deplorablemente, este es solo un caso más de inoperancia que inmoviliza todos los sectores clave de nuestra vida económica y política. La incapacidad de reacción que aqueja al sector financiero, a la economía productiva, a la enseñanza o las reformas políticas proviene de un Ejecutivo exhausto y atenazado por una agenda electoral tan prolongada como inasumible por la Nación.

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