Jueves 11 de agosto de 2011
Los mercados han vuelto a recordarnos que estamos aún en plena crisis. Sólo el rumor de que Francia podría perder la consideración privilegiada de las agencias de calificación crediticia ha desatado un pánico que no se veía en nueve años. En esta ocasión no ha sido España la protagonista de la tormenta financiera, pero su mercado la ha sufrido con intensidad; especialmente nuestro sistema financiero, que ha sufrido caídas vertiginosas.
Los analistas empiezan a mascullar una palabra que cada vez produce un mayor eco: liderazgo. La rebaja en la calificación de EEUU por Standard & Poor's no se debe tanto a que aquélla economía tenga mayores dificultades para prestar servicio a sus obligaciones como a la falta de liderazgo de su fallido presidente, que no ha sabido encauzar los esfuerzos de una parte importante del Congreso hacia una racionalización del gasto federal. En Europa también falta ese liderazgo. El de Merkel no es suficiente para gestionar un acuciante problema de deuda pública de varios socios del euro, y Sarkozy preside un país cuyas finanzas públicas están en cuestión, por más que las tres agencias de rating hayan mostrado este turbulento miércoles su confianza en ellas. El propio presidente francés ha tenido que apresurarse a seguir el ejemplo de Silvio Berlusconi, y prometer ante los mercados que hará las podas pertinentes en los gastos públicos.
Y ¿qué decir de nuestro país? Ha carecido de un liderazgo válido en materia económica desde hace siete años y ahora que José Luis Rodríguez Zapatero ha convocado elecciones para dentro de tres meses no va a recobrar un impulso político que jamás ha tenido. El problema, como demuestran las sacudidas del mercado, es que España también necesita liderazgo político, y lo necesita ahora, sin más dilación. Ante la perspectiva de que el Gobierno español mantenga su inacción hasta que tome posesión el nuevo Congreso, cosa que no ocurriría hasta finales de este año, en Alemania se empiezan a arbitrar planes para gestionar ellos nuestra política económica.
Con el BCE comprando títulos de deuda española y nuestra política económica gobernándose entre Bruselas y Berlín, ¿quién podrá negar que, al menos parcialmente, España ya está intervenida? El improvisado plan alemán tiene elementos razonables aunque un tanto humillantes, como que nos impongan un techo de gasto o nos sometan a test de estrés para mostrar nuestras debilidades y cargarse aún más de razón para imponernos más profundas reformas. La sugerencia de que vendamos nuestro oro, una medida que ya tomamos y que ya entonces era absurda, da más cuenta de las escasa consideración que les merecemos que de la mala calidad técnica de nuestros queridos socios europeos.
Así las cosas, lo que aqueja a España, a Europa y a Estados Unidos es una falta de liderazgo. Una carencia que nos puede resultar a todos muy onerosa.
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