Opinión

Fernando Múgica no está solo

Viernes 12 de agosto de 2011
De nuevo ha sido profanado el monumento erigido, en el monte Igueldo de San Sebastián, en memoria del abogado y militante socialista Fernando Múgica, asesinado por ETA en 1996. La vileza del hecho golpea por sí mismo los sentimientos de cualquier ciudadano dotado de la más mínima sensibilidad moral. Múgica fue abatido por el etarra Txapote con un tiro en la nuca delante de su propio hijo, en plena calle. El hecho es inapelablemente terrible por sí mismo pero, como en tantos otros casos, esa execrable acción criminal ha sido acompañada de ataques a la memoria del asesinado que simultáneamente hieren a la familia de la víctima y ofenden a toda la ciudadanía democrática. El monolito había sido atacado ya en otras ocasiones por desalmados anónimos inflingiéndole múltiples daños. Esta vez ha sido destrozado por completo y convertido en un estercolero.

Villanías aberrantes similares han sucedido demasiado frecuentemente con anterioridad. Brindis para festejar asesinatos, llamadas anónimas a los allegados de las víctimas, pintadas y profanaciones de las tumbas de los cadáveres en los cementerios. Todo ello señala la existencia de un profundo odio en sectores de la sociedad vasca que van más allá de los ejecutores físicos, los que les protegen políticamente o los que callan por cobardía. ¿Es posible construir una paz sobre tan violento odio, amparado, justificado, y alentado por tergiversaciones, mentiras y villanías como las que comentamos? ¿No refleja este odio no solo la voluntad de matar físicamente, sino también el propósito de exterminar la memoria de las víctimas asesinadas? ¿Qué hace “Bildu” y la izquierda “abertzale” con este odio: tratar de subsanarlo o por el contrario, gestionarlo en su provecho político?

En un momento como este, en el que se habla del “fin de ETA” mediante una entrega simbólica de algunas armas, sin que la banda criminal se disuelva, cabe preguntarse si una escenificación televisiva de esta índole puede significar un verdadero final de la coacción criminal en el País Vasco. Todo los datos apuntan a que no. Tienen razón las asociaciones de víctimas, negándose a asistir al acto a que les había convocado el alcalde de San Sebastián, en un intento insultante de equipararles y sentarles junto a los representantes de los verdugos. La arrogancia contra las víctimas de las organizaciones “abertzales”, el odio subyacente, y las concesiones y silencios de muchos hacia los que han sido extorsionados, amenazados, expulsados o asesinados, indican que una aparente paz bajo estas circunstancias supondría un triunfo de la injusticia y la violencia sobre los ciudadanos libres, que tienen un firme compromiso contra esa cultura del odio.

En el monolito profanado de Múgica se podía leer hoy claramente una pintada con la palabra: “bakarra”, es decir: “solo”. Radicalmente falso. Múgica junto a todas las víctimas de la criminalidad política no están solos, pues nos sirven de unión a todos los ciudadanos activamente opuestos al triunfo del odio y la violencia, que ahora se nos quiere hacer pasar por paz.



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