Opinión

China: nueva dimensión naval y geoestratégica

Viernes 12 de agosto de 2011
Estados Unidos acaba de manifestar su preocupación hacia su primer acreedor, la República Popular China, a raíz del estreno marítimo del primer portaaviones del país asiático. En realidad, sorprende la cautela con que el nuevo gigante económico ha desarrollado sus planes navales, pues, de hecho, numerosos países, con menores recursos, cuentan desde hace décadas con abundantes navíos de estas características. El Ejército Popular de Liberación chino compró incompleto este buque a Ucracia en 1998, cuando se paralizó la construcción del navío tras el desmembramiento de la Unión Soviética. Después de haber realizado planes para convertirlo en un casino flotante en Macao, ahora se ha completado para que cumpla sus funciones bélicas.

Este tardío portaaviones no preocupa por sí mismo, pues sus 300 metros de eslora dan escaso margen de maniobra a las aeronaves que pueda trasportar. El verdadero motivo de inquietud radica en que su construcción se inscribe en el creciente gasto militar chino. El portaaviones está destinado a formar tripulaciones y pilotos que operen en otros tres portaaviones más en vías de construcción, diseñados en astilleros de la costa asiática, donde se lleva a cabo la renovación, modernización y aumento de nuevos destructores y fragatas destinadas a ser, a medio plazo, una poderosa fuerza naval, de la que el actual portaaviones solo es un pequeño anticipo de lo que vendrá.

El nuevo poder marítimo de Pekín puede desempeñarse de forma beneficiosa, si se utiliza para contribuir a la estabilidad de la zona. Pero el recelo proviene no solo del apoyo chino al régimen de Corea del Norte, sino más aún por las reivindicaciones y litigios que el Gobierno de Pekín mantiene sobre territorios de todo el mar de la China, que afectan entre otros, a Vietnam, Malasia, Filipinas, Taiwan, y al propio Japón, todos los cuales ven con creciente intranquilidad el futuro poder naval de la gran potencia asiática, que le permitiría pasar de la dialéctica diplomática a la acción militar en condiciones muy ventajosas.

Evitar esos riesgos y frenar una nueva carrera armamentística en la zona exige firmes acuerdos diplomáticos entre los Estados Unidos y Pekín, para lo cual Washington debería tener la inteligencia de compartir y abandonar parcialmente su actual papel de abrumador dominio en el Pacífico. Sería iluso esperar que el extraordinario crecimiento de China y su nuevo peso en la economía mundial, no estuviese acompañado de un similar incremento de sus recursos militares y de su influencia geoestratégica.

Si China es hoy el principal fiador de la deuda norteamericana, Estados Unidos no puede monopolizar una hegemonía naval en esta área y tendría que establecer acuerdos –quizá con la cooperación de Corea del Sur y Japón- que, a cambio de compartir influencia, den estabilidad a un sector del mundo que, de otro modo, se convertiría en un peligroso polvorín.

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