Opinión

El que más grita

Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 13 de agosto de 2011
La masa está reapareciendo en la Historia de Europa después del paréntesis posterior a la Caída del Muro y la Posmodernidad. En los últimos meses, las masas se han lanzado de nuevo a la conquista del espacio público y a la sustitución de las instituciones democráticas. Desde las manifestaciones en Grecia contra las reformas económicas exigidas al Gobierno hasta las quemas de coches en Londres –que tuvieron un precedente en los disturbios de las banlieus de París hace unos años- la acción directa pretende sustituir a la toma de decisiones democráticas. El desorden precede a los actos delictivos contra la propiedad y las personas. El pretexto en Londres –como antes en París- fueron supuestos abusos policiales. La retórica de Mayo del 68 y la Revolución –construcciones propagandísticas impregnadas de nostalgia –se reaniman en movimientos como el 15M, cuyos sloganes ingeniosos esconden la falta de proyectos políticos concretos o, al menos, confesables.

Todo se mezcla. Es lo mismo la indignación justa por los desmanes y el despilfarro de los políticos irresponsables que el descontento por unas medidas impopulares pero necesarias. Es igual la reacción frente al abuso policial que el amparo al delincuente. Como en Cambalache, hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor. Se paraliza la ejecución de resoluciones judiciales por la vía de los hechos y se toma por pretexto la reacción contra una injusticia para realizar otras tantas. Así no se reforma nada ni se avanza. Así sólo se desciende al caos, que siempre beneficia a unos pocos y perjudica a la mayoría silente, a los que no gritan ni rompen papeleras ni queman coches. Sustituir el sistema democrático –cuyas carencias todos admitimos y cuyas reformas debemos acometer- sustituir ese sistema, digo, por la asamblea multitudinaria, el tumulto, el grito y la patada no sólo es absurdo: es tan antidemocrático como las malas prácticas que se pretenden combatir.

La acción directa ha tenido en la Historia padrinos bien siniestros: Hitler, Stalin y compañía. Naturalmente, cuando los supuestos revolucionarios llegan al poder se acaba la acción directa y se abre la puerta del Gulag, la Checa, la paliza y la exclusión de la disidencia. Hay pocas cosas menos democráticas que una reunión a gritos donde gana el que más vocifera.

Por eso, el Estado debe imponerse y la ley debe cumplirse. Los responsables de los actos vandálicos y sus instigadores deben ser juzgados y –después de un juicio justo- deben asumir la consecuencia de sus actos. No hay pretextos, en una democracia, para quemar coches, ni para asaltar tiendas ni para desatar el caos so pretexto de instaurar un nuevo orden. No caben las acampadas ilegales, ni los hechos consumados como el campamento de Sol. Los comerciantes tienen tanto derecho como los indignados a vivir y trabajar en paz. Los que no queman neumáticos ni rompen escaparates no merecen que su representación sea secuestrada por salvadores encapuchados.

Europa se está jugando mucho. Hay que decidir si frente a los desafíos de la masa prevalece la fuerza de la ley o la ley del más fuerte, la ley del que grita más y del que –so pretexto de su aparente pacifismo- impone su comportamiento a los demás. Europa –España, el Reino Unido, Grecia- debe decidir si las democracias vuelven a ser débiles como en los años 30 o si son capaces de resistir de nuevo el empuje de las masas que pretenden sustituir, nada más y nada menos, que a los ciudadanos.

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