Jardiel en la noche madrileña
Sábado 13 de agosto de 2011
Hace más de una década, Francisco Ruiz Ramón apuntaba: “Jardiel Poncela es un dramaturgo al que la historia del teatro español del siglo XX parece haberle asignado el Purgatorio.” Sacarlo de ese cruel entresuelo donde no puede descender al Infierno de la desaprobación, pero tampoco elevarse a la Gloria de los intocables, como Valle-Inclán o Lorca, requeriría puestas en escena tan creativas como lo son los propios textos del autor, tal como hiciese Juan Carlos Pérez de la Fuente con “Angelina o el honor de un brigadier”, o muy destacadamente Sergi Belbel con “Madre, el drama padre”, de una fabulosa brillantez.
Las siete vidas del gato, de Enrique Jardiel Poncela
Director de escena: Ángel García Suárez
Espacio escénico: Juan Sebastián Domínguez
Intérpretes: Ana Ruiz, Juan José Arjona, Jorge Lucas, Zorrino Eguileor, Helena Dueñas, Luz Nicolás y Raquel Ramos
Lugar de representación: Teatro Galileo. Madrid
Por RAFAEL FUENTES
Hace más de una década, Francisco Ruiz Ramón apuntaba: “Jardiel Poncela es un dramaturgo al que la historia del teatro español del siglo XX parece haberle asignado el Purgatorio.” Sacarlo de ese cruel entresuelo donde no puede descender al Infierno de la desaprobación, pero tampoco elevarse a la Gloria de los intocables, como Valle-Inclán o Lorca, requeriría puestas en escena tan creativas como lo son los propios textos del autor, tal como hiciese Juan Carlos Pérez de la Fuente con “Angelina o el honor de un brigadier”, o muy destacadamente Sergi Belbel con “Madre, el drama padre”, de una fabulosa brillantez. En Los Veranos de la Villa, en el frescor de los jardines que preceden al Teatro Galileo, tenemos la grata novedad de degustar una de sus obras más desconocidas y menos representadas: “Las 7 vidas del gato”, donde hallamos todos los ingredientes prototípicos del humor de Jardiel. La subtituló “melodrama de intriga”, que solo da una inconcreta pista de la dirección en que lanza sus dardos. En “Las 7 vidas del gato”, Enrique Jardiel Poncela utiliza su humor terrible, en efecto, para reírse de los melodramas que infectaban la literatura y el teatro comerciales de su época, así como de las intrigas policíacas que proliferaban tanto entonces como hoy mismo. Pero la extraordinaria destreza de Jardiel parodia también con magistrales golpes de humor, la tragedia romántica, la literatura rosa, el teatro fantástico y de misterio, el cine de terror e incluso se atreve a rizar genialmente el rizo al parodiar las parodias del “astracán paródico” de Enrique García Álvarez y Pedro Muñoz Seca, que queda superado con una elegancia asombrosa.
“Las 7 vidas del gato” ofrece así una superproducción de parodias –rozando un auténtico “overbooking” de géneros parodiados-, que no recargan la línea de acción ni merman la tensión cómica de la obra, en un ejemplo magistral de cómo simplificar escénicamente lo complejo, con una pericia humorística solo al alcance del talento prodigioso de Jardiel Poncela. La versión dirigida por Ángel García Suárez ha aligerado con acierto los cuatro prólogos que lastraban el comienzo de este sarcástico “melodrama de intriga” y ha alterado con menos eficacia otros aspectos, como la conversión del personaje de Sócrates en otro femenino con el nombre de la legendaria pensadora alejandrina Hypatia. Un cambio así tiene el bienintencionado propósito de parodiar al principal personaje del filme “Ágora”, de Alejandro Amenábar, pero se malogra al no disponer de la productividad cómica de Sócrates, mucho más conocido, el partero de la verdad platónico, que Jardiel transforma en un disparatado trapero que ejerce, en sus ratos libres, de perspicaz detective que solo encuentra verdades absurdas, retazos rotos de falso misterio, los trapos viejos de los géneros teatrales apuñalados por su parodia. Ángel García Suárez hace desfilar a los restantes personajes surgidos de la exuberante imaginación de Jardiel con gran corrección artesanal: la novia ilusionada porque el marido la asesine en la noche de bodas, el portero depositario de todos los secretos, el novio huido nada más pronunciar el “sí quiero”, la loca cuerda y la cuerda loca, todas las criaturas de estas “7 vidas del gato” que entrecruzan, en sus entrañas, lo humano y lo fantástico, lo cómico y lo humorístico, lo trágico y lo grotesco, sintetizados en una soberbia inverosimilitud. Inverosimilitud, que no absurdo. Como es sabido, Jardiel no se deja llevar por ninguna acción ilógica, sino que plantea una situación o un personaje inverosímiles y desarrolla los acontecimientos con una implacable lógica, absolutamente coherente con la inverosimilitud inicial. Por eso es un auténtico revolucionario del humor, al que marca con un estilo personal inimitable.
El propio decorado escenográfico de este montaje reproduce, en su dislocación, esa inverosimilitud lógica, con estanterías inclinadas, escaleras y puertas descolocadas a medio camino entre Picasso y los trazos de un chiste gráfico de “La Codorniz”. La corrección del trabajo escénico se ve correspondida por las permanentes risas al aire libre del público. E incluso el viento de la noche veraniega madrileña colaboró con el drama, dejando soplar una brisa que sonaba en los micrófonos del escenario con un siniestro sonido burlón y removía las cortinas con la misteriosa palpitación de pañuelos agitados por un bromista. Quizá un texto tan brillante como “Las 7 vidas del gato” permitía un trabajo escénico más aventurado que la respetuosa corrección de esta puesta en escena. El propio Jardiel Poncela reclamaba y ejercitaba esa atrevida creatividad. Una anécdota del estreno de “Las 7 vidas del gato” en el Teatro Borrás de Barcelona en 1943, narrada por su nieto Enrique Gallud Jardiel en “La ajetreada vida de un maestro del humor”, sirve de botón de muestra de esa imaginación de Jardiel que se echa en falta en este conservador montaje. El día del estreno la función transcurría entre risas y aplausos, hasta que el disparo final de la obra, con su correspondiente muerte, hizo a un sector del público silbar y protestar. Al día siguiente, Jardiel había solucionado el escollo con su creatividad escénica. Había un disparo, pero ahora unos veinte personajes en escena cayeron al suelo, las risas continuaron mientras diecinueve resucitaban o se reponían del susto. El asesinato no se había alterado, pero su representación sí, acentuando el cruce de lo siniestro y lo cómico, en perfecta coherencia inverosímil con el resto de la representación.
¿Sigue Jardiel Poncela en el Purgatorio, como describiese hace años Ruiz Ramón? Seguramente no. Lo abandonó, no para bajar al Infierno, pero tampoco todavía para ascender al Cielo de los intocables. Del Purgatorio ha pasado al Limbo –un lugar notoriamente injusto-, donde es indudablemente respetado. Un respeto de consecuencias ambivalentes, ya que un montaje tan conservador no acompaña a lo revolucionario de su humor. Para salir del Limbo, el teatro de Jardiel demanda una mayor osadía en los planteamientos al llevarse a las tablas. Aunque ese Limbo, en el camino de la Gloria intocable, está repleto de una auténtica risa, en congruencia con la convicción de Jardiel según la cual siempre “la verdad es cómica.”
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