RESEÑA
Domingo 14 de agosto de 2011
Sarah Waters: El ocupante. Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2011. 532 páginas. 23,50 €
La británica Sarah Waters ofrece en esta novela una lograda combinación de elementos realistas y fantásticos, que se desarrolla en el marco social de la Inglaterra de después de la Segunda Guerra Mundial, en un ambiente rural en el que la historia avanza lentamente. Es una obra intimista, costumbrista, a la vez que misteriosa, al estilo de la clásica de Oscar Wilde, El fantasma de Canterville, o incluso de la comedia teatral de Noel Coward, Un espíritu burlón.
El ocupante transcurre en el condado de Warwickshire, en la mansión de Hundreds Hall, propiedad de los Ayres, ya en plena decadencia, en la que se ocultan numerosos secretos que poco a poco se irán revelando. Contada en primera persona por el doctor Faraday, describe minuciosamente los rasgos de los personajes, los lugares y la vegetación inglesa. A lo largo de todo el relato, se puede conocer su pensamiento, también algunos hechos en los que no ha estado presente, pero que le han sido narrados, recurso que utiliza la escritora en los últimos capítulos.
Sarah Waters muestra cómo la clase terrateniente se ve obligada a vender sus bienes para poder sobrevivir, y refleja las consecuencias negativas de la guerra y la posguerra al denunciar los daños morales y psicológicos que sufren los individuos tras ver las atrocidades gratuitas que provocan los enfrentamientos militares. Sin embargo, no todo es negativo en la Inglaterra de mediados del siglo XX: se dan los primeros pasos en la creación de la Seguridad Social y se facilita que las clases desfavorecidas conquisten puestos de mayor relevancia. Así, el doctor Faraday consiguió ser médico gracias a los enormes esfuerzos que hicieron sus padres al trabajar como sirvientes para los Ayres, en sus tiempos de esplendor, y otras familias.
La autora hace hincapié en el antagonismo de los antiguos linajes que están en retroceso, como los Ayres, y las dinastías poderosas que aparecen y traen nuevas ideas, como los Baker-Hyde. Un día los Ayres (la señora Ayres y sus hijos Roderick y Caroline) llaman al doctor Faraday para que atienda a una sirvienta y, a raíz de aquí, éste entabla relación con la familia que ya conocía desde la infancia. Roderick comenzó a ser tratado por el médico amigo de sus dolores físicos causados en el conflicto bélico, pero con el tiempo tuvo que ser asistido psicológicamente. Y al confesar Roderick que los muebles se movían por sí mismos, el doctor Faraday tomó la decisión de enviarlo a un especialista. La señora Ayres, que pasó a deteriorarse tras saber de la enfermedad mental del hijo, comenzó a percibir también las energías que moraban la casa, al punto de creer que escuchaba la voz de una hija fallecida. Caroline se puso a gestionar la mansión al ingresar su hermano en el psiquiátrico, y se convirtió en prometida del doctor Faraday. Era una mujer muy racional, aunque paulatinamente fue sucumbiendo a los misterios de Hundreds Hall. Con la desaparición de los Ayres el pueblo siguió alimentando la leyenda de lo que podía encerrar esa arruinada y “deshabitada” casa.
Por Enrique Cabrero Blasco