AL SUR DE TARIFA, AL NORTE DE ESPARTEL
Domingo 14 de agosto de 2011
Las minorías cristianas se fueron configurando en cuanto tales en todos los territorios del Mediterráneo meridional -de predominio religioso musulmán- a partir de la segunda mitad del siglo VII.
Como se recordará, el Islam se expandió a ritmo vertiginoso a partir de la muerte del Profeta en 632 “agnus dei”. Samarcanda, situada en el actual Uzbequistán, y Córdoba, en el Al-Andalus de la Península Ibérica, marcaron las dos fronteras extremas de una religión que se desbordó, en menos de un siglo, a través de lo que hoy reconocemos como el Oriente musulmán. Procede recordar aquí, sin embargo, que fueron las tierras del Magreb y del Mashriq, donde había arraigado y se había consolidado el Cristianismo desde su mismísimo orto, las que sufrieron frontalmente la insólita expansión del Islam.
Veamos. En el Mashriq se habían constituido comunidades cristianas minoritarias, como los coptos en Egipto, los nestorianos en Siria, los maronitas en Líbano y los caldeos en Iraq, por citar solamente aquéllas de mayor significación en su recorrido histórico.
Cierto es que hubo un antes y un después para estas minorías cristianas a partir del triunfo de la media luna en toda la ribera sur y levantina del Mediterráneo; pero como en “dar el-Islam” no se produjeron exterminaciones sistemáticas de aquellos “infieles” que hubiesen abrazado sea el cristianismo, sea el judaísmo, los cristianos de Oriente pasaron a integrar un “compositum” de carácter jurídico-religioso -típicamente islámico- al que se le reconoce el derecho de protección en cuanto fieles de las otras dos religiones del Libro. Hicieron aparición, por tanto, los “dimmíes”, o protegidos del poder soberano musulmán desde Samarcanda a Córdoba. En puridad, el reconocimiento que hacía la “sharia” a los fieles de observancia religiosa judeo-cristiana, no dejaba de ser una conquista de la tolerancia sobre la intransigencia. Ésta es evidencia histórica muy objetivada.
Los cristianos (y judíos) del Oriente árabe-islámico iniciaron, por su lado, una travesía histórica que cuenta ya con trece siglos largos de coexistencia con los musulmanes. Siglos, ciertamente, azarosos -desde el intento (fallido) de los caballeros cruzados, empecinados en liberar los santos lugares cristianos en Antioquía, Jerusalén, Monte Líbano y otros varios enclaves, hasta culminar en el “revival” contemporáneo de un Islam político que no se compadece demasiado con el principio religioso (y cívico) de la concordia entre las gentes del Libro-.
En el Magreb -norte de África cristianizado durante los siglos de dominación romana, vándala y bizantina- ocurrió tres cuartos de todo lo que se acaba de sintetizar antes, referido a los cristianos de Oriente. El paisaje de la cristiandad y del judaísmo norteafricano, desde Tánger hasta Hipona (hoy Constantina, al este de Argelia) y sobre todo en Cartago-Túnez, tuvo un arraigo social menos intenso que el oriental; aun así, no fue una bagatela el impacto que causó entre las gentes del Libro el advenimiento del mundo árabe-islámico durante su expansión y asentamiento en el Occidente norteafricano y la Península Ibérica.
El “Mogreb al-Aqsa” y la frontera septentrional del orbe islámico, a caballo entre el río Ebro y la cordillera pirenaica, registraron una importante alteración histórica, definitiva para el actual Magreb, y temporal para la población de los reinos cristianos de Portugal, Castilla, Aragón y Sicilia.
Hasta el fortalecimiento del Islam político en Argelia durante los años 90 del pasado siglo XX, y con la aparición de partidos políticos y movimientos sociales del tipo de “Justicia y Democracia” en Túnez y Marruecos, las gentes del Libro lograron sobrevivir bajo el estatuto de súbditos protegidos por la autoridad sultaní en Marruecos, y por el orden turco-otomano prevalente en las regencias de Argel y Túnez hasta entrado el siglo XIX.
No sería históricamente correcto dejar de referirse en esta columna de EL IMPARCIAL, al paréntesis colonial que abrieron las potencias expansionistas del Occidente europeo, tanto en el Mashriq como en el Magreb. Se trató de un paréntesis de siglo y medio de duración aproximada (1830-1960) que benefició -como era lógico que así fuera- a las minorías religiosas judeo-cristianas de arraigo milenario en Alejandría, El Cairo, Damasco, Bagdad, Estambul y Esmirna, todas ellas metrópolis de rango en el Mediterráneo oriental; mientras que en las ineludibles ciudades de Tánger, Fez, Argel y Cartago-Túnez, también los “infieles” protegidos disfrutaron de sus mejores horas. Protegidos -entonces- no sólo por las autoridades musulmanas sino también por las potencias occidentales que se hicieron fuertes en el Magreb colonial, con Francia a la cabeza.
La marcha de los nacionalistas árabes hacia la independencia de los países ocupados por cristianos a lo largo de un siglo y medio, zarandeó el estatuto de las minorías judeo-cristianas en todo el conjunto del Mediterráneo oriental y meridional a partir del final de la segunda guerra mundial. Fueron años dramáticos, aunque ineludibles, que forman parte del pulso secular comprobable entre todas las gentes del Libro. Años que causaron una diáspora más en la historia del Mediterráneo. Muchos cristianos -“pieds-noirs”, o no-, y no pocos judíos sefardíes, principalmente, buscaron refugio en las metrópolis europeas, en Canadá, Estados Unidos e Israel.
Con la independencia de los países árabes, se cerraba la época de la segunda expansión colonial europea y se abría un futuro alentador para los pueblos ribereños, pueblos castigados por turbulencias cíclicas que llegan hasta las revueltas de 2011.
En el fondo, lector, este viaje al pasado lleva la intención de dejar planteado sobre el escritorio la cuestión palpitante del estado actual de las minorías cristianas (en torno a diez millones de fieles) en Oriente Próximo y, lo que es menos acuciante, también en el Magreb.
Una vez más, el calcetín puede volverse del revés. O sea, ser reversible, como lo manifiestan hostigamientos, vejaciones y atentados contra los cristianos de Oriente, que se vienen perpetrando al goteo en los últimos cinco años.
Más que ante una política discriminatoria, nos hallamos frente a una inclinación mental revanchista por parte de algunos musulmanes que hacen gala de comportarse intransigentemente con las gentes del Libro (de nacionalidad egipcia, siria, iraquí o libanesa), aunque hayan convivido con ellos durante mil trescientos años.
No podemos hacer menos que remitir aquí a la entrevista sobre el particular que hace poco se le ha hecho a Joseph Kassab, director ejecutivo de la Federación Caldea en Norteamérica. Lo que comenta Kassab no es muy alentador para el futuro de los cristianos de Oriente, e incluso tampoco lo es para aquéllos residentes en el Magreb (http://www.zenit.org... ; véase también www.wheregodweeps.or...). Se impone ir tomando conciencia de este asunto para intentar subsanar el enturbiamiento que viene padeciendo últimamente.