Opinión

Somalia de nuevo en el ojo del huracán

Lunes 15 de agosto de 2011
Acaba de reanudarse la ayuda humanitaria a Somalia, tras retirarse provisionalmente la milicia islamista de Al Shabab de las posiciones que venía ocupando en las últimas jornadas. El envío solo ha sido posible por medios aéreos, a través de tres aviones fletados por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) que transportaban 93 toneladas de auxilios -22 de ellas procedentes de España, convertida en el quinto país por volumen de ayuda-, para ser repartidas entre los cientos de miles de refugiados que llegan a la capital Mogadiscio. Una ayuda a todas luces insuficiente si se compara con la magnitud de la catástrofe que la guerra y la sequía han desencadenado en un país azotado por el conflicto bélico desde hace más de veinte años.

Somalia no vivía un desastre de tales proporciones desde hacia dos décadas. En aquel entonces, como ahora, las milicias locales impedían o se apoderaban de la ayuda humanitaria, por lo que Naciones Unidas autorizó una operación militar con tropas de Estados Unidos, Malasia y Pakistán, que no solo garantizase la distribución de alimentos, sino que forzase el término de la guerra civil. Aquellos propósitos fracasaron estrepitosamente, cuando las fuerzas de élite norteamericanas, de “Rangers” y de “Delta Force”, se vieron sobrepasadas por la situación y los cuerpos de soldados abatidos en sus helicópteros fueron desmembrados ante las cámaras. Aquel fracaso tan brutalmente difundido por las pantallas televisivas, hizo que el entonces presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, retirase de inmediato sus tropas y la guerra intestina somalí siguiese su curso ininterrumpidamente hasta hoy, antecedentes que pesan extraordinariamente en la prudencia actual, a la hora de intentar distribuir los urgentísimos auxilios, imprescindibles para mitigar el brutal número de fallecimientos por hambre y enfermedad entre la ingente cantidad de desplazados.

La milicia Al Sabab está animada por una radical ideología islamista y mantiene bajo su control gran parte del centro y sur del país, sin lograr desbancar definitivamente al Gobierno Federal de Transición de Somalia, apoyado por la comunidad internacional y respaldado por efectivos procedentes de Uganda y Burundi. El inesperado alejamiento de Al Sahab de buena parte de la capital Mogadiscio, ha posibilitado un mínimo resquicio para que aterrice una pequeña parte de los auxilios preparados. Pero la continuidad de la guerra, los recelos de la comunidad internacional para intervenir en ella y el equilibrio entre las fuerzas contendientes, no auguran un futuro esperanzador.

Más allá del avispero bélico somalí –y aunque éste fuese milagrosamente resuelto- la hambruna y las enfermedades pandémicas que azotan amplísimos territorios africanos no podrían ser erradicados recurriendo sólo a la ayuda humanitaria, por gigantesca que llegara a ser. Ésta tiene sentido solo en un momento álgido del desastre, pero las ayudas verdaderamente efectivas deberían estar dirigidas a crear una estructura productiva suficiente y en modificar –léase, liberalizar- el sistema de mercado que tanto en la zona euro como en Estados Unidos impiden una salida comercial justa a los productos africanos.

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