Sadio Garavini di Turno | Lunes 15 de agosto de 2011
Concebimos a la política exterior de un Estado como un proceso de fines, medios, acción y resultados que se manifiestan en actos oficiales (verbales y no verbales) hacia un actor o actores en el sistema internacional. El conjunto de estos actos dirigidos al exterior configura un todo más o menos coherente, la política exterior, que comprende una multiplicidad de políticas exteriores sectoriales o regionales (e.g la política comercial, la política del Caribe). Este proceso está dirigido al logro de fines que satisfagan los intereses del Estado. La política exterior además es una variable básicamente dependiente de dos factores: a) las necesidades y los estímulos internos del Estado, como la supervivencia, el desarrollo socioeconómico etc. b) Los estímulos y desafíos que provienen del sistema internacional. Estos factores condicionan la política exterior en la medida y en la forma en que sean percibidos por las personas, que tienen la función de seleccionar y jerarquizar los fines del Estado, éstos, a su vez, están condicionados por el potencial del Estado, que incluye elementos tangibles, como geografía, población, recursos naturales, producción industrial y recursos militares, e intangibles como estructura política y socioeconómica, nivel técnico y educacional, homogeneidad nacional y posición estratégica internacional. Venezuela es a la vez un país: petrolero, democrático, en vías de desarrollo, acreedor y deudor, latinoamericano, andino, caribeño, amazónico y atlántico. Estas identidades implican un conjunto complejo de fines en el área internacional, que constituye una fuente potencial de tensiones y contradicciones en la formulación e implementación de su política exterior.
Por tanto, el poder de un Estado, depende de su potencial. Este poder describe la posición del Estado en el sistema internacional y permite diseñar una estructura jerárquica: superpotencias, grandes potencias, potencias medianas, Estados débiles, Estados fracasados. Venezuela puede considerarse una potencia mediana, que posee un solo recurso estratégico: el petróleo que, cíclicamente, le da unos relativamente ingentes recursos económicos. Dada la actual población, estos recursos no son ya suficientes para definir a Venezuela como un país rico. Kuwait tiene una producción petrolera, más o menos, equivalente a la venezolana: 2.600.000 barriles p.d., pero tiene alrededor de 2.800.000 habitantes: es un país rico. Nigeria tiene, más o menos la misma producción petrolera pero, con una población de 155 millones, es un Estado fracasado. Hace unas décadas dejamos de ser un Kuwait y, afortunadamente, todavía no somos una Nigeria. En realidad, somos un pueblo relativamente pobre, con un gobierno rico.
En el actual régimen, la hipertrofiada concentración de los poderes de decisión, tanto en política interna como exterior, en la figura de Hugo Chávez, ha reducido enormemente la incipiente institucionalización del Estado venezolano y, en particular, su Cancillería. A diferencia de países más institucionalizados, donde la burocracia especializada tiene un peso relevante en la toma de decisiones, la única persona a realmente a cargo de la toma de decisiones, en política exterior, es el Comandante-Presidente. Por tanto, los valores, talentos, capacidades, ideología, experiencias, defectos y “weltanshauung” (visión del mundo) de Chávez condicionan definitivamente la política exterior de Venezuela.
El primer rasgo que quisiera subrayar y que influye sobre toda la política exterior chavista es el de la megalomanía, que, en sentido figurado, puede asemejarse al complejo de gran potencia. La megalomanía en política exterior es irresponsable y peligrosa básicamente porque, al magnificar erróneamente el potencial del Estado, determina la fijación de fines y objetivos que van mucho más allá de la capacidad efectiva del Estado para lograrlos. Las consecuencias son, en primer término, un criminal despilfarro de recursos escasos, muy necesarios en un país todavía subdesarrollado y el fracaso externo, porque no se tiene el potencial suficiente para lograr los objetivos fijados y cumplir con las promesas a otros países, recordemos a este respecto, como ejemplo, las decenas de refinerías ofrecidas en todo el mundo y el nonato Gran Gasducto del Sur, que debía “iluminar” las calles de Buenos Aires, mientras, por cierto, no hay luz en Maracaibo. Todo lo cual produce una pérdida de credibilidad, que ridiculiza las actitudes de Gran Potencia.
El segundo rasgo central que influye sobre la casi totalidad de los objetivos de la política exterior, así como la política interior de Venezuela, es el dogmatismo ideológico del caudillo. Chávez es pragmático en la táctica, pero dogmático en la estrategia. Chávez, en el 2010, se ha declarado marxista y ha ordenado públicamente, a todos sus seguidores, que deben leer el Manifiesto Comunista, publicado por Marx y Engels en 1848. Octavio Paz dijo que: “la ceguera biológica impide ver, pero la ceguera ideológica impide pensar.” La ceguera ideológica de Chávez le impide darse cuenta de que el socialismo colectivista “no sólo no creó riqueza, sino ni siquiera distribuyó con justicia la pobreza”, como afirmó el intelectual y estadista polaco, Bronislaw Geremek. Para entenderlo, bastaría comparar los diferentes resultados socioeconómicos de Alemania Occidental y Alemania Oriental, entre 1945 y 1990 y de Corea del Sur y Corea del Norte, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Pero, sobretodo, al Presidente Chávez la ceguera ideológica le impide pensar, con objetividad, cuáles son los fines e intereses permanentes del Estado venezolano, en el sistema internacional. Es evidente que la visión ideológica “neocomunista” de Chávez, conjuntamente con la apreciación magnificada por su megalomanía bonapartista del potencial de Venezuela condiciona toda su política exterior.
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