Miércoles 17 de agosto de 2011
El Instituto Nacional de Estadística ha confirmado la desaceleración del crecimiento de nuestra economía en el segundo trimestre del año. Es una tendencia que también se ha manifestado en el resto de Europa. El crecimiento de abril a junio ha sido en la Europa de los 27 de dos décimas, seis menos que en el trimestre anterior. En Alemania ha pasado del 1,3 al 0,1. En Francia el crecimiento ha quedado en nada. Pero si miramos más allá de nuestro continente, la situación no es más halagüeña. Estados Unidos corre el riesgo real de caer en la recesión. Japón está saliendo rápidamente de ella, pero su futuro económico sigue siendo una incógnita. Cada vez más analistas temen que la tímida recuperación global. Incluso China, acostumbrada a asombrar a los analistas por desmentir año tras año las previsiones de que sufrirá un frenazo, podría entrar finalmente en un “aterrizaje suave” que restará impulso al conjunto del mundo.
La trémula recuperación parece derrumbarse y ofrece un panorama muy desalentador para Europa. Como ha señalado recientemente el presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, esta recaída de la actividad llega en un momento en el que los Estados no tienen margen para planes de estímulo fiscal. Antes al contrario, están forzados a adoptar medidas de ahorro. Por otro lado, las previsiones del BCE no se han cumplido en absoluto, lo que abre el interrogante de hasta qué punto se comprende desde la institución el desarrollo del ciclo económico. Incluso puede que se vea forzada a rectificar y tenga que bajar los tipos de nuevo.
Este es el contexto en el que se han reunido los líderes de los dos grandes países de la zona euro en París. Angela Merkel y Nicolas Sarkozy comprueban que sus economías son más débiles que lo que creían, lo que limita su capacidad de prestar ayuda a los países periféricos. Pero son muy conscientes de que necesitan recobrar el impulso político y el crédito ante el mercado. Por eso han pedido un auténtico gobierno económico comunitario, una propuesta audaz aunque problemática. Es difícil no ver un intento de repartirse el gobierno de Europa entre los dos países, y no necesariamente para el bien de todos. Especialmente peligroso es el intento de unificar los impuestos, pues busca evitar la competencia fiscal de los países más pobres, una competencia que ha permitido a Irlanda, uno de los países más pobres de la Europa Occidental, convertirse en uno de los socios más ricos, a pesar de las actuales dificultades. Lo menos que cabe es analizar con cautela esa importante propuesta. Por otro lado proponen que los países miembros introduzcan en sus Constituciones una norma que impida los déficit, una de las normas más sencillas y a la vez más efectivas para evitar futuras dificultades. Lo cierto es que Europa vive una crisis que no es sólo económica, y que debe reinventarse o bien corre el riesgo de que la unión monetaria se disuelva.
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