Opinión

Tres apuntes zamoranos

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 19 de agosto de 2011
Se estremece el alma de dolor cuando zamorano de nacimiento y alma y vocación, y contribución al erario municipal, claro, viene uno de vacaciones y te encuentras con la horterización sistemática de arqueología infumable e iletrada del viejo castillo de Zamora. El cual ya no es que haya sufrido un proceso de anastilosis que active la utilidad estética de las sucesivas épocas y culturas que por allí han pasado, de acuerdo a su eje diastrático o diacrónico, que hundirá la basa de su columna de forma ininterrumpida hasta el pleistoceno medio, sino que el Castillo en sí parece ahora un complejo del Corte Inglés, con sus distintos apartados de mamparas de vidrio. Para colmo, en los exteriores, han recortado sus centenarias zonas ajardinadas, dándole un tono brutal de domesticación somozista de la Naturaleza que se transforma en pequeñas jaulas verdes más propias de los exteriores de las nuevas dependencias administrativas que de un Castillo milenario “ad usum Delphinis”. Ya no se puede pasear entre sus preciosas murallas amerlonadas, sino que te dejan un par de almenas desde donde admirar el espléndido entorno de esta ciudad, cuya belleza creíamos a salvo de la torpeza y complejos de sus gestores, sin que ningún peligro explique esta mezquina prohibición de majestuosas panorámicas. Hace cuarenta años los niños, a menudo crueles cazadores, fieles a nuestros genes configurados desde el achelense venatorio, cazábamos aquí a los pajarillos con liga, y hasta esta monstruosa crueldad no degradó nunca ni la flora exuberante ni la fauna de este paraje, entonces con un par de pinos albares centenarios y un majestuoso abeto que ahora no vemos, y más ameno y húmedo el lugar con rosales de hermosura incesable que refrescaban el espíritu (y lo zamoranaban también ). Y como guinda de mal gusto no sólo estético sin también histórico, en ellos se sitúa el parque temático de la obra de Baltasar Lobo, un artista menor seguidor del gran Alexander Archipenko. Baltasar Lobo pasará a la Historia del Arte español del siglo XX con una cita de unas siete líneas si el manual sobrepasa las mil páginas. Pero el Castillo de Zamora, emblema que debería ser eterno de esta ciudad de aquel resolutivo obispo Suero, ha sufrido agresiones tan bárbaras que no podrá ya restaurarse a su prístino y soberbio estado. Es una pena que gobernando la derecha en la Ciudad se permita con espléndidas subvenciones públicas la despiadada barbarie técnica de la progresía cultureta, aquí clara enemiga de la Memoria. ¿Para qué vencer al PSOE, acérrimo enemigo no sólo del Espíritu de las leyes del barón de Montesquieu sino también de su Ensayo sobre el gusto, si el PP lo sigue con devoción discipular y paleta en los ámbitos de la cultura y la moral? Los viejos alcaldes del franquismo no cometieron estos destrozos y tropelías, bien porque no tuviesen presupuesto para una implacable barbarización e ideologización de las piedras, bien porque se sintiesen pequeños ante la grandeza del alma de su ciudad.

Pero uno no puede abandonar Zamora sin acercarse al pequeño pueblo del Campillo, a unos 18 km. de la capital, y quedarse estupefacto ante la belleza, la armonía y los restos reciclados del Mundo Antiguo de la iglesia de San Pedro de la Nave, joya suprema del arte visigótico español, rescatada de las aguas del Esla por el genial erudito y Director General de Bellas Artes, Don Manuel Gómez Moreno, en 1930, en aquella época remota en que no era preciso en España tener la condición demostrada de analfabeto y profesar odio al latín para ser Director General de algo. En esta ocasión ( visita nº17 ) desagrada ver un bar con terraza, instalado a veinte metros del recinto sagrado de San Pedro de la Nave, sin duda alguna para aprovechar la veintena de visitantes diarios que vienen anhelosos y curiosos por degustar la inteligencia artística de los españoles de hace quince siglos. Hay oportunidades, como ésta, de hacer negocio que constituyen toda una falta de respeto y decoro ante los hechos que nos enaltecen como españoles. Es que, además, del bar sale música…Lady Gaga y San Pedro de la Nave juntos. La España actual. Entre Regina Caeli y la Mother Monster. Una vez provisto de unos algodones aislantes para los oídos entro en el mundo fascinante de la pequeña iglesia que es cima del arte visigótico. Seis columnas de mármol de factura toscana, supérstites de algún templo pagano romano o paleocristiano, sostienen el crucero y la nave central. Desde la entrada a la pared de la capilla mayor hay 28´80 metros, y entre las puertas laterales, desde el pórtico norte al pórtico sur, hay una distancia de 17´60 metros. De este rectángulo de proporciones clásicas ( Ictino )sobresalen otros tres menores que corresponden a la capilla menor, orientada al sol naciente, y los otros dos a los pórticos Sur y Norte respectivamente. Estos tres rectángulos que sobresalen al Este, al Sur y al Norte corresponden a los extremos de los ejes de las naves interiores que forman un sublime crucero cuyo centro no corresponde con el centro geométrico del rectángulo, del mismo modo que el centro de la náos del templo clásico que sigue la proporción aurea según el Canon de Policleto para sus esculturas, entre la pronaos y el opistodomos, sólo que en dirección inversa. Sus preciosos arcos de herradura apuntados anuncian el futuro arco califal, hijo únicamente del genio español. Esta preciosa iglesia es el vínculo perfecto entre la arquitectura clásica y la arquitectura de la España musulmana, que no debe nada básico a una cultura arquitectónica extranjera, sino que fue el desarrollo natural de nuestras culturas arquitectónicas. En el pórtico norte encontramos amontonadas y sin ningún orden una veintena de interesantísimas estelas que la incuria de los responsables de la iglesia tienen sin catalogar. Nos encantan las decoraciones geométricas y florales que los artistas visigodos dejaron esculpidas en las hiladas de las piedras del exterior y del interior, con sus cruces, molinetes, rosetas, racimos, hojas, celosías, arquillos, serpientes, venera, tallos, frutos y aves en bandada continuada, que reflejan la alta, elegante y sencilla sensibilidad de una época en la que España balbuceaba con promesas de caminos futuros en el que este presente no estaba programado. Ya no digo nada de los conocidísimos bajorrelieves de los capiteles, como el del sacrificio de Isaac y el de Daniel en el foso de los leones, cuya descripción y significado darían para escribir todo un libro de arte español.

Acabamos nuestro periplo zamoranense en la Villa de Alcañices, pueblo aún lleno de sabor propio, en el que hace ya más de siete siglos los reyes de Castilla y Portugal decidieron trazar la frontera que dividiría sus respectivos reinos, siendo la primera frontera de la Europa medieval y la más extensa del continente. En la parte más alta del pueblo se levanta imponente el Palacio del Marqués de Alcañices, convertido ahora en una Residencia de ancianos gestionada por Cáritas. En este pueblo podemos comer un chuletón de ternera de Aliste acompañado de pan de Morán. Inmenso placer que ayuda a retener en la memoria los paisajes alistanos. Los paisajes de Zamora en general.

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