Viernes 19 de agosto de 2011
Yo me fui a Galicia este verano movido por la indignación, aunque en pequeña medida. En mí la indignación es como la madre patria en el alma rusa, una pequeña llamita capaz de iniciar grandes hogueras. En las playas galaicas, busqué rastros de los indignados. Pero no hallé otra cosa que un gran tráfico interior que colmata los parkings con coches, muchos coches de todas las marcas y los colores, inundando dunas, arenales y tímidos cañizales. También chiringuitos de playa, llevados por seres similares a los indignados, con rastas, bañadores que no llegan a cubrir el nacimiento de la tatuada curscusilla, y botas de montaña con calcetines adaptadas a la fina arena de concha y granito pulverizado. También encontré el pangermanismo que nos asola, ese catecismo de marca merkeliana, que hace que las sillas de la terraza de un chiringuito no se puedan poner más allá de cierta línea, que obliga a beber a apurar la copa cuando las diez se acercan, pero que permite que a unos doscientos metros una pista de karting se mantenga con un chunta-chunta atronador hasta las tres de la mañana, para solaz de sus sordos o ensordecidos vecinos, imagino. El pangermanismo español es digno de estudio: inflexible con las pequeñas cosas, magnánimo con los grandes desmanes. Quizá es que, en el fondo, somos unos detallistas.
La indignación me llevó al desarrollo de dos diferentes estrategias personales: a. La búsqueda de tesoros de “mouros” y “fadas”, y b. La inmersión en el mundo submarino. En el primero, ayudado por el siempre exuberante Cunqueiro en “Tesoros y otras magias”, espléndidamente anotado por César Antonio Molina, hallé que “las hadas gallegas son de una alegre infantilidad, y los tesoros que guardan los dan la mayoría de las veces porque quieren a uno que no sabe por qué les cayó en gracia.” Decidí buscar un hada gallega a la que caer en gracia sin saber por qué, para que me diera sus tesoros, y en esas estoy. También hay encantos vivientes, gigantes y mouros que guardan esos tesoros, por lo que lo busco con cierto reparo. Las hadas suelen tomar forma de culebra, de vieja o de pez, lo que tampoco me tranquiliza demasiado. Al final, opté por buscar una en forma de pez, lo que me llevó a b., a la inmersión en el mundo submarino. Pero allí, en vez de hadas con forma de pez, lo que encontré fue indignación.
Los percebes están indignados por la invasión el las plazas de “percebillos” marroquíes; los besugos, con indignación profunda, han optado por huir; las lubinas se han recluido en piscifactorías donde se dan con profusión a las dietas Atkins y disociadas, y sospecho que incluso a la cirugía estética; las centollas, andan revueltas con el plomo y los metales pesados; las caballas, están hasta las narices de que las hagan correr en busca de bancos de jureles, y los jureles hartos de pagar comisiones a sus bancos. En definitiva, que el mundo submarino anda muy revuelto. Solo los pulpos, emboscados en sus cuevas ahorran pensando en el futuro, con mentalidad merkeliana y pangermánica, como los legisladores de los chiringuitos y las pistas de Karting. Y alegría, lo que es alegría, solo la encontré en un banco de camarones, rojos y saltarines. Intrigado, pregunté a uno de ellos el por qué. Me dijo que la alegría se debía a que su banco había recibido una triple A, que era el único banco submarino gallego que lo había hecho. Me dio más datos, y entonces comprendí todo: aparentemente, un bogavante había decidido este invierno crear una agencia de calificación de bancos marinos, y desde entonces todo había cambiado: las sardinas habían descendido en pocos meses de AAA a AA, los jureles a la simple; las centollas y los percebes tenían consideración de bonos basura. Los pulpos sobrevivían hasta el momento, pero su dependencia de la cadena trófica los hacía vulnerables, según los informes de la agencia bogavantil de calificación mencionada. Salí del mundo submarino como Urashima, consternado. Y decidido dejar de interesarme por los bancos, sean comerciales o de peces.
Pero quizá impelido por el pangermanismo, me he entregado a la búsqueda de la indignación en el pasado. Ahora, de noche, disfruto con las lecturas sobre los “irmandiños”, esos indignados de finales de la Edad Media que capitaneados por Rui Xordo, cabecilla de la “irmandade fusquenlla”, llevó de cabeza a Nuño Freire de Andrade, “o Mau”, el Malo, a quien destruyeron pazo, corrales y bodegas. E intento olvidarme de la advertencia que me hizo el camarón; según él, el bogavante tiene planes para sacar su agencia a la tierra este septiembre y calificar a los bancos españoles. A lo mejor su negocio es un nuevo Inditex, tan fértil en estas tierras.
Mientras tanto, en legítima defensa, me voy a dedicar a comer camarones y bogavantes. Por si acaso acabo de esa suculenta manera con el protagonista de tan tremenda amenaza submarina.
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