Sábado 20 de agosto de 2011
El último atentado suicida en Pakistán, perpetrado en la mezquita de Al Medina -cercana a la frontera afgana-, acababa con la vida de 45 personas y dejaba seriamente heridas a más de un centenar. El hecho es especialmente significativo tanto por haberse producido en pleno Ramadán como por haberlo perpetrado un musulmán. O lo que es lo mismo, musulmanes asesinando musulmanes. Si ya de por sí el terrorismo islámico -cualquier tipo de terrorismo- carece de justificación alguna, el hecho de que alguien decida matar a quienes en teoría son “de los suyos” refleja hasta dónde puede llegar la irracionalidad de esta gente. Y da idea de su peligrosidad.
Acciones tan execrables como ésta última se producen con más frecuencia de la que algunos creen. Precisamente por ello, ese numeroso sector de la comunidad islámica que mira con recelo a Occidente -pero hace lo posible por construir su vida en Europa o Estados Unidos- debería ver que tiene al enemigo en casa, y no fuera. Musulmanes, católicos o judíos, nadie debe morir por profesar un credo concreto o ser nacional de un país determinado. De ahí que la labor más importante no sea sólo -que también- la persecución de los terroristas, sino la concienciación pública de lo que supone justificar de alguna manera sus actos
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