Sebastián Palomo Danko | Sábado 20 de agosto de 2011
Aprieta el sol al mediodia y la brisa del mar me acaricia la barba con suavidad, casi besandome. Parecen los labios de una diosa griega. Bella y dulce. Pura sensualidad.
Con los ojos cerrados y el único ruido de las olas que rompen en tierra y de los pájaros que vuelan libres a mi alrededor, estoy en la Gloria más absoluta. El mar y la soledad. El mar y el hombre..., en estos momentos no necesito nada más.
Me encuentro absorto en pensamientos que no son, porque la mente se queda prácticamente en blanco. Ideas que van y vienen perezosas sin ningún punto de conexión entre ellas. El olor a sal y la belleza de la nada en mi mente...
Cuando entreabro los ojos y miro al cielo veo un azul casi tansparente, que contrasta con el turquesa del agua, ni una sola nube tiene el atrevimiento de manchar un lienzo tan limpio. Dan ganas de tocarlo o ni tan siquiera eso, simplemente rozarlo, sin violar su magnificencia, tan grande, tan enorme y tan bello. Así es como debería ser el mundo pienso. Así debería ser la realidad de las cosas que nos rodean. El hombre, el mar, el cielo, la tierra, las montañas, los pajaros volando libres y la brisa cándida. El aire limpio y la mente relajada. De una vez por todas tomar conciencia de lo que nos rodea y de lo afortunados que somos por tener la oportunidad de disfrutarlo.
Es entonces cuando uno, rompiendo la paz que le inunda se pregunta qué carajo ha pasado. Dónde está la equivocación. Por qué la hemos cagado de esta manera. En estos momentos da igual el IBEX y su puñetera prima, el alquiler o la hipoteca, los parquímetros y el pinche ticket, Rajoy, Rubalcaba, la Merkel, Jorge Javier Vazquez y la isla, el tráfico en hora punta o no tan punta, las subidas y bajadas de impuestos, que si no llegamos a fin de mes y no tenemos para veranear en Benidorm o que si la abuela fuma.
Es en estos momentos , en este preciso instante, cuando únicamente debe importar cerrar los ojos y disfrutar. Admirar como Dios tuvo los cojones de hacer un mundo de tal perfección y darnos cuénta para luego preguntarnos cómo hemos sido tan torpes de habernoslo cargado de esta manera. Dejar por un pequeño instante de preocuparnos por esas cosas que nos ahogan y que nosotros mismos hemos creado. Al fin y al cabo somos los únicos culpables de nuestras desventuras. Somos quienes paradójicamente, por nuestras propias ansias de dominio hemos conseguido ser los dominados. Hemos creado una sociedad que cada día nos atenaza más y que nos aleja de la realidad. Que no nos hace ver más allá y nos obliga a olvidar lo afortunados que somos de formar parte de este planeta al que no damos tregua...
Es el tiempo de respirar, de disfrutar de la tierra, de darnos cuenta de que estamos vivos y de que para alcanzar un momento, aunque sea muy pequeño, de felicidad, basta simplemente un cielo azul sobre nuestras cabezas, cerrar los ojos y sentir como el mundo con todo su esplendor nos acaricia la cara y nos besa con dulzura, mientras al oido, susurrando, sin levantar la voz, nos suplica timidamente un poco de atención.