Opinión

Del pensamiento desordenado: encerrarse en la aldea

José Varela Ortega | Domingo 21 de agosto de 2011
Para constatar que el horno no está para bollos ni la situación económica para muchas tonterías no hacen falta muchas averiguaciones. La crisis del 29 se convirtió en una larga depresión porque demasiados gobiernos tomaron decisiones equivocadas. Entre otras, cerraron sus economías profundizando en el desastre.

Un conocido economista norteamericano (Lawrence E. Harrison), estudioso de las desastrosas políticas económicas que llevaron a muchos gobiernos latinoamericanos de los años sesenta y setenta al desastre, concluía –y titulaba- que el “subdesarrollo es un estado mental”. En el mismo sentido, hace muchos meses que vivo convencido que la crisis actual es –como casi todo, en última instancia- un problema filosófico; un producto de un pensamiento desordenado. Cuando se empezó con aquel disparate de que “todo americano tenía derecho a una hipoteca”, confundiendo una oportunidad con un derecho y fomentado la irresponsabilidad personal, se estaban poniendo los cimientos de la crisis.

En España, tenemos un largo historial demostrando la correlación entre apertura económica, apuntalada por seguridad jurídica, y crecimiento. Y la historia al respecto no empieza sólo con el Plan de Estabilización de 1959 o el Tratado Preferencial de 1970, la integración a la Unión en 1986 o el Euro. La correlación es muy anterior. Y su antónimo, también. Baste recordar, a los efectos, las consecuencias dramáticas de los experimentos autárquicos franquistas, durante los años cuarenta y primeros cincuenta: el hambre en Rusia.

Sin embargo, esto de la apertura es mucho más –y mucho antes- que una política económica. Es una actitud, una disposición mental: el talante socrático de modestia intelectual que nos lleva a hacernos preguntas y a una postura proclive a observar, escuchar y aprender. El viajar –escribía Cervantes en el Persiles- hace a los hombres discretos. Pues bien, el vicesecretario, Ricardo Tarno, y el presidente del PP de Málaga, Elías Bendodo, predican lo contrario. Al punto, que reprochan a su contrincante político y Presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, de veranear fuera de la Comunidad Autónoma, que, como sabemos, es el centro del universo mundo. Al parecer, el señor Griñán ha tenido la osadía de irse nada menos que hasta Galicia.

Al señor Griñán, y a la cofradía caciquil de los chávez y zarrías, se les pueden reprochar muchas cosas, entre las que destacan una política clientelar de subvenciones y pandillismo que, amén de llevar a la corrupción, ha mantenido a Andalucía a la cola del desarrollo, en lugar de a la cabeza de la enseñanza y la investigación, como soñaban don Fernando de los Ríos, y otros socialistas ilustrados, de quienes los actuales empresarios del poder socialista ni siquiera han leído el apellido. Sin embargo, reprocharle que salga del terruño y la aldea es –tiene razón el Presidente de la Junta- peor que una “vergüenza”. Es una de esas “tonterías” que hemos ido tomando prestadas del pensamiento nacionalista e identitario y que van carcomiendo nuestro cerebro y erosionando nuestro razonamiento.

¡Y uno que hubiera esperado de una oposición ilustrada que le hubiera pedido al señor Griñán viajar a Noruega, para aprender a gestionar la opulencia con modestia y mesura, o a Inglaterra, para tomar algunos cursillos acelerados de sentido común! Pues, no: a encerrarse en la aldea, a sestear en el Casino y a tomar lecciones de la parroquia. Sin observar mucho, sin leer mucho y sin pensar nada, que es como mejor se está. Por ese camino de obsesiones por la patria chica –y la patria, siempre se achica cuando se torna obsesiva- vamos a terminar por invertir los términos que proponía Azaña: en lugar de rectificar lo tradicional con lo racional, como proponía el Presidente de la República, conseguiremos rectificar lo racional con lo tradicional –como les gustaba ayer a los carlistas y hoy a los nacionalistas. ¡Y esa si que es una buena receta de subdesarrollo!

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