Opinión

A un mes de la masacre de Noruega

Marcos Marín Amezcua | Domingo 21 de agosto de 2011
Con estupor e indignación, pero tristemente sin sorpresa, me enteré de los atentados en Noruega del 22 de julio de 2011 y del discurso del presunto autor, difundido más en partes que al completo. Ha pasado ya un mes de aquella tragedia y seguimos como al principio: una densa nube cubre el móvil y el discurso xenófobo en torno a sus execrables palabras antimigrantes y derivadas de su terror al Islam y a su cultura, vistos como agresores de la Europa químicamente pura que jamás ha existido, salvo en sus desvaríos.

Mas estamos en presencia de un deplorable discurso xenófobo antes que fundamentalista cristiano, esgrimido por el asesino confeso y debe denunciarse. A un mes de la tragedia es un momento apropiado para hacerlo.

Y me mueve a la reflexión, pues parece que poco se ha dicho. Me pregunto una vez más ¿qué pasa con Europa? ¿se siente amenazada por los migrantes, por los diferentes? ¿el actuar del noruego desquiciado de marras es un hecho aislado? ¿estamos hablando de una excepcionalidad tan extraña como incomprensible y solitaria? El asesino ha dicho que fue una acción cruel, pero necesaria. Cuánta vileza. Apenas puedo barruntar unas cuantas ideas.

El discurso y el condenable actuar xenófobo que infortunadamente, no es particular del asesino noruego, cada vez más se manifiesta de múltiples maneras; lo esgrimen políticos y lo solapan jueces, todos quienes sin poca ni más vergüenza enarbolan supuestos costos causados por los inmigrantes y claman por darles derechos restringidos a cambio de mantenerlos con ellos, como mano de obra barata. Es una incongruencia discursiva.

A fuer de tener una inmigración que ha llegado a Europa no solo por abrírsele las puertas o por “efectos llamada”, que son a fin de cuentas la consecuencia natural y lógica de algo todavía más importante y causa primera, repito: primera, de otros fenómenos como la movilidad poblacional mundial de zonas pobres a países ricos y en su origen, la necesaria mano de obra barata, necesaria para reducir costos y aumentar márgenes de riqueza, que suelen obviarse y olvidarse a conveniencia aun en sociedades que se autodenominan justas.

Para este asesino noruego Anders Behring Breivik –tan desquiciado que hasta ha pedido la abdicación del rey Harald V– la inmigración no le parece inevitable ni la considera necesaria, pese a que Europa la ha requerido para sostener el ritmo de desarrollo del que se goza allí. Ya el FMI se lo advirtió a Europa y a España desde 2005: les costará cada vez más sostener los niveles hasta ahora conocidos. Su actuación criminal acusa severos problemas de integración que se mueven bajo las apacibles aguas de la civilización europea. Noruega no es la excepción por lo que puede verse.

Por respuesta al migrante, se toma un camino equivocado enarbolando discursos xenofóbos que llegan a las trompadas, cuando no a los balazos, ya se ve; y al sobado argumento de que los inmigrantes se comen los beneficios que buena y justamente corresponden a los europeos, parece que entendidos sólo como blancos. Los políticos le dicen al votante enfadado y más despistado aun, que si les sufraga le devolverán lo que los migrantes les han quitado. Y ahora se añade la idea de que los migrantes sobajan los valores europeos.

Y me viene a la memoria aquella anécdota de un chaval contándome en Huelva que a él le molestaba que esos sujetos xenófobos dijeran: “los migrantes nos quitan nuestro pan y nuestro trabajo”, mientras recargan los codos en la barra de un bar a las doce del día, si no daban palo al agua y me confirmaba que él no se veía ni cosechando fresones ni lavando baños.

Hace ya lustros que se escribe y se piensa acera del papel de los migrantes, de su presencia, de sus derechos, de sus anhelos y de su manera de influir y acaso de cambiar, la esencia del viejo continente. Sin duda, podrían cambiar no solo el rostro, sino los valores europeos. Lo harán. En tanto, a ultramar llegan noticias de cuando en cuando acerca de incidentes de racismo contra turistas, contra residentes. Nos alertan y sorprenden esos estertores y la impasibilidad con que suelen asumirse. Es bochornoso.

Es condenable lo ocurrido en Noruega. Hay que decirlo: un mes después en ultramar aún nos estremecen y nos aturden las palabras racistas del autor de ese abominable acto de cobardía. Nos desconciertan sus proclamas en tono envalentonado, exaltando la idea de una excluyente Europa blanca, que lo mismo actuó tarde y mal en casos como el de la Guerra de los Balcanes de finales del siglo XX, que igual la coloca de espaldas a su propia historia cosmopolita, causante de una mezcla y movilidad que hoy muchos rechazan.

El loco que disparó en la isla de Utoya, acaso ha dicho lo que muchos piensan y no se atreven a decirlo en voz alta. Disparando ¿tarde reclama lo que Europa perdió hace ya décadas? hace mucho que dejó de ser solo blanca, cristiana y de mentalidad occidental. ¿Cómo podrá Europa conciliar los intereses creados hace tiempo, echando mano de migrantes de culturas distintas a ella, con la preservación de sus más intrínsecos valores que dice, merecen prevalecer? no podrá ser a cambio de pisotear derechos de terceros y entonces ¿cómo podrá lograrlo?¿podría ser irrespirable el ambiente hasta producirse una hecatombe aún mayor, como consecuencia de guerras raciales a su interior?

Y me hace temer preguntándome que si Europa no puede conciliar sus intereses con sus valores, frente a estas muestras de racismo incontenible ¿en el siglo XXI a Europa la destruirá la mezcla de fundamentalismos? ¿y veremos salir de Europa a los descendientes de quienes se trasladaron a ella entre los siglos XX XXI?¿está condenada a perder por cualquier vía que escoja? Sería una tragedia posible si no logra conciliar posturas contrapuestas. El tiempo lo dirá.

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