Opinión

¿Un concurso de maldad? (II)

José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 22 de agosto de 2011
Franco es, desde luego, el Satán máximo. Entre los personajes traídos a colación y sometidos al juicio de unos historiadores desdoblados en jueces o fiscales de los hombres y hechos de la excruciante guerra civil de 1936, existe granítica unanimidad de los alineados en posiciones “progresistas” en considerar al general coruñés como la perfecta reencarnación de un Lucifer en versión española de los años treinta y
siguientes. La todavía viva y candente polémica desatada a propósito de la semblanza trazada del “Caudillo” por un eximio medievalista en el Diccionario de biografías españolas editado por la Real Academia de la Historia, ha acrecentado, si ello era posible, el repudio absoluto de que es objeto el anterior jefe del Estado del lado de un extenso sector de la opinión pública y de los estudiosos identificados con él.

Por parte del emborroneador de estos renglones poco tiene que añadir a lo escrito por él en otros lugares y en páginas bien distintas a las volanderas de un periódico. Cabeza de un régimen dictatorial que en sus inicios experimentase algunas tentaciones e incluso derivas totalitarias, el autoritarismo a ultranza es el rasgo que tal vez mejor definiera al sistema que rigió los destinos de la nación durante largo tiempo. El ascendiente –inmenso- de la Iglesia, el peso de consolidadas instituciones y el tenor y características de uno de los cuatro o cinco pueblos que construyeron el mundo moderno harían imposible la cristalización de un gobierno totalitario en el solar de los iberos. Pero el
debate sigue y continuará abierto si no por años sin fin sí por un tramo cronológico al que todavía no se le ve el término.

La contrafigura de Franco es, a casi todos los efectos y conforme a la opinión de la práctica totalidad de los autores situados en las posiciones antedichas, la del médico grancanario D. Juan Negrín. Se perdonará al abajo firmante –en España, incluso en la democrática de hodierno, siempre se exigen credenciales ideológicas y políticas por expendedores de dudosa y desconocida legitimidad- que puntualice que años atrás, cuando se estaba lejos de contemplar la “negrinamanía” que hoy se adueñado de buena parte de las esferas académicas y de la casi integridad de las mediáticas, se atrevió a romper modestas y frágiles pero también continuas y ardidas en pro de la reivindicación
del torso cuando menos de la tarea y personalidad del tercer y último presidente del gobierno de la Segunda República en el transcurrir del conflicto. Su labor fue, historiográficamente, fácil, habida cuenta los numerosos y justos títulos que la avalaban, ya que no en balde, en días especialmente aborrascados y trágicos, la capacidad de gestión, el compromiso con la causa, la vibración españolista y la pulsión, en fin, democrática que caracterizaron la obra gobernante de J. Negrín dan vado más que suficiente para acometer tal empresa con plena garantía de éxito.

Ello, empero, no justifica en manera alguna la “deificación” a que se asiste de unos años acá, de la política y personalidad internacionalmente prestigiada del catedrático de Medicina de la Universidad de Madrid en los días de la dictadura primorriverista y la Segunda República. La España bajo su dirección fue igual de dictatorial y represiva que la franquista, con checas, catacumbas y paredones de ininterrumpido fusilamiento. Millares de episodios lo testimonian irrefragablemente. El que su talante y convicciones estuvieran sideralmente distanciados de tan horrenda trayectoria, no diluye la responsabilidad que le compitió en tal estado de cosas, muy reluctante a su conciencia y sensibilidad.

“Paz, piedad y perdón”. Acaso sea, sí, el tríptico de uno de los discursos más conmovedores -18 de julio de 1938, Ayuntamiento de Barcelona- de su correligionario y, sin embargo, rival D. Manuel Azaña, el mensaje que, a los 75 años del desencadenamiento del drama de la guerra fratricida, contenga más vigencia y actualidad para una convivencia fecunda de las generaciones españolas del porvenir
inmediato.

TEMAS RELACIONADOS: