Opinión

Expectantes, impotentes

Antonio Domínguez Rey | Martes 23 de agosto de 2011
Con el paso del tiempo y mirando hacia atrás, el rostro de los políticos transicionales pierde relieve y la terca realidad de cada día, imperiosa con las exigencias del presente inmediato, va descubriendo los resquicios débiles, la ingenuidad programática, el fruto de la improvisación con soluciones para un día que otros días sucesivos invalidan y, sobre todo, la carencia profunda de ideas sólidas, de líderes con vocación de Estado.

Una de esas soluciones precarias fue convertir las regiones en Autonomías y dividir el Estado español en nacionalidades con atributos que incrementaron el régimen presidencialista y doblaron inútilmente las funciones parlamentarias. El gasto se disparó inmediatamente con fastos de índole napoleónica.

Las Autonomías encubrieron un problema real, el de las nacionalidades históricas, es decir, el norte de España. Para que se notara menos el verdadero problema de fondo, se multiplicaron los entes indebidamente confiriendo rango de Estado a regiones notables por el pimiento, la uva, el cereal, el jamón, la oliva, naranja, la red y el rumor salino de sirenas encantadoras a la luz de la luna en un pico de montaña o el mar rielado. Se creyó que el problema quedaba resuelto convirtiendo en seminapoleones a cosecheros, agentes de turismo, ciertos funcionarios de la Banca, recaudadores, empresarios, busca vidas expertos en el oficio.

Mientras hubo bonanza con el dinero recibido a espuertas de Europa, no hubo problemas. Hasta los presidentes del país lo parecían de verdad. Si miramos hoy sus caras, las funciones que realizan en sus cometidos particulares; si releemos declaraciones de entonces; si rebobinamos las cintas de los discursos, viajes, promesas, y vemos el resultado de las medidas y dispendios de más de treinta años; si miramos el hueco donde nos sitúan en el concierto europeo e internacional, ¿qué se fizo de todo aquello; qué fue de tanto varón y galán; dó su facundia, devaneo, la grandeza que prometían?

Lo mejor de todo fue comprobar que era posible disolver oficialmente un régimen que ya se había extinguido por inanición; que contábamos con una muchedumbre esperanzada, deseosa de sentirse partícipe del mundo; que nuestros vecinos naturales y de Historia nos miraban, sonrían e invitaban a seguir juntos en otro empeño, Europa. Verificamos, efectivamente, que era posible convivir con la promesa de un Rey democrático, incluso quienes sueñan con la República; que a un político socialista lo saludaban los militares sin que hubiera sobresalto alguno; que un presidente de derechas no era fascista; que España parecía significar algo en el entorno; que la sombra de su pasado alumbraba con luz nueva.

Y la realidad se impuso otra vez terca e inmisericorde. Desaparecido el tutelaje económico internacional; abandonados a la propia iniciativa; roto el sueño agrícola, marítimo; hundida la previsión de paraíso para turistas, congresos, visitantes de todas las civilizaciones, jubilados de media Europa; silente la cementera y espeso en pilas el ladrillo; desérticas poblaciones de viejo y nuevo cuño; endeudados por todas partes; a la deriva en el mercado bursátil, henos aquí con cinco millones de parados, un índice progresivo de pobreza, una nueva emigración de cerebros, juventud de brazos caídos o emplazada a rehacer la historia con minúscula, la amenaza intermitente de suspensión de pagos…

Y sin embargo, el país funciona. El presidente sonríe, aunque menos; el candidato sucesor se acicala y mira afable, como nunca, a la cámara, casi sin parpadeo. Los sindicatos no abren la boca. El líder de la oposición, comedido, con las palabras necesarias mientras los gubernamentales se escuecen intentando borrar las huellas inmediatas. Y los empresarios, erre que erre con el deseo de coger a gusto el mando sin la mínima sombra de exigencia, no digamos responsabilidad social del dinero.

El grave problema de España es la persistencia del bien ganancial que la imagen de un capitalismo fácil, monetario, creó al margen de lo que una democracia ágil, emprendedora, moderna, requiere. Y esa imagen ha trascendido a empresarios medios, al trabajador cualificado, a sectores liberales de medicina, derecho, economía, intermediarios múltiples del pez, la patata, el tomate, gas, gasolina, electricidad, vivienda, automóvil, vestimenta, servicios, etc. Todos quieren morir millonarios y a partir de cinco, seis años de profesión intensa. Gran parte del capital español trabaja con márgenes de beneficio que no se corresponden con la realidad de la producción ni de su valor añadido.

El análisis está hecho. El diagnóstico, salta a la vista, astillado. ¿Qué falta? Algo simple, que el pueblo hable. Y cuanto antes. Se ha creado un interregno peligroso de espera intentando dar la sensación de que no ocurre nada; de que es asunto de afuera que rechina dentro. Se está endeudando al Estado por veinte años más. No queda casi nada que vender, pues ya han comprado todo lo rentable en aquel tiempo de Transición que…, por lo que se ve, continúa, con paso indeciso. Se echa mano hasta de las reservas nacionales del oro. Y los compradores de antaño y hogaño amenazan ahora con irse a otros paraísos. Lo están haciendo. Ya han cobrado el tributo. Y con ellos se van quienes pusieron en sus manos el predio, la ocasión. O quedan aquí como feudatarios suyos, vendiéndonos los retales. Intermedios, los bancos, el beneficio de la transacción. Es lo único que prospera. Por eso las Cajas de Ahorros acuden también al sistema del mercado monetario.

¿Y quién compra oro, moneda? Quien fabrica el dinero.

Somos un tránsito continuo. Un presidente sucede a otro legando el testigo con cara de pasmo. Verdaderamente intermedios, emparedados, nosotros, la sociedad civil, expectantes. E impotentes. Quien suceda al actual mandatario, sea del signo político que sea, tiene que activar la voluntad de todos los ciudadanos y pedirles su colaboración creadora, más allá del programa electoral de partido. Tras esta legislatura, queda claro que hay mucha gente valiosa que no se fía de los representantes políticos y de sus ofertas. El espacio que ellos dejan libre lo ocupan personas no siempre cualificadas y muchas veces arribistas. La democracia no puede comprometerse con quienes no disponen de sus méritos. Sobra gente lista y faltan creadores.

Lo más urgente, no obstante, es cumplir la voluntad del pueblo y no confiscarla con manejos de ingeniería política torciendo el resultado de los votos. La representación autonómica no puede convertirse en comodín de Gobierno nacional con arreglos, transacciones parlamentarias, cuando solo significa, en el conjunto del Estado, una proporción mínima. Cien, doscientos, trescientos mil ciudadanos, tal vez más, no pueden imponer un giro diferente al manifestado por seis, ocho millones de votos. Esta desproporción crea inestabilidad, oportunismo, picardía electoral que revierte sobre mucha gente desacreditando su participación democrática. Genera desánimo.

Quien nos gobierne en el futuro, debe comprometerse con esta voluntad originaria respetándola en condición y conveniencia. Y de esto ha de encargarse la sociedad civil auspiciada por el sector privado y refrendada por el poder público sin más condiciones que el mérito y valor creativo. Necesitamos más instituciones libres, independientes, pagadas con dinero sudado. La mayoría de las actuales dependen del dinero público asociado a partidos, sindicatos, instituciones oficiales y a quienes lo administran. Usan los valores sin bruñirlos ni crearlos. Parasitan.

Academias, fundaciones bancarias, institutos empresariales, universitarios, asociaciones sindicadas, patronatos con premios distinguidos… Corre por sus venas sangre monocorde, mancomunada.

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