Entrevista con Abdelaziz Rahabi, exministro y embajador argelino en Madrid
Jueves 25 de agosto de 2011
Ministro de Información en el primer mandato presidencial de Abdelaziz Buteflika (1999-2004), Abdelaziz Rahabi no ha cesado de intervenir en la escena política argelina desde que presentó su dimisión por desacuerdos con la política del régimen de Argel. Fue embajador en México y después en España, y conoce los entresijos de la diplomacia y los meandros del poder. Estos días ha intervenido repetidamente en varios medios de comunicación locales, y completado su análisis con declaraciones exclusivas a El Imparcial.
¿Cómo se ha llegado a esta situación en Libia?
Es el resultado de dos aspectos que convergen. En primer lugar, Gadafi no ha sabido gestionar una crisis política interna, porque no es alguien capaz de escuchar y llegar a un compromiso con su propio pueblo. Y en segundo lugar, el mundo occidental y sus aliados árabes se han lanzado de lleno en una operación diplomático-militar que ha sentado las condiciones de su autoridad política y económica en toda la región.
¿Es que los intereses occidentales no pueden coincidir con los intereses democráticos de los pueblos árabes?
Creo que esta es una cuestión de fondo y que hasta el momento no se ha planteado en realidad. El despertar árabe será portador de nuevas exigencias en las relaciones con Occidente que tendrá a su vez que aprender a tratar más con las instituciones y la sociedad civil, que con las redes de influencia y de corrupción. Hasta ahora Occidente se ha limitado a defender sus intereses materiales. Es hora de que defienda también sus valores de libertad y transparencia. Eso no será fácil. La cuestión palestina seguirá estando en el centro del resentimiento del mundo árabe hacia Occidente, y el sostén incondicional de éste a Israel seguirá siendo el fermento de la radicalización de las opiniones públicas. Pero ya no será instrumentalizado por los dirigentes nacionalistas como han hecho desde 1967 (la Guerra de los Seis días de junio), sino por la fuerza dominante en el mundo árabe que constituyen los islamistas.
¿Teniendo en cuenta esta situación, ¿cuál es según usted la posición que debería adoptar España hacia la crisis libia y el mundo árabe en general?
Hay que reconocer que España se ha quedado en segundo plano en Benghazi ante la arrogancia de Nicolás Sarkozy. Además está ocupada en sus propios problemas internos. Por lo que no ha sabido hacer fructificar el capital sentimental que tiene en esta parte del mundo desde hace 13 siglos. España dispone de un prejuicio favorable, tanto entre los dirigentes, como entre los pueblos árabes, dispone de tecnología y de experiencia, no tiene contenciosos con los países árabes. Sin embargo nuestros amigos españoles se complican la existencia: o bien se pegan a las iniciativas de Estados Unidos, o bien le hacen el juego a los franceses.
Argelia sigue sin reconocer el Consejo Nacional de Transición libio. ¿Por qué?
Argel ha cometido al menos dos errores de evaluación. El primero fue considerar que Gadafi era capaz de resistir en el plano militar y que la intervención de la OTAN iba a suscitar el rechazo de la opinión pública árabe. El segundo fue una cierta febrilidad provocada por las declaraciones del CNT sobre un supuesto apoyo militar y político a Gadafi.
¿A qué se debieron?
El CNT hizo el juego a Francia y a Marruecos, con el fin de neutralizar nuestra diplomacia y confinarla en una posición defensiva, excluyendo de este modo a Argelia en la gestión de esta crisis. Ante ello, el Poder en Argelia ha dado muestras de ser un simple aficionado.
En cambio Túnez acaba de reconocer el CNT…
Túnez adoptó una posición pragmática desde el principio al establecer contactos con el CNT para consolidar sus posibilidades de mediación. Claramente Argelia está en una situación atípica, como le ocurrió a finales de los 70 cuando se encontró frente a dos países en transición, España y Portugal, sin saber qué posición tomar.
En suma, Túnez ha acertado…
Claro. La convergencia entre islamistas y demócratas en los dos países, Túnez y Libia, no es de ahora, sino que se remonta a los años del exilio. Por eso va a ser más fácil para los tunecinos que para los argelinos construir el porvenir de las relaciones con la nueva Libia.
Vamos que las relaciones entre Argel y Trípoli no van a ser fáciles…
Bueno, el Consejo Nacional de Transición no es precisamente un modelo de cohesión. Su unidad se ha forjado con un solo objetivo: derrocar a Gadafi. Habrá que esperar entonces el fin del proceso de transición que puede durar más de un año, para tener una idea más clara de la configuración de fuerzas políticas dominantes en Libia. Aunque ya podemos adivinar que la corriente islamista es mayoritaria y que la oposición democrática en el exilio no dispone de redes sociales. Además los disidentes del antiguo régimen quizás tengan dificultades para situarse. En definitiva, con las nuevas fuerzas políticas Argelia apenas tiene relaciones. Buteflika se encerró en un vis a vis con Gadafi, y hoy pagamos el precio. El pueblo libio nos lo recordará durante mucho tiempo, porque la memoria de los pueblos no se borra.
Mal futuro para Argelia en el “Magreb democrático”…
Argelia ha desperdiciado su posibilidad histórica de ser un Estado pivote en la nueva arquitectura del Magreb. No sostuvo la revuelta de los tunecinos, no fue capaz de medir la fuerza de la calle en Egipto, y no ha tendido la mano al CNT libio. Nuestros dirigentes ansiaban y esperaban secretamente que estas experiencias fracasasen y se transformasen en un contra-modelo para los argelinos. Nuestros dirigentes viven aún en la guerra fría. Habrá que esperar que nuestro país cambie y se democratice para recuperar algún papel en la región. Por el momento nos queda mucho que aprender de las experiencias de la primavera árabe.
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