José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 26 de agosto de 2011
Fue Galdós en sus años de juventud y, sobre todo, de vejez el arquetipo del escritor progresista. Todas las actitudes e ideas que conforman la figura de este género literario y cultural tan extendido encuentran en D. Benito el paradigma más acabado. Sin embargo, en todo instante y etapa de su itinerario de prosista impar, el hondo, entrañado sentimiento nacional que impregna hasta el último rincón de su inmensa y deslumbrante obra impidió que la descripción de las criaturas que, en cantidad innumerable, pueblan su vasto orbe literario cayesen en la limitación o la caricatura que implican cualquier marbete o estereotipo ideológicos. Con singular patencia ello es perceptible en la pintura de sus héroes ficcionales más queridos, pertenecientes en casi su integridad a los estratos más humildes y desamparados de la sociedad.
No ocupa Córdoba, como en general ninguna otra ciudad andaluza, salvo –y parcialmente- Cádiz, relieve ni casi presencia especial alguna en la inabarcable narrativa del escritor grancanario. Con la excepción del episodio Bailén de la primera serie de su obra quizá más difundida y popularmente famosa, la urbe califal no tendrá referencia detallada en el universo novelístico de Pérez Galdós, de otro lado, enaltecedor de muchas de las cualidades de la idiosincrasia de los andaluces.
Mas de seguro es muy probable que si, a la manera de algunos de los protagonistas de sus últimos relatos, se reencarnase, casi a un siglo de su muerte, en el usuario de un autobús de largo recorrido de la capital de la Mezquita quedaría impactado por el espectáculo que le sería dable contemplar varios días de una de las semanas iniciales del verano de 2011. Una pareja integrada por una mujer delgada y de pelo azabache y un hombre grueso y de piel rojiza semejaban repristinar, en lenguaje, atuendo y maneras, a algunos de los desvalidos que en varios de sus textos y, en particular, en Misericordia nos estremecen por su plenificante vivencia de la menesterosidad y el desvalimiento.
Pintor él –y no mediocre a juzgar por los dibujos que dignamente y con obsequiosidad de antaño ofrecía a la estima de los viajeros más cercanos a su asiento-, callado y con control de gestos y palabras, ella se situaba en los antípodas: locuaz, algo inclinada al aspaviento y a expresar sin cortapisa alguna pareceres y sentires –casi todos de sesgo amargo y, a menudo, alhacariento-. En ambos –los dos a las puertas de la ancianidad-, la crítica social –tema recurrente en la conversación de tal medio de trasporte- no hallaba adeptos entusiastas, circunscribiéndose lamentos y quejas a los azares de su andariega existencia en ambientes marginados y golpeados por todos los antuviones que provoca la exclusión en las colectividades desarrolladas. ¿Afloraba el senequismo en el relato de su desdichada existencia? No especialmente. Su resignación se presentaba como resultado ineluctable de un destino que había de acogerse como la prueba suprema del misterio que envuelve la marcha de la humanidad y sus protagonistas.
Por descontado, que estas elucubraciones no se vertían sino que se desprendían de lo que podría ser el mensaje de unas vidas forjadas en la adversidad y la precariedad. Pero, por encima, muy por encima de tal mensaje, campeaba el del amor entre las dos personas que, con sobria elegancia y atención extrema de él a élla y cuidado y mimo de la mujer hacia el hombre, se alzaba como postrera y definitiva visión de su existencia entre los espectadores de su lenta bajada del autobús urbano (noticia en los periódicos por las cuantiosas pérdidas que dicho servicio público arroja en una ciudad aherrojada por la frustración).
Galdós, en efecto, el mejor Galdós, envolvería en un halo de comprensión y ternura la novela que escribiese hoy reconstruyendo la vida de esa pareja cordobesa.
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