Juan José Solozábal | Jueves 03 de abril de 2008
Estos días he recordado el aprecio de Julio Caro por algunos clérigos del País Vasco, de los que había aprendido, especialmente en materias como la etnología o la lingüística, decía, mucho más que de copetudos catedráticos de universidad. Tengo presente cuando volvía a casa en los periodos de vacaciones, durante mis años de formación, las reuniones un tanto ruidosas que convocaba José de Arteche en la Biblioteca de la Diputación de Guipúzcoa, en las que no era raro ver algunas sotanas de la provincia, y en las que en animada tertulia se ventilaban no pocos problemas de la cultura vasca, especialmente relacionados con el euskera. Alguna vez aparecía el Padre José Ignacio Tellechea.
Don José Ignacio fue un hombre de Iglesia, rector del Seminario de San Sebastián, que sintonizaba perfectamente con los aires renovadores del Concilio Vaticano II a cuyos trabajos no había sido ajeno. Era un intelectual católico en la onda de lo que la renovación, el célebre “aggiornamento”, demandaba. Se trataba de una persona extraordinariamente ponderada, bien consciente de lo que la Iglesia requería para ser útil a la sociedad de su tiempo. Muchos hemos lamentado que la Iglesia vasca no haya tenido durante estos tiempos recios a su frente gentes de la categoría moral, solvencia intelectual y sensatez del Padre Tellechea.
Tellechea fue el mismo cultivador de la historia vasca, cuyo antiguo régimen conocía muy bien. Él es el editor de la Corografía de Manuel de Larramendi, que es una descripción lograda del sistema foral, de cuya defensa fue firme paladín el clérigo ilustrado. Don Ignacio dirigió el grupo de historia Doctor Camino donde tantas monografías “sueltas” sobre el País Vasco han aparecido, pero que permiten ir tejiendo la historia vasca. Un libro bien característico de sus colecciones, y que testimonia la laboriosidad de Tellechea que había aprendido en la propia familia, es la edición de la correspondencia de don Carmelo Echegaray con diversos miembros de la intelligentsia vasca durante varios decenios, que transcribió el padre de don Ignacio, y que este prologó.
Pero Tellechea, en tercer lugar, reunía una condición que le singulariza. Tellechea, catedrático en Salamanca durante mucho tiempo, es un eminente cultivador de la historia religiosa y política española. Era un sabio conocedor de la Inquisición y del erasmismo. Su contribución al estudio del proceso del arzobispo Carranza es una aportación insustituible a la historia de la España de los Austrias. Guardo el recuerdo del saludo que le dirigí hace ya varios años en los jardines de Santa Catalina, entre la casa en que nació Baroja y el lugar donde se encuentra el busto del padre Donostia. Pero la última vez que lo vi fue por televisión en un debate sobre la Inquisición no hace mucho. Era el Tellechea sutil, elegante y sabio de siempre. Agur, Aita Telletxea.
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