José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 29 de agosto de 2011
Se aproximan, según los entendidos, días de politización extrema, es decir, tiempos de desventuras. Otra vez de armarios y panoplias se sacarán toda suerte de armas letales contra el sosiego y la normalidad que deben presidir la convivencia en las sociedades democráticamente adultas. Carnets de identidad ideológica, árboles genealógicos de progresismo y conservadurismo, patentes de ortodoxia banderiza se exhibirán al menor pretexto y, a menudo, con intención inquisitorial.
Ciertamente no es un panorama ilusionante en el que, de ser exactos los vaticinios de los expertos, se desarrollara la existencia de los españoles en tiempos que están la vuelta de la esquina. A los muchos desgarros y tensiones provocadas por la angustiosa coyuntura económica y las perspectivas de la irrefrenable decadencia del viejo continente, se unirán así las sacudidas emocionales surgidas de la hiperpolarización partidista. Las consecuencias son fáciles de imaginar. Peligro de sectarización y proclividad al cuestionamiento de los consensos básicos sin los que cualquier comunidad desarrollada se encuentra al borde de la desvertebración.
Frente a tesitura tan pesarosa, el articulista intenta buscar refugio en el ejemplo de los diis mayores de su oficio. Entre éstos figuró hasta no ha muchos años el contemporaneísta René Remond, conocido y solo en España –y de manera relativa- en la última etapa de su larga y muy fecunda vida. Arquetipo del profesor universitario francés de elite, el autor de, entre otros numerosos libros de muy provechosa y morosa lectura, fue por su competencia, talante independiente y capacidad analítica uno de los escasos miembros de la Sorbona convertidos en gurúes de la prensa y los medios de comunicación de su país. De convicciones centristas y práctica religiosa católica, rechazó rígidamente la fácil tentación del maniqueísmo doctrinal, afirmando, v. gr., que jamás experimentó visceralidad alguna hacia el comunismo, no obstante el alejamiento sideral de sus principales posiciones. No pocos rasgos de la mentalidad y, sobre todo, del comportamiento de R. Rémond se le antojan al cronista cercanos o parecidos a los que adornaron la personalidad de su idolatrado maestro D. Jesús Pabón, hodierno por entero ignorado en la Facultad que durante más larga cronología abrillantó con su enseñanza y en las ciudades a las que sentimentalmente estuvo más unido, su Sevilla natal y la Córdoba de sus ancestros. En épocas de absoluta hibernación de la tolerancia y la moderación, el insuperable biógrafo de Cambó –otro prócer retornado al primer plano de la actualidad por los imprevisibles derroteros de la política en España-, rompió mil lanzas en pro de la humanización de los mores y prácticas de la vida pública nacional.
Grandes insignias, sin duda, para acogerse a su sombra. Con la modestia que le es propia, el firmante aspiró a situarse en su estela en una trayectoria que ahora llega a su fin. El conocimiento directo de excelentes personas en la cosmovisión ubicada en los antípodas de la que, primero el destino y luego la reflexión, le colocaron y el trato en ésta de gentes por entero repudiables, le condujeron a distingos muy útiles y a no identificar jamás honestidad y bondad con determinadas siglas del pensamiento y la política. Experiencia, desde luego, bien casera y de corto vuelo, pero no por ello, quizás, intransferible en horas crispadas de pueblos sobreexcitados.
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