José Eugenio Soriano García | Miércoles 31 de agosto de 2011
Cierto que para el equinoccio autumnal nos faltan 21 días de septiembre. Pero igualmente verdad que el curso político, quizás por inercia del académico, comienza el día 1 septembral tras la canícula del estío.
Resumir ahora el verano puede ser un ejercicio didáctico de algún interés. Y me referiré en varios artículos a los “topoi” (del griego, en su sentido de “problema”) que nos han tocado plantear y en algún caso resolver este verano.
Creo que han sido cuatro los grandes asuntos: visita del Papa, reforma constitucional, discurso político y crisis económica. Merecerá la pena atender a cada uno de ellos en un artículo.
Y comenzamos con la visita del Santo Padre. Cargada de éxito y de recuperación de la confianza en nosotros mismos gracias a la apelación constante de no tener miedo, la lección enorme de millones de peregrinos invadiendo sin allanar aceras y plazas, amerita que se subraye.
Frente a la barbarie de los antisistema, era grato y quizás sorprendente, comprobar cómo miles y miles de jóvenes acudían a sus cometidos y realizaban su misión sin alteración alguna de los demás. Una lección de aseo cívico y ciudadano, ya que no se alteró turbó ni trastornó el orden público, se respetaba por los peregrinos a los demás, se toleraba la profunda y excitada discrepancia (un eufemismo, desde luego) de los antisistema. Era una combinación perfecta de democracia andante y practicada sobre la calle, en ejercicio de un derecho de manifestación y de reunión que tenía mucho de demostración de las inmensas posibilidades de una democracia unida a las reglas propias del Estado de Derecho.
Frente a ello, la salvajada de los antisistema y la pasividad policial, no dejan de ser una anécdota perversa y una muestra de adonde querrían llevarnos con su brutalidad, su rencor, su resentimiento y la intolerancia propia de la violencia. Unido a una extraña dejación de funciones del Gobierno, que no tiene la menor razón de ser en un país medianamente serio. Algún día se recuperará el concepto de autoridad y se distinguirá perfectamente de autoritarismo. Un país sin autoridad es un país sin liderazgo, sin orientación, sin organización. Y esa es la mala impresión que causan estas dejaciones gubernamentales.
El Papa estuvo central en todo su apostolado. La cuestión es si los jóvenes comulgan exactamente con las ideas que manifiesta el máximo representante de la curia. En mi opinión, sí en casi todo, con excepción desde luego de las relaciones personales, en las cuales, los jóvenes católicos hace ya mucho tiempo que se transformaron y han aceptado en esta generación que convivir con su amor equivale a realizarlo físicamente y de manera abierta. Y esto ha sido aceptado también por la generación de sus padres, que aceptan sin escándalo alguno que su hijo o su hija, compartan todo con su novia o novio, por usar una expresión clásica. No es pensable que un joven católico no conozca completamente a su pareja; no al menos en nuestros días. Esa adaptación ha sido impuesta por los jóvenes, pero, insisto, aceptada por los adultos sin remilgos ni problemas. Y ésta es una diferencia importante en la manifestación real entre lo que realizan los jóvenes y lo que se predica oficialmente.
Con esa salvedad, sin embargo, en el resto sí parecen mucho más comprometidos con principios morales, tales como la aversión a la corrupción personal y económica, la recuperación de la dignidad como personas, la valoración de elementos y actitudes en función de su genuino contenido y no en función de lo que otros quieren hacerte ver. En suma una cierta y clara recuperación de la personalidad que mucha falta hace. Así, la capacidad de decir NO a ciertos incentivos (las viejas “tentaciones”) que normalmente se traducen en venderse a sí mismo, decir la mentira y lesionar a otro; esa aptitud para negar me parece capital en estos momentos. La cuestión será saber si, superada la juventud, serán capaces de continuar en esas trece, en esa moralidad.
La visita ha tenido mucho de regeneración. Ha ofrecido una alternativa real a la hosca, aburrida, tensionada, vida pública española. Vida pública que hoy por hoy es sinécdoque de vida política, bastante rechazable aunque puede que haya algún síntoma de mejora.
Pero eso ya será tema del próximo artículo. Quedémonos ahora con la estupenda lección de jóvenes de todo el mundo han dado y de cómo han influido en los corazones y mente de miles, quizás millones, de adultos, especialmente en nuestro país. El contraste entre la actitud propia basada en la dignidad y la brutalidad de quienes no aceptan al otro ( y en el fondo, como mostró Nietzsche, convirtiéndose en su esclavo ya que solamente piensan en el otro, en el enemigo, y no piensan en sí mismos) ha sido tan evidente que más de uno va a reflexionar y precisamente lo hará de cara a las elecciones que vienen.
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