Opinión

Siglos de codicia y algo más

Carlos Madrid Casado | Miércoles 31 de agosto de 2011
Aprovechando el tiempo de canícula, he podido ver varias películas de cine que tenía pendientes. Entre ellas, También la lluvia, la última película dirigida por Icíar Bollaín, con guión de Paul Laverty (un habitual en los filmes de Ken Loach), y que fue candidata por España a los Óscar, aunque no resultó finalmente seleccionada. La película, que admite analizarse en varios planos y que cuenta con algunas escenas de una gran potencia visual (por ejemplo, la del vuelo de la cruz, suspendida del helicóptero, sobre la selva), narra las paradojas del cine social: un descreído productor de cine y un joven realizador “comprometido” trabajan juntos en un proyecto que van a rodar en Bolivia, abaratando así los costes.

La cinta tratará la llegada de los españoles a América, desmitificando la figura de Cristóbal Colón. Presentará al descubridor como un hombre obsesionado con el oro y con la caza de esclavos (algo, por cierto, que ya hiciera con notable acierto Alejo Carpentier en El arpa y la sombra), al tiempo que incidirá en el coraje de algunos miembros de la Iglesia, que denunciaron el maltrato que sufrían los indios de la Española. Pero el equipo no imagina que en Cochabamba, donde se han instalado, una nueva lucha les espera. La guerra del agua (abril de 2000) estalla, enfrentando de una parte a las corruptas autoridades que quieren privatizar el agua y de otra a los indígenas, que reclaman su derecho a recoger el agua de la lluvia. La revuelta social arrojará a los distintos personajes (productor, director, actores) a enfrentarse con diversas situaciones y dilemas morales.

La película plantea, pues, una analogía entre la depredación española durante la Conquista y la actual depredación capitalista fruto de la extensión de la Globalización.

Como si la historia de Bolivia, y quien dice Bolivia puede decir Perú, Venezuela, etc., se resumiera en siglos de codicia y avidez, a manos de unos y otros. Aunque sobre la película, como sobre la conmemoración de los Bicentenarios de las Repúblicas Hispanoamericanas, flota el omnipresente fantasma de la Leyenda Negra, en algunos momentos de la película sí se transmite al espectador una visión menos maniquea de la realidad. No todo fue negro. Pienso en la escena de la cena, donde el actor que interpreta a Colón, harto del linchamiento a que está sometido su personaje, arremete contra los actores que interpretan a Bartolomé de las Casas y Antonio de Montesinos, subrayando que el Padre Las Casas defendía a los indios, pero a cambio veía con buenos ojos la explotación de los negros como esclavos.

Desde el V Centenario el indigenismo ha logrado equiparar la presencia europea en América con un genocidio, pero entre 1492 y hoy día no sólo ha habido explotación. Los descubrimientos y conquistas no fueron, como decía un famoso historiador marxista en un célebre librito sobre la historia de España, una simple aventura deshonrada por la avaricia y la brutalidad (pero no más brutal que cualquier otro contacto entre culturas). España también fue un imperio generador: las Indias no eran colonias, sino virreinatos. Las denuncias del Padre Montesinos no pueden entenderse como la lucha de un hombre contra la máquina imperialista (como deja traslucir la película), pues éste era dominico y había estudiado en Salamanca, en el Convento de San Esteban, institución cuna del derecho de gentes y de las juntas de teólogos de las que salieron las Leyes de Indias. Él mismo era, empero, un hijo del imperio. Era su voz autocrítica.

Pero hay más: basta leer a Neruda, Octavio Paz o, más recientemente, a Vargas Llosa, en su discurso al recibir el Nobel, para comprender que España llevó a Grecia y Roma a América. Los españoles fundaron ciudades, colegios y universidades (y, además, en fechas tempranas: Santo Domingo 1538, México y Lima 1551). En suma, extendieron una lengua y una cultura, cuyo mestizaje aún hoy nos sorprende. De hecho, no se olvide, cuando Colón ofreció como esclavos los indios capturados a la reina Isabel, ésta los liberó, mandó hacerlos llevar de regreso a la Española y respondió: “¿Qué poderes ha recibido de mí el Almirante para dar a nadie mis vasallos?”. Los indios se convirtieron, andado el tiempo, en novohispanos, en españoles americanos.



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