Opinión

Fin de verano (II). La reforma constitucional

José Eugenio Soriano García | Jueves 01 de septiembre de 2011
La reforma constitucional ha cogido a más de uno, este verano, con el pie cambiado. Son múltiples los aspectos que se pueden comentar y, seguramente, alguno quedará en el tintero.

Por de pronto, la sorpresa, pese a que se trataba según algunos de una “Crónica de una reforma anunciada”, como efectivamente hizo el Partido Popular hace ya varios meses, cuando Rajoy, siguiendo la estela alemana, propuso limitar la deuda que financiara el déficit.

Ciertamente, la idea de fijar topes al déficit y la consecuente deuda, hunden sus raíces en un pensamiento, el de James Buchanan, Premio Nobel de Economía en 1986. En su obra de 1962, es Calculus of Consent: Logical Foundations of Constitutional Democracy (El cálculo del consentimiento: los fundamentos lógicos de la democracia constitucional), establece las bases contractuales e institucionales que permitirían introducir racionalidad en las tomas de decisiones políticas. Y ahí, queda claro que el incentivo a gastar indefinidamente, a manos llenas, con una propensión infinita a la propulsión compulsiva de todo político a hacer de “Robin Hood miope”, gastando el dinero de los demás para beneficiar a quienes ellos consideran más oportuno, es la fórmula maldita para destruir un país. Y que solamente poniendo límites a la democracia circunstancial de una mayoría contingente, accidental y provisional, garantizaría que la salud económica de los ciudadanos ( y quizás al final hasta su salud personal) esté a cubierto del expolio permanente que supone carecer de freno y límite al gasto.

Ciertamente con el Tratado de Mastrique (así llamábamos a Maastricht cuando era pertenencia del Imperio y así lo denomina el gran Lope de Vega) establecía límites que podían haber cumplido esa función. Pero fue la propia Alemania la que desbarató el invento, ya que no atendió a dicho tope de déficit y de gasto, urgida quizás por las necesidades de la reunificación. Y al caer los teutones, los franceses – siguiendo su, hasta entonces, tradición - también se apuntaron al alegre carro del gasto desbocado. Y así nos fue a todos.

Están claros pues los fundamentos y las raíces de la reforma constitucional… una teoría de la elección pública que, plantada hace más de 20 años, ahora ha venido a florecer.

Y es que el análisis económico del Derecho arroja sabrosas degustaciones sobre donde comienzan y donde acaban las irracionalidades de la política. Asimismo, otros aspectos de la reforma, tienen que ocupar la atención de cualquiera que mínimamente se de por enterado de lo que ocurre.

Así, por de pronto, y con carácter ambivalente, el acuerdo entre los dos grandes partidos, a modo de una Große Koalition supone aspectos positivos y otros más discutibles, desde luego. Es cierto que se ha lanzado un mensaje claro de que, cuando pintan bastos de verdad, los partidos nacionalistas periféricos tienen poco que decir y poco que hacer. Es más, lo que han dicho (“limitar la solidaridad” “ autodeterminarme” -por cierto y claramente “hetero – determinarme, ya que lo diría una Constitución, no la propia fuerza política ) simplemente ha vuelto a poner de manifiesto el ombliguismo con el que siempre actúan y su victimismo impropio, ahora un tanto en ridículo. Pero al mismo tiempo, han sido las formas las que
sí se han perjudicado, ya que la reforma “plis – plas” tiene bastante de imposición y de improvisación. Sin la presión alemana y del BCE no se habría dado este paso. En passant diré que ojalá hubiera existido ese consenso en otros grandes temas de Estado (Estatutos de Autonomía, Lucha contra el Terror…). Queda claro que solo cuando un árbitro, como la Sra Merkel, o S & P y Moody´s, actúan, existe coacción suficiente para imponer un orden
jurídico que llega incluso a la propia Constitución. Y que sin tales exigencias y presiones, los dos partidos no se van a poner de acuerdo nunca, al menos mientras exista la cultura política actual, la cual puede cambiar quizás con ocasiones como ésta.

Pero desde luego, ha de quedar claro que este tipo de reformas tienen que hacerse con más explicación y discusión. No se conseguirán apoyos, desde luego, pero al menos habrá quedado explicitado que se ha procurado conseguir ese proyecto común.

Luego, en cuanto al fondo, nótese que la remisión a una Ley Orgánica es un aspecto muy discutible. Porque si se quiere un límite, al igual que en el Tratado de Masatrique, habría que concretar una cifra (3% déficit, 60% deuda, etc), Veremos donde acaba finalmente esta historia, porque la cifra es esencial, no es un tema de negociación y chalaneo permanente.

Y son muchos (Sindicatos, Ayuntamientos – en general - Autonomías…) los que no están dispuestos a que se fije esa cantidad, ya que una limitación así, les obliga a una austeridad incompatible con la buena vida pública a que tan acostumbrados están. Recuerden las vacilaciones de la pobre Elena Salgado diciendo que la limitación al endeudamiento de los Ayuntamientos, que apareció primero en el BOE y luego desapareció, era una “errata
tipográfica del Boletín”. Y es que cuando la Federación de Municipios y Provincias ataca, ¡échense a temblar y llévense la mano a la cartera! Algún proveedor dejará de cobrar. Eso es seguro. Vivir como pez en el agua en el maremágnum de la deuda y déficit es algo que está inserto en los genes municipales y autonómicos. Y acabar con eso es algo a lo que solamente están dispuestos los ciudadanos, éstos sí que indignados con razón; pero los ciudadanos están atomizados y dispersos y solamente una ley puede unificarlos. De ahí la importancia de esta Ley orgánica.

Veremos que da de sí esta reforma, tanto en su forma como en el fondo. Veremos. La técnica constitucional ha sido incorrecta políticamente pero correcta jurídicamente. El fondo es bastante acertado, visto desde los ciudadanos, si efectivamente se ejecuta y lleva a cabo con cifras y datos.

Quedamos pues expectantes. Pero lo cierto es que en este “Fin de Verano”, este seísmo constitucional ha sido de los que ha traído un movimiento necesario, pero siempre siendo un seísmo, por lo que habrá que esperar la vuelta a territorios más estables constitucionalmente y que la próxima modificación de la Carta Magna sea sosegada y bien asentada.

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