un joven autor que triunfa
Viernes 02 de septiembre de 2011
“Camas y Mesas”, de Emilio Williams
Directora de escena: Isabel Pintor
Espacio escénico: César Llorens de la Serna (Estudio No2)
Intérpretes: Isabel Pintor, Juan Antonio Molina, Xavier Olza y Carlos Pontini
Lugar de representación: Teatro Arenal. Madrid
Por RAFAEL FUENTES
El teatro de Emilio Williams está conquistando rápida y legítimamente a un público propio –se puede augurar que no tardará en convocar en torno suyo a un público fiel que espere con fruición sus estrenos-, después de haber superado el espinoso trance de dar a conocer sus obras iniciales mediante lecturas dramatizadas ante auditorios muy heterogéneos, como vía de acceso a sus primeras puestas en escena. Así ocurrió con su “España S. L.” y sus dardos lanzados contra una clase política española que tan bochornosos episodios ha protagonizado en los últimos tiempos, o con el alegato de su “Medea vindicada”, cuya repulsa de las arbitrariedades y abusos del poder político, encarnado por la figura mitológica de Jasón, explica la revuelta, insumisión, furor y célebre venganza final de Medea. Otro tanto está ocurriendo, en estos momentos, con “Camas y Mesas”. Tras obtener el IV Premio El Espectáculo Teatral –y abriéndose camino, de nuevo, mediante lecturas dramatizadas-, la obra se estrenó en el espacio alternativo de la Sala Triángulo durante el pasado Festival La Alternativa, con la suficiente fuerza de seducción para saltar al teatro comercial. Desde entonces, día tras día ha llenado la sala de público y de aplausos. Se trata de un éxito tan veloz que apenas ha sido detectado en toda su dimensión por la retina de la crítica teatral. Aunque sí por el gusto del público que acude ininterrumpidamente, sin publicidad ni reclamos oficiales, a las funciones que se celebran en los teatros contiguos a la madrileña Puerta del Sol.
Este súbito éxito del teatro de Emilio Williams se asienta en la destreza con que el autor sabe arrancar, de un solo tirón, los engañosos disfraces tras los que se ocultan las más despiadadas relaciones sociales. “España S. L.” y “Medea vindicada” desnudan las crudas motivaciones que subyacen bajo la vida política, para mostrárselas al espectador con su auténtica fisonomía a la vez perversa y ridícula. En la misma línea, “Camas y Mesas” pone al descubierto las crudas relaciones de seducción y poder entre los sexos cuando han sido despojadas de todas sus trivialidades y falsificaciones sentimentales.
“Camas y Mesas” se convierte así en una réplica crítica, inteligente y humorística a las tradicionales comedias románticas y sus edulcoradas relaciones amorosas. Quizá hayan percibido cómo cada día se expande con mayor afán cierto mesianismo del amor que deposita en él la esperanza de resolver todos los males humanos. Tomamos prestada esta aseveración de un apóstol de ese mesianismo, Paulo Coelho, situado perpetuamente en la cresta de las ventas de “best seller”: “Quien ama ha vencido al mundo”. Obviamente no por su veracidad, sino como síntoma de la difusión planetaria del amor tomado como panacea universal, absolviéndonos incluso de la tarea de pensar: “Cuando se ama no tenemos ninguna necesidad de entender lo que sucede”, Coelho “dixit”. Habrán advertido también que todas las comedias románticas operan a partir de esta misma convicción.
Guionistas y dramaturgos se esfuerzan en tender una variopinta red de trampas y obstáculos que los protagonistas deben sortear hasta que el amor triunfa y disipa en el aire todos los dilemas. Emilio Williams comienza exactamente aquí, donde las comedias románticas acaban, para indagar qué sucede tras el final feliz, años después que el amor haya triunfado y aparentemente diluido los problemas. Esto no le absuelve, precisamente, de pensar ni de entender lo que sucede. ¿Cómo afectan el tiempo y la convivencia a aquel triunfo del amor? ¿Se mantiene inconmovible? ¿Sobrevive el embrujo inicial? El dramaturgo sitúa la acción de su obra en los dos sitios donde las parejas prefieren hablar de ello: las camas y las mesas, los lugares donde se entabla con más frecuencia el diálogo, la discusión, la pelea, la aclaración, la discusión, la reconciliación, el resquemor, el reencuentro, la ruptura. Un vodevil de emociones que explora, con el bálsamo del humor, ese laberinto sentimental que el tiempo deja en cada corazón.
En su reciente ensayo “La paradoja del amor”, Pascal Bruckner nos prevenía: “Hablar de amor es siempre partir del desorden interior de cada uno, hurgar en el fondo cenagoso del alma, llena de bajeza y de nobleza. Pongamos en escena sin juzgarlas las locuras del corazón humano.” Emilio Williams, en efecto, pone en escena esas locuras del corazón llenas de bajeza y de nobleza mediante dos parejas neoyorquinas amigas, una homosexual: Tedd y Charlie, y otra heterosexual: Mar y Tomás. Todos reciben con sorpresa y horror la noticia del absurdo crimen que se ha cometido en la casa donde vivieron felices sus primeros años Mar y Tomás. Mar y su amigo gay Tedd, ambos escritores, deciden investigar el trasfondo del asesinato, ante el escepticismo de su esposo Tomás, que se marcha a un congreso médico en San Francisco con su amigo gay Charlie, ambos doctores. A partir de ese instante, Emilio Williams inicia un divertidísimo y hábil juego malabar de multitud de camas y mesas, en distintos lugares y tiempos, donde Tedd, Charlie, Mar y Tomás se encontraron, se enamoraron e iniciaron historias paralelas de amor y amistad que saciaron o defraudaron sus expectativas a través de mil incidentes, resueltos en escenas rápidas y de humor incisivo. La dirección escénica de Isabel Pintor soluciona con pragmatismo los zigzagueos de esta línea de acción sin permitir que el espectador se pierda nunca en los giros inesperados que nos aguardan a cada paso, ayudada por un texto de Emilio Williams que sujeta las sinuosidades de los acontecimientos mediante fuertes simetrías. Tomás y Charlie –a fin de cuentas doctores- ven el amor como un simple mecanismo de descargas químicas y someten bajo control a sus parejas homosexuales o heterosexuales: Mar y Tedd, con el fin de satisfacer rutinariamente su fisiología.
Mar y Tedd –a fin de cuentas escritores, y soñadores- esperan, en cambio, mucho más del amor, una complicidad espiritual siempre defraudada, cuya aspiración es utilizada por sus compañeros para atraparlos y someterlos emocionalmente. Nada es anecdótico o superfluo en “Camas y Mesas”. Cuando Mar y Tedd descubren el sórdido trasfondo del crimen pasional que están investigando, también reconocen simultáneamente, en sí mismos, las ruines trampas psicológicas con las que sus parejas les han dado caza. Mar averigua el peligroso pasado de su esposo Tomás y Tedd las estratagemas de poder de Charlie. Tampoco su cómica discusión sobre la novela de Tolstoi “Anna Karenina” es circunstancial. Descubrir la mentira de un amor que creían verdadero podría desembocar en una desesperación similar a la que conduce a Anna Karenina al suicidio, final que fascina a Mar. Pero en un cáustico y descacharrante diálogo, Tedd considera que un final tan carnicero no es válido y que el verdadero héroe olvidado de la novela de Tolstoi debería ser el pobre funcionario de los ferrocarriles rusos que hubo de recoger las vísceras dispersas de Anna Karenina tras arrojarse a las vías del tren. El sarcástico humor negro de Tedd convence a Mar y le permite superar su devoción casi religiosa por el amor. La trama de “Camas y Mesas”, en un principio aparentemente caótica, da como resultado final un tapiz perfectamente tejido, en el cual se dibujan algunas tesis claras: es necesario desenmascarar las fraudulentas mentiras sentimentales que nos impiden contemplar la verdad y una vez conocidas éstas no debemos desembocar en resoluciones tan desesperadas como arrojarnos bajo las ruedas de una locomotora. Cuando las dos parejas se reencuentran, todo tomará un curso bien distinto.
Esa evolución de Mar, su cambio y transfiguración, es el instante en el que Emilio Williams supera el esquema costumbrista en el que se desenvuelven sus personajes. Nada que ver, obviamente, con el costumbrismo localista del siglo XIX. Más bien Emilio Williams ha creado un “costumbrismo cosmopolita” extraordinariamente apegado a la sensibilidad del público actual. Pero subsisten en sus personajes –fantásticamente interpretados por los cuatro actores de la comedia-, esquemas delimitados por un rol que no cambia, constriñéndolos al “tipo” propio del costumbrismo. Excepto cuando Mar se autodescubre, cambia y evoluciona. Ahí posee Emilio Williams un extraordinario campo de crecimiento como dramaturgo que primero nos hace reír y después pensar. Una trayectoria recién iniciada que ya presagia a un futuro autor imprescindible.
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