RESEÑA
Domingo 04 de septiembre de 2011
Thierry Jonquet: Tarántula. Traducción de Teresa Clavel. Ediciones B. Barcelona, 2011. 144 páginas. 12 €
En La piel que habito, película de Pedro Almodóvar recién estrenada en nuestras pantallas, el cineasta manchego consigue sumergirnos en un ambiente opresivo y claustrofóbico, donde el terror psicológico alcanza una considerable cota. El mismo ambiente y tipo de terror que está en la entraña de Tarántula, la novela en la que se basa el filme de Almodóvar y que ahora con oportunidad recupera Ediciones B. Su autor, el francés Thierry Jonquet (1954-2009), está considerado como un destacado representante de la novela negra del país vecino, quien, con su propio nombre o con seudónimos, como, entre otros, el de Ramón Mercader –nombre del asesino de Trotsky-, ha dado a la imprenta más de una treintena de títulos. Sin embargo, las narraciones de Jonquet -La Bestia y la Bella, Moloch y Ad vitam aeternam, entre otras- no se inscriben en general en la estela del género políciaco al uso, donde suele prevalecer una intriga centrada en el descubrimiento del criminal, y con la figura del detective, más o menos duro, como personaje emblemático. A Jonquet, si bien no deja de manejar la intriga como mecanismo –así sucede en Tarántula-, le interesa sobre todo la exploración del mal y del horror, en un mundo en el que la soledad humana parece no poder recurrir a ningún consuelo. Cuando Alex, uno de los personajes de Tarántula, está construyendo un puzzle se lee: “Las dichosas piezas del puzzle se negaban a encajar. Era un trozo de cielo completamente azul, muy difícil de montar. Las torres del castillo, el puente levadizo, todo eso había sido fácil, ¡pero el cielo! Vacío y sereno, engañoso…”
El puzzle de Tarántula, por el contrario, sí encaja cuando llegamos al final de una trama que el escritor francés desarrolla mediante un estilo directo y seco, muy acorde con la historia que cuenta: la de Richard Lafargue, famoso y reputado cirujano plástico, viudo, y con una hija, Viviane, que lleva años en una clínica psiquiatrica. Con Lafargue vive la joven Éve, a quien tiene encerrada en su lujosa casa, estableciéndose entre los dos una retorcida relación de carácter sadomasoquista, un siniestro juego de poder, que Jonquet presenta desde distintos puntos de vista. A esta tríada de personajes torturados se une Alex, delincuente de baja estofa que ha matado a un policía, y quiere a toda costa que el médico le proporcione una nueva fisonomía y, con ello, una nueva identidad.
La culpa, la venganza, y también un cierto tipo de amor laberíntico y patológico, se dan cita en esta novela que, evidentemente, no debe leerse en clave realista ni juzgando la verosimilitud o no de su planteamiento y situaciones, ni aplicando los parámetros habituales de la novela negra, sino como una metáfora de la bajada a los infiernos del alma, un cuento gótico que tiende una perversa red de seducción, como esa “tarántula” que lo preside: “Tarántula, sí, porque era igual que la araña: lento y misterioso, cruel y feroz, ávido e incomprensible en sus designios, oculto en algún lugar de esa morada donde te tenía secuestrada desde hacía meses, esa tela de lujo, esa jaula dorada cuyo carcelero era él y tú el prisionero”
Por Adrián Sanmartín