Lunes 05 de septiembre de 2011
Israel ha registrado la mayor movilización social de toda su historia como nación expresada en al menos diecinueve ciudades a lo largo de todo el país con casi medio millón de manifestantes. Un número inequívocamente elevadísimo si tenemos en cuenta que se produce entre una población que no alcanza los ocho millones. Políticamente no pueden equipararse a las movilizaciones musulmanas contra los regímenes dictatoriales que han sacudido el mundo islámico durante este año, ya que Israel se rige por una democracia que permite la expresión por cauces pacíficos de las protestas y éstas no van dirigidas a derribar el sistema. Pero socialmente sí pueden detectarse puntos de malestar contra la distribución de la riqueza análogos en su origen a múltiples fenómenos vividos en los últimos meses en toda la cuenca mediterránea. Sin duda, más allá de los análisis de las causas de fondo, las movilizaciones suponen un serio revés para la política de Benjamín Netanyahu que cosecha crecientes contratiempos que deberían hacer replantear las estrategias seguidas hasta el momento por Tel Aviv.
Las movilizaciones de Israel poseen necesariamente significados distintos a las de cualquier democracia occidental. En permanente estado de alerta, con una actividad bélica casi ininterrumpida y bajo una amenaza de exterminio como nación, los ciudadanos israelíes habían dado hasta ahora prioridad a la cohesión defensiva que a la protesta. Que bajo esas circunstancias se articule una movilización de tales proporciones contra la creciente carestía –especialmente de la vivienda- y la erosión de las prestaciones sociales, apunta a que la opinión pública israelí comienza a dar señales de preferir cierto grado de transferencia de los gastos militares a gastos de orden civil. Algo inviable si no se establecen acuerdos de paz sólidos con los países vecinos.
Aquí es donde el primer ministro Netanyahu vuelve a sufrir preocupantes reveses. La caída de la dictadura de un firme aliado como fue Hosni Mubarak ha cambiado radicalmente el escenario regional. Los crecientes apoyos a un próximo Estado palestino complican el panorama, agravado por la denuncia de Turquía contra el bloqueo naval israelí a la Franja de Gaza, que ha dado como resultado una denuncia turca ante la Corte Internacional de Justicia y la expulsión del embajador israelí. Este cúmulo de circunstancias deberían hacer replantear a Netanhayun –o al mandatario que en su caso le sustituya-, su política de firmeza radical y cambiarla por otras premisas diplomáticas. La primavera árabe ha creado otro escenario, radicalmente distinto al anterior, que le brinda los dirigentes israelíes nuevas oportunidades, inéditas hasta ahora, en favor de la paz. La posible caída del régimen sirio le permitiría llegar a acuerdos diplomáticos tanto con Siria como con Líbano que despejarían notables amenazas que gravitan sobre la zona norte del país. Un acuerdo con un futuro Egipto democrático con toda probabilidad sería más justo y sólido que el acordado con un dictador como Mubarak, de modo que la diplomacia alcanzaría allí donde no llegan los proyectiles de las fuerzas del Tzáhal.
Consideraciones aparte merece la cada vez más deteriorada confrontación con su antiguo aliado turco. Ankara forzaría la situación hasta límites imprevisibles si decide llevar adelante su amenaza de enviar su Armada como escolta a los barcos con ayuda humanitaria que traten de romper el bloqueo naval a la Franja de Gaza. Sin duda es más prudente recurrir antes a los tribunales internacionales que forzar un enfrentamiento bélico de proporciones difíciles de establecer. Pero las autoridades israelíes deberían comprender que es preferible responder a esta circunstancia con cintura diplomática, mejor que con rigidez castrense: permitir la circulación en aguas internacionales incluso con ayuda humanitaria que no ponga en riesgo su seguridad nacional es una opción inteligente y más que rentable para Tel Aviv.
Si las autoridades israelíes aprovechan con audacia y sin miedos las oportunidades diplomáticas que ahora se ofrecen no eliminarán las terribles amenazas que apuntan al corazón de su seguridad. Pero sí conseguirán conjurar peligros que su rigidez alienta y dar una respuesta positiva a las demandas civiles que su población reclama. También podrá sumar apoyos y concentrar su energía en amenazas que la diplomacia no puede solventar por sí misma, como es el programa nuclear iraní. Un riesgo, por cierto, común incluso para Turquía. El próximo otoño se ofrece como un momento idóneo para esas rectificaciones diplomáticas israelíes que darían oxígeno y buena dosis de estabilidad a un área demasiado castigada. La alternativa sería un otoño de alta tensión con perfiles bélicos y conflictos intestinos sumamente peligrosos para el propio Israel.
TEMAS RELACIONADOS: