Martes 06 de septiembre de 2011
En numerosas ocasiones, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ha especulado con la posibilidad de una inminente disolución de la banda terrorista ETA. Esto, evidentemente, sería una magnífica noticia, largamente esperada por la inmensa mayoría de los españoles. Pero, incluso dejando aparte que el Ejecutivo no deje de pretender con ello obtener réditos electorales –algo, por otra parte, habitual entre políticos- lo terrible y grave es que la realidad siempre demostró que era simplemente una especulación. Recordemos el caso más flagrante, que hubiera rozado lo esperpéntico si no fuera porque desembocó en tragedia: un día después de que el presidente Rodríguez Zapatero dijera que en ese momento estamos mejor que ayer y que mañana estaríamos mejor que hoy, y prácticamente pronosticara que los terroristas etarras anunciarían su disolución, estalló una potentísima furgoneta-bomba en la T-4 del madrileño aeropuerto de Barajas, causando la muerte de dos personas, más de una veintena de heridos e importantes destrozos en las infraestructuras del aeropuerto. El atentado se produjo en el contexto del llamado por el Gobierno “proceso de paz”, según el cual la banda se había comprometido a un “alto el fuego permanente” (por lo demás, una contradicción en sus propios términos). El Gobierno de Rodríguez Zapatero se sentía muy orgulloso de ese “proceso” y en su entorno incluso algunas voces llegaron a considerar que, si ETA se disolvía, el señor Rodríguez Zapatero merecería el Premio Nobel de la Paz. La realidad, y, por desgracia, trágica, fulminó tales ingenuas expectativas.
Ahora parece que volvemos a las andadas. Hace poco se especuló con que ETA haría una entrega de armas, “simbólica”, quizás en territorio de un país hispanoamericano, posibilidad que se avanzó, curiosamente, ante la proximidad de los comicios. Pero por mucho que el Gobierno y el candidato del PSOE a las elecciones generales, Alfredo Pérez Rubalcaba, insistan en esa posible disolución de ETA y se hable y hable de la actual debilidad de la banda y de su falta de recursos y de estructura firme, lo cierto es que la realidad vuelve a desmentirles. Aunque sea verdad que ETA está en condiciones de extrema debilidad, la realidad es que, desgraciadamente, la banda terrorista ETA acaba de confirmar a sus miembros que no tiene la menor intención de disolverse ni de entregar las armas y que el fin del “conflicto político” –como denomina la banda a su actividad criminal- sigue pasando por una negociación, ahora con el Gobierno que salga de las urnas el próximo 20-N.
Y lo cierto es también que un hecho, y no una especulación, como permitir que Bildu -que no parece precisamente alejada de ser con ETA hermanos de sangre- se haya instalado en las instituciones resulta cuando menos un gravísimo error. Con Bildu en las instituciones democráticas, dominando ayuntamientos y diputaciones de primer orden, y con los miembros de la coalición pagados con los impuestos de todos los ciudadanos, se le ha proporcionado a ETA un privilegiado instrumento: ya no hay incentivos para que contemplen su disolución con la idea de llegar a las instituciones democráticas. ETA prácticamente, a través de Bildu, ya está en ellas. Y, en cualquier negociación. harían sus habituales planteamientos, inasumibles para cualquier Gobierno de España: contrapartidas políticas a cambio de no matar.
En estas circunstancias –y ante la negativa de cualquier gobierno de turno- es previsible que, dado su historial, que ETA no dudaría en intentar poner cadáveres encima de esa mesa de negociación. La debilidad de la banda y su presumible escasez de recursos económicos es un argumento baladí. Tristemente, matar es barato. Y para que ETA asesine no necesita contar con grandes medios ni siquiera con una sólida estructura. Basta uno de sus pistoleros dispuesto a hacer estallar un coche-bomba o a apretar el gatillo en nombre de la “causa”. Una cosa –muy importante- que el Estado democrático le haya ganado la guera al terror y otra muy distinta es cerrar la paz y socializarla en el País Vasco. Las inasumibles exigencias de ETA, con su larga y sangrienta trayectoria criminal, donde se cuentan cientos y cientos de víctimas en su siniestro haber, no pueden ser objeto de negociación. La única “negociación” posible frente a un grupo terrorista es derrotarlo con las herramientas del estado de Derecho y que la banda entregue incondicionalmente las armas.
Hoy, como ayer, una cosa son las especulaciones y otras los hechos. Y estos, por más que el Gobierno quiera obviarlos, están ahí: Bildu ha conseguido meterse en las instituciones y ETA no va a disolverse ni entregar las armas. Al menos, por ahora. “Debilidad” de la banda, “treguas”, “procesos de paz”, es posible. Pero muchas otras veces no han sido más que cantos de sirena que, con frecuencia, han llegado acompañados de sangre.
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