Libia, aún, en el candelero: III. Un país desmembrado y un coronel en paraje desconocido

AL SUR DE TARIFA, AL NORTE DE ESPARTEL

Martes 13 de septiembre de 2011
Víctor Morales Lezcano hace una balance sobre quién ocupará el poder en la Libia de la posguerra y la reconstrucción.

Hay dos creencias con respecto de Libia que siguen en pie, a pesar de que la guerra en ese país proclama la evidencia de su equivocación.

La primera de ellas hunde sus raíces en el decálogo internacional que se abrió paso a lo largo de la posguerra iniciada en 1945. La creencia de que había de ser reconocido en calidad de nación-estado cualquier territorio del planeta en el que unos dirigentes nacionalistas -con diferente grado de apoyo- proclamaron la necesidad de obtener soberanía y legitimación en el marco de la ONU, llevó a que la solución de continuidad norteafricana entre el milenario Egipto y el histórico enclave tunecino, diera pie a la fundación de un estado-nación en Libia. Espejismo mayúsculo donde lo hubiera, puesto que la población autóctona -bastante islamizada-, venía siendo gobernada por corsarios y pachaes, beyes otomanos y otros invasores europeos, entre los que sobresalieron los colonos italianos que se volcaron sobre Tripolitania y Cirenaica, faltos de obtener asiento rentable en la Tunicia francesa y en el Egipto británico de los años 80 del siglo XIX. Es decir, que salvo en la franja costera, muy poco penetró hacia el interior de Libia el “complejo histórico” del mar Mediterráneo. A partir de unos 150 km. de Beida, Sirte, Misrata y Trípoli, en dirección del desierto, aquello era otro mundo. El mundo de los desiertos de Kufra, Fezzan, y Tibesti saharianos. Más allá de estas inmensas extensiones, las tierras de los actuales Tchad, Níger y Sudán occidental abrían paso al “país de los Negros”, o “bilad al-Sudan” de los viajeros musulmanes, consagrados al comercio transhariano.

La segunda creencia -tan monumentalmente falible como la primera- ha pretendido creer que la estructura tribal de la población libia iba a disolverse merced a una magia simpática llamada proceso de modernización. Ni durante el reinado del emir Idris (1952-1969), ni durante el largo período de autocracia del coronel Gadafi (1969-2011), la estructura tribal de Libia se ha deshecho del todo.

Por poco que se recuerde, la tenaz resistencia interior a los invasores musulmanes y cristianos que hicieron de Cirenaica (otomanos) y de Tripolitania (italianos) blanco de sus apetencias de control y dominación, cualquier lector puede hacerse una cierta idea de lo falseado que ha sido el relato pseudo-histórico de un país que ha flotado con frecuencia -y con acierto- en la categoría de “no man’s land”.

No obstante el hecho de que acabamos de entrar en el séptimo mes de conflicto armado en el norte de África, los medios siguen atrapados en el vacío de poder que ha generado la erradicación del “aparato” republicano al servicio del dictador. Se ha desmoronado Trípoli, sede de la gran Satrapía, al paso en desbandada de las milicias rebeldes. En estas últimas setenta y dos horas se intensifica el asedio a reductos testimoniales de fidelidad al “Guía de la Jamahiriya”, como la ciudad de Beni Walid. Parece que directivas del inorgánico Consejo Nacional de Transición, que encabezan Mustafa Abdel Jalil y su delfín Mahmud Jibril, recomiendan a los enlaces con las milicias rebeldes no repetir, en los asedios que se avecinan, las represalias y zafiedades ocurridas en Trípoli recientemente.

El país ficticio (la nación-estado libia) se encuentra desmembrado. ¿Quién ocupará el poder, quién tomará el mando en la Libia de la posguerra y reconstrucción?.

La galería de candidatos surgidos de las filas rebeldes, se está configurando a duras penas. Empieza, sin embargo, a ser visible en figuras militares como Abdelhafid al-Assad y Abdelhakim Bel Hach; o en civiles como Aref Nayed o Mahmud Warfala. Estos candidatos y otros cuantos más han procurado enlazar sea con el tándem franco-británico -tan decisivo en esta guerra, no tan fácil de ganar-, sea con los emiratos árabes del Golfo, Qatar en primera línea.

Pero la incertidumbre gobierna el futuro inmediato de Libia, país generoso en tribus celosas de su autonomía y en cofradías religiosas orgullosas de su identidad corporativa. Además, se trata de un país atravesado por nuevas corrientes islamistas nada desdeñables, como son el “Grupo Islámico de Combate”, hoy bajo la batuta del emir Abdallah Sadek.

Mientras se cierne sobre el cielo del desierto un cúmulo de incógnitas, se oye decir que, vía la ciudad sahariana de Sebha, en el lejano Fezzan, ha iniciado su éxodo el coronel Gadafi. Se ignora su paradero, pero el sentido común invita a sospechar que las inmensidades meridionales de Níger y Tchad se prestan para ensayar su desaparición en cualquier escondrijo de aquellos parajes subsaharianos. Como si fuera un personaje estremecedor extraído de las páginas de Joseph Conrad.

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