Norberto Alcover | Miércoles 14 de septiembre de 2011
Enredados como estamos con nuestra madeja nacional e internacional, vamos dejando pasar el drama, que no tragedia, somalí, allá por el cuerno africano apenas contemplado más que como noticia espectacular sobre todo en materia icónica: qué fotos tan estupendas nos proporcionan los niños hambrientos, de ojos mortecinos y huesos manifiestos, qué material fotográfico tan eficaz a la hora de confeccionar una primera página mediática cualquier día, ayer, hoy y mañana, sin especial esfuerzo…
Somalia cruje ante la contemplación sosegada del mundo exterior y solamente un grupo de voluntarios admirables se acerca a su dolor para compartirlo e intentar echar una manita occidental. Nada más. Cuando lleguen las ayudas oficiales de nuestras impolutas instituciones, los muertos habrán superado la frontera de los 200.000 y ahí quedarán enterrados o sin enterrar, pasto de los buitres africanos pero sobre todo de nosotros, auténticos buitres que se miran el ombligo de la propia crisis pero dejan de lado esa crisis absoluta que se llama muerte, hambre y sed elementales, hijos agonizantes y demás lindezas. Somalia.
Pero lo mismo hacemos con otras situaciones semejantes. Los campos de reeducación/exterminio de Corea del Norte, ahí están y nosotros tan panchos. La inmensa pobreza de grandes zonas de la Rusia de Putin que pagan el precio de un desarrollo en manos de los amigos del nuevo régimen, y nosotros pendientes del gas que albergan las estepas del olvidado Dostoievski. Y las escuelas coránicas pagadas por Arabia Saudí en el entero mundo, las madrasas del odio y del integrismo, pero nosotros callados por un miedo insuperable al fantasma musulmán. Callados.
Quietísimos. Víctimas de nuestro propio egoísmo de occidentales inquietos.
Hoy cruje Somalia. Mucho ojo a que en cualquier momento no comencemos a crujir nosotros mismos. Y nadie pueda ayudarnos.
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