Jueves 15 de septiembre de 2011
El primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, se afana desde hace un tiempo en adquirir protagonismo en la escena internacional. Así, ha instado a los líderes árabes a que adopten la democracia como fruto de las revueltas populares, sugiriendo que tomen como ejemplo a la propia Turquía. Es verdad que el país otomano es el único de mayoría musulmana donde hay un régimen democrático, aunque manifiestamente mejorable.
Es válido el modelo turco, sí, pero el de Atatürk. En su momento, el carismático fundador de la actual Turquía erradicó el califato, cerró las madrasas –escuelas coránicas-, cambió la Sharia o ley islámica por un código penal basado en el italiano y un código civil inspirado en el suizo. La laicidad con que dotó al espíritu de la nueva república atemperó sobremanera posibles conflictos religiosos e hizo del país un referente.
Erdogan debería fijarse más en el padre fundador de la Turquía moderna, europea y laica. Hoy el respeto de los derechos humanos en Turquía deja bastante que desear. Su fijación con Israel le ha llevado a levantarse ya abandonar una sala de malos modos cuando Simon Peres tomaba la palabra. El, que habla ahora de la “primavera árabe”, fue de los más reticentes a la intervención en Libia -sus relaciones con Gadafi han sido más que fluidas-, y todavía encuentra justificación para el genocidio que está llevando a cabo Bashir al Assad en Siria. Efectivamente, sería bueno que más de un estado con mayoría musulmana siguiese el modelo de Atatürk. Empezando por la propia Turquía.
TEMAS RELACIONADOS: