Sábado 17 de septiembre de 2011
El virus de la posible quiebra griega amenaza con afectar no sólo al resto de socios europeos, sino más allá. Quizá por eso, a la reunión de ministros de Economía de la Eurozona asistió también el Secretario del Tesoro estadounidense, Tim Geithner. Este hecho es tan inusual como significativo, por cuanto pone de manifiesto que la preocupación sobre las consecuencias que el terremoto griego podría ocasionar en los mercados tiene un alcance planetario. Con todo, su presencia no bastó para desbloquear la ayuda a Grecia, a causa del veto finlandés (en buena medida, secundado por Austria).
A nadie escapa que decisiones así suelen ser castigadas por los mercados, deseosos de ver algo de luz al final del túnel griego; algo que, por otra parte, parece difícil que vaya a suceder a corto plazo. Son comprensibles las cautelas exigidas por Finlandia a la hora de exigir avales para el más que hipotético caso de una quiebra griega. Hipótesis que, pese a las negativas de Angela Merkel, suena cada vez con más fuerza. Hay quien piensa que la economía helena no estará en disposición de hacer frente a futuros pagos, a la vista de lo mermada que está y de lo mucho que tardará en recuperarse. Pero entre sostener -aún a sabiendas de su dificultad- la economía de un país o exponer al resto a un tsunami financiero de consecuencias imprevisibles, la elección está clara. Todos los socios europeos deben arrimar el hombro si quieren acabar con esta situación de una vez por todas. Antes de que sea demasiado tarde.
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