crítica de cine
Sábado 17 de septiembre de 2011
Ganadora de la Palma de Oro en la pasada edición del Festival de Cannes, la cinta protagonizada por Brad Pitt y Sean Pean se estrena este fin de semana en nuestro país.
A pesar con contar con un reparto encabezado por dos grandes estrellas de Hollywood, el enigmático director Terrence Malick no ha puesto su interés en las interpretaciones y tampoco en el hilo argumental que se desarrolla, por decir algo, en dos épocas distintas – la actualidad y los años 50 – obligando al espectador a que deje volar su imaginación para completar tanta laguna premeditadamente sin colmar a través de unos diálogos inexistentes, que se sacrifican en favor de las imágenes y la música, verdaderas protagonistas de este extraño filme, junto a una voz en off que intenta, sin conseguirlo, imprimir algo de movimiento y cohesión a los devaneos filosófico existenciales que se proponen en la cinta. Y eso está muy bien siempre y cuando se trate de un espectador al que no le interese que las películas le cuenten una historia. Si ese es su caso, disfrutará sin plantearse más cuestiones de la oscuridad de una sala convertida en sinfónica, donde los sentidos invitan a relajarse y reflexionar, pero que nadie acuda confundido porque, desde luego, lo que plantea este director, siempre en la línea, nada tiene que ver con el cine del modo en que la inmensa mayoría de simples y huecos humanos lo queremos entender y disfrutar.
En todo caso, tampoco parece que haya sido entendido por uno de los actores protagonistas y eso ya despeja cualquier duda, a pesar de que, por supuesto, el caso de El árbol de la vida es uno de esos claros ejemplos de que para gustos, los colores, y la cinta, además de la codiciada Palma de Cannes, ha cosechado otro gran premio como el que otorga a la Mejor Película del Año la Asociación Internacional de Críticos. Pero la voz disidente a la que hacíamos referencia llega desde tan dentro del proyecto que por muchas buenas críticas que alaben el último trabajo de Malick, no puede permanecer acallada. Sean Pean, conocido por no morderse la lengua en un mundo tan complaciente como el de Hollywood, ha reconocido sin ambages que la emoción que sintió cuando leyó el guión de Terrence “brilla por su ausencia en la pantalla”. Y concluye con un pensamiento que, aun a riesgo de ser acusado de superficialidad intelectual, incluirá a muchos de los que acudan a ver la cinta del director de “La delgada línea roja”: “Una narración más convencional hubiese beneficiado a la película sin restarle belleza ni impacto”. Completamente de acuerdo. Y en ese sentido, algunos cines de Estados Unidos advierten al que pasa por taquilla de que el filme tiene un argumento no lineal que puede resultar confuso para el espectador. Poco más habría que añadir, aunque Pean sí lo hace y termina preguntándose, incluso, qué es lo que hace él en la película y qué es lo que puede aportar en ese contexto.
Pero vayamos entonces a lo que sí interesa a Malick, a quien su paso por Harvard y Oxford como estudiante de filosofía parece haberle marcado profundamente para siempre. En primer lugar, las imágenes realmente bellas e intensas que ilustran el espectacular Big Bang y para las que ha contado con un gran experto en efectos especiales de los de siempre, o, mejor dicho, de los de antes, de esos que no acuden para todo a los trucos de ordenador. Douglas Trumbull, que cuenta en su palmarés con títulos emblemáticos como “2001, Una odisea del espacio” o “Encuentros en la Tercera Fase”, es el encargado del despliegue de imágenes que pretenden retratar la asombrosa explosión cósmica acaecida hace 14 billones de años y que, sin duda, logran crear un espectáculo de color de gran belleza. A las imágenes acompaña toda una sinfonía, como elemento asimismo vital de la cinta, en la que se pueden escuchar notas de Tavernor, Berlioz, Smetana, Mahler, Respighi, Bach, Bhrams y Holst, además de las piezas originales compuestas expresamente por Alexandre Desplat.
Por lo que se refiere a la historia que sirve de base para tal despliegue auditivo y visual, Malick ha elegido al personaje de Jack O’Brien, interpretado precisamente por Sean Pean, como centro de este cinematográfico planteamiento existencial. A Jack le conocemos de niño cuando vive junto a sus padres y sus dos hermanos en una pequeña localidad de Texas y trata de sobrevivir a un padre tremendamente rígido y bipolar así como a una madre sumisa pero cargada de amor hacia sus hijos. La muerte de uno de sus hermanos marca otro momento crucial de la existencia de O’Brien, a quien vemos perdido entre rascacielos, convertido en un importante arquitecto que por dentro aún continúa siendo ese crío maltratado, incapaz ni entonces ni ahora de encontrar respuestas que no sean las que le llevan irremediablemente a la espiritualidad, a un mundo más allá, un bello escenario en el que reencontrarse con las almas de todos aquellos a los que amó y que le acompañarán para siempre, dando por fin un sentido a lo terrenal.
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