Sábado 17 de septiembre de 2011
Estos son días de celebraciones: se acaba de celebrar el aniversario del 11S, se celebran los seis meses desde el terremoto de Fukushima, los setenta y cinco de la casa de la cascada de F. Lloyd Wright... Uno vuelve del verano recién celebrado para celebrar cosas, pero en el fondo sin saber muy bien qué es lo que celebra, si la victoria o la derrota.
De una forma infantil, quizá estemos más preparados para celebrar la victoria: solemos celebrar los cumpleaños, por ejemplo, aunque no sabemos si un cumpleaños es una victoria sobre el tiempo o una claudicación ante sus rigurosas condiciones; celebramos los nacimientos y las bodas, sin saber muy bien si la fiesta es por la nueva vida, o por la inevitabilidad de la vida y sus instintos; celebramos las victorias deportivas y aunque nos alegramos por la derrota del contrario, no lo hacemos con la misma intensidad. Quizá la celebración de la victoria sea lo más natural, y quizá debamos preguntarnos por qué proliferan tanto en este siglo las aparentes celebraciones de la derrota: Hiroshima, el Holocausto, el 11S...
Parece claro que no todas las celebraciones de la derrota son igual de legítimas: los japoneses pueden celebrar el aniversario de Hiroshima, pero sería extraño que celebraran la toma de las islas de Okinawa por los americanos y la expulsión con lanzallamas de la población civil de las cuevas en las que se refugiaban; los alemanes pueden hacer actos en los campos de concentración o en los museos del holocausto, pero seguramente muchos torcerían el gesto si celebraran el bombardeo de Bremen. Los estadounidenses celebran el 11S, pero no celebran el bombardeo de Irak o de Afganistán. Se diría que la celebración de la derrota implica una superioridad moral. O quizá en realidad celebramos siempre lo incomprensible, lo que supera nuestra capacidad de comprensión: el paso del tiempo, la muerte (con los funerales), que dos personas se unan, que de esa unión salga una vida, que esa vida cambie. Quizá celebramos lo que escapa a nuestra comprensión y también a nuestra voluntad, y toda celebración sea una acción de gracias a la diosa Fortuna, hasta en el caso de una victoria deportiva. Sabemos que de ganar a perder hay muy poco, y que ni la victoria ni la derrota son permanentes. Todo cambia.
La selección del motivo de celebración tiene un sesgo moral. Podemos celebrar unas cosas, pero no otras. La celebración que nos purifica es la aceptada, la sancionada como purificadora. Yo, tras este verano, quería celebrar la desaparición paulatina de árboles en los lugares de veraneo y sus aledaños. Quería hacer un funeral por los árboles que dejo de ver. Uno vuelve a los mismos sitios, a celebrar ritos de purificación amparados en la memoria y se encuentra con que lo que era un parque tropicalista con sabor colonial es ahora una explanada de piedra y unas farolas cuadrangulares (por aplicarles una palabra de similar calaña estética) de leds. No es que ya no funcionen con gas, es que no funcionan ni con bombillas. Pero, farolas aparte, lo que falta es el árbol y su sombra, el árbol y su rumor las tardes de viento del Oeste.
La gente corta los árboles por razones variadas: una de ellas es que se acaba de comprar un terreno. Antes de empezar a construir, lo pelan, quizá para borrar las huellas de un pasado ajeno. Luego plantan algún árbol enteco y de origen foráneo, con la secreta esperanza de que sea más dócil que los que había antes. Otra razón es que son sucios. (A mí, en cambio, no me extraña nada esta falta de aseo por parte de los árboles, ya que nunca fueron a la escuela, y tuvieron unos padres muy descuidados por su educación.) Tienen hojas que se les caen y en ellos, dicen, viven pájaros, y los pájaros defecan, y manchan el coche que costó muchos meses de trabajo. (Curiosa fantasía, tener el coche en la calle eternamente limpio.) Otro problema de los árboles es que tienen raíces o que quitan las vistas. (Como si un árbol no fuera una vista en sí). También que tienen enfermedades. En cuanto se les seca una rama, la motosierra acecha. En resumidas cuentas, lo que querrían muchos es que los árboles fueran limpios, sin hojas, sin pájaros, sin raíces, que no se vieran y que fueran completa y eternamente sanos. En el fondo, el árbol ideal es la fantasía de uno mismo, de un uno mismo perfecto que, desgraciadamente, nunca existirá. Quizá de ahí venga su sustitución por farolas cuadrangulares de leds, mucho más realistas.
Los árboles urbanos también se ven sustituidos por bosques repoblados fuera de las poblaciones que suben las estadísticas del índice nacional o regional de forestación. No es que tenga demasiadas cosas en contra de las repoblaciones, pero mi celebración es en este caso por la desaparición del árbol particular, urbano o semiurbano, agrupado a veces, solitario otras como un orangután añejo en la selva de Borneo; un árbol con pájaros, hojas (o bolas con pinchos o sin ellos) que caen de sus ramas, raíces, espesa copa en verano y alguna que otra enfermedad. Mi celebración es personal, aunque también sea por una derrota. No pienso hacer un espectáculo de luz y color, ni invitar a autoridades extranjeras a tomar siquiera un té en mi casa. Leeré en todo caso el soneto de Cervantes al túmulo de Felipe II, con una primera estrofa más aplicable a la celebración del 11S que a la mía:
Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla,
porque ¿a quién no sorprende y
maravilla esta máquina insigne, esta riqueza?
Tras leer la segunda, me pararé un rato en la tercera:
Apostaré que el ánima del muerto
por gozar este sitio hoy ha dejado
la gloria donde vive eternamente.
No sé dónde viven los árboles muertos. Es una cuestión poco debatida en los concilios. El Vaticano ha sido desde siempre poco dado al árbol y más a la piedra. Quizá los árboles tengan también su paraíso. Lo que sí sé es que Rubalcaba, por el momento, no prevé que los árboles coticen en el impuesto de patrimonio. Así que inviertan en ellos; úsenlos, a pesar de los pájaros. Evadan(se).Y aquí va el estrambote del poema:
Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada
miró al soslayo, fuese y no hubo nada.
Celebraciones.
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