Opinión

La cuestión palestina regresa a la ONU

Víctor Morales Lezcano | Martes 20 de septiembre de 2011
Se avecina otro aldabonazo en el campo de juego internacional. Nos referimos a la celebración de la próxima Asamblea General de las Naciones Unidas que tendrá lugar entre el 20-23 del mes en curso.

El tema que domina la convocatoria deriva de la elevación que ha hecho la Autoridad Nacional Palestina (ANP) a la ONU para obtener el reconocimiento de Estado soberano.

Conveníamos en el arranque de esta entrega doble a EL IMPARCIAL que el presente suele ofrecer un asombroso parecido con el pasado que le ha precedido.

Recordemos. Hará pronto veinte años, el gobierno de Noruega propicio un encuentro palestino-israelí en Oslo para despejar un contencioso envenenado hasta la médula. Lo que es más, se trataría del Contencioso por excelencia en el territorio medio-oriental.

La suma de buenos oficios con que contribuyeron a los Acuerdos de Oslo (agosto-septiembre 1993) tanto las partes en discordia como los mediadores sobresalientes -Estados Unidos, en particular-, no logró contrarrestar el deterioro gradual de la iniciativa. Arafat (OLP) no estuvo a la altura de la ocasión. El factor azaroso de la historia no coadyuvó al éxito de los Acuerdos: el líder hiperconservador del partido Likud -Netanyahu- obtuvo una victoria electoral en la convocatoria de 1996. Y a partir de ese momento el espíritu de Oslo caminó hacia la auto-extinción. El ala radical del Likud impuso sin contemplaciones su política desafiante en la orilla izquierda del Jordán y en Gaza, mientras que la cólera de sectores musulmanes extremistas, no ajenos a Hezbollah y Hamás, condujo a sendas insurrecciones palestinas (Intifadas).

Han transcurrido, pues, casi dos décadas sin que el contencioso haya sido desactivado. No sólo eso, sino que aparte de los cambios que introdujo en el tema el 11-S, primero, y, desde hace un año, la “primavera árabe”, se impone puntualizar que ni el gobierno israelí de coalición nuevamente presidido por Netanyahu -dotado de un ministro de Exteriores (Lieberman) mundialmente reconocido como halcón de su gabinete-, ni la poco acreditada trayectoria de la ANP, tienen visos de resolver su querella, sea en un mano a mano, sea en un tablero internacional. Las partes en litigio han sido incapaces de contrarrestar sus diferentes ópticas mediante la técnica del bilateralismo -que suele arbitrar una potencia incuestionable o un Comité “ad hoc”, como es el caso aquí del Cuarteto europeo-.

El día de autos más sonado en el calendario onusino de la semana está previsto que sea el próximo día 23. Mahmoud Abbas elevará su propuesta a la Asamblea en nombre de la ANP, a sabiendas de que la administración Obama se abstendrá en su voto; incluso si se elevara la petición palestina en dirección del Consejo de Seguridad, el gobierno de Estados Unidos ya ha hecho saber que vetará la propuesta de Abbas. Decisión de carácter esquivo, por parte de Obama, ante el clima pre-electoral que reina ya en Estados Unidos de América y el presunto tiempo de mudanza, que presagian sectores revanchistas del partido republicano.

Ya antes de sonar el aldabonazo, los representantes de instituciones internacionales de alto bordo, como Catherine Ashton en nombre de la Unión Europea y Nabil el-Arabi en calidad de secretario general de la Liga de Estados Árabes, se vienen afanando sin respiro en encontrar un ajuste al contencioso “off the stage” para paliar el mal trago que todos prevén.

Mientras que Alemania no parece renunciar a su histórica inclinación favorable a Israel, Arabia Saudí, por su parte, ha venido arrojando últimamente muchos balones a la cancha estadounidense. Un artículo del influyente príncipe Turki al-Faisal, ex-director de los servicios de inteligencia saudíes, publicado en prensa neoyorkina hace pocos días, ha advertido a Obama que “si se veta la petición palestina, el Presidente perderá un aliado” (un aliado en Oriente Medio que no es otro que Arabia Saudí).

Y he aquí que, no por casualidad, hemos de aproximar, una vez más, a las candilejas al presidente del gobierno turco. Esta reintroducción de R.T. Erdogan proviene de la voluntad política del Ministro en imprimir una inflexión arabista a la política exterior de Ankara, sin dejar por ello de cultivar la dimensión euro-americana tradicional en Turquía desde los años 50 del siglo pasado. Esta inflexión arabista ha ido transportando a Erdogan a una posición enemistosa hacia Netanyahu y sus huestes más sionistas. De ahí, el conflicto con Israel en aguas del Mediterráneo oriental, y de ahí, últimamente, la ruptura parcial de relaciones diplomáticas entre ambas naciones: distanciamiento diplomático con el que Egipto y, en menor medida, Jordania han querido condenar la drástica actuación israelí en Gaza y Cisjordania.

De algunas de las “banderillas” que Erdogan ha clavado en los lomos del gobierno de Netanyahu, se puede decir lo que venga en gana salvo que son producto de la improvisación. Por ejemplo, al referirse al reconocimiento en ciernes del Estado palestino, Erdogan puntualizó que “no se trata de una elección, sino de una obligación”. Acto seguido, intentando (con éxito) enardecer el espíritu de la “primavera árabe”, añadiría: “elevemos la bandera de Palestina y hagamos de ella el símbolo de la paz y la justicia en Oriente Medio”. Y para coronar sus asertivos juicios de intención, comentó el primer ministro de Turquía que “Israel se ha convertido en el niño mimado de Occidente”, lo que leyendo entre líneas, es una invitación a poner a Tel Aviv en su sitio -algo verdaderamente arduo de conseguir-.

No ha economizado R.T. Erdogan comentarios que anuncian en el Mediterráneo oriental planteamientos de escala regional diferentes a los que han prevalecido en ese escenario hasta hace un par de años. Evidente es que el “new look” de la política exterior del AKP resulta arriesgado y que, además, no está exento de cálculos rentables en el interior de Turquía. Esta política no debe de ser subestimada por ello en cuanto la pertenencia de la República a la Alianza Atlántica es un presunto factor disuasorio para las aspiraciones de Irán en la Zona.

A fin de cuentas, si Netanyahu consigue que no prospere la petición que la ANP elevará el próximo día 23 a la Asamblea General de las Naciones Unidas, y si Barack Obama no obtiene la mayoría que aspira obtener en los próximos comicios americanos, el contencioso palestino-israelí seguirá alimentando su enquistamiento tumoral. También se sobrevive, a veces, largo tiempo en estado físico tumoral: ¿por qué no habría de suceder lo mismo con los contenciosos que distancian a los pueblos del planeta Tierra?.

A la ANP le queda, al final de la escenificación esperada, una “concesión compensatoria”. Esta consiste en adjudicarle el estatuto de “observador”, dotado con sede asamblearia propia, derecho a voz y capacidad de apelación a la Corte Internacional de Justicia. Esta última competencia dejaría expedito el camino para que la ANP pudiera recurrir en coyuntura crítica al Tribunal Internacional de Justicia Penal. Un futurible inquietante para los sectores israelíes ultramontanos, dados a la disuasión del adversario con métodos represivos.

En menos de una semana se correrán los velos que cubren púdicamente -a estas alturas- las nudas realidades que habitan las entrañas de la “power politics”.

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