Opinión

Antonio López: El franciscano de Tomelloso

Pedro González-Trevijano | Miércoles 21 de septiembre de 2011
Hay exposiciones y exposiciones. Todo depende del tirón del artista, la factura y variedad de las obras y el favor del público. Unas variables que hacen de la presente y multitudinaria Exposición de Antonio López en el Museo Thyssen-Bornemisza uno de los acontecimientos artísticos del año en la capital de España. Desde 1993, han transcurrido dieciocho años, no teníamos ocasión de ver una retrospectiva tan ambiciosa. Antonio López, se contrasta nada más iniciar la visita, es un artista no sé si tan distinto, aunque lo parece, a los demás creadores de su generación, los Gordillo, Hernández Pijuan, Lucio Muñoz…. Un pintor que huyó intencionadamente de la adscripción, aunque fuera temporal, a los grandes istmos de las vanguardias del momento, aun conociendo y actuando, especialmente en sus primeros años, bajo las inevitables influencias de los principales movimientos de la modernidad. En este sentido, y en otro más, pues su vida está transida de una aureola de anacoreta plástico, Antonio López es, de acuerdo con el título del libro de Helmuth N. Bachmann, un solitario del arte. Nuestro Balthus. No hay duda que, tras el arrollador triunfo del informalismo, Antonio López se muestra como el heredero más dotado de la denominada imprecisamente pintura figurativa y realista. Es comprensible la consideración para muchos de nuestros compatriotas como el mejor y más aventajado heredero de la pintura clásica. De la pintura, según nos dicen apasionadamente sus valedores, de verdad, de la pintura bien construida, de la pintura asentada en el dibujo.

Pero hay más diferencias con los demás pintores. El manchego nos retrotrae a los artistas del Medioevo y del Renacimiento, ocupados y preocupados por dominar los secretos últimos de la cocina del pintor, haciendo sus propios colores y mimando los soportes. Antonio López, podríamos decir sin ánimo descalificador, el artesano. Una profesión, la de pintor, que conoce su oficio, que se dedica a él con exclusividad, de forma paciente y hasta parsimoniosa, que parece no dotar de importancia al tiempo. Muchas de sus obras, desde algunas de sus composiciones más logradas sobre Madrid, hasta su interminable retrato de la Familia Real, se resisten a ser finalizadas. Siempre hay una pincelada más, un gesto que retocar, un paisaje que aclarar, una luz que reproducir… No importan ni las horas empleadas, ni los días pasados, ni las estaciones vencidas, ni los años consumidos. No hay prisa. No se conoce la urgencia. Prisa, una palabra maldita en el diccionario de Antonio López. En esto también es, podríamos decir, “antimoderno”. Lo más antitético al actual futurismo que ha hecho de la celeridad, y por ende, de la improvisación, y en muchas ocasiones de la falta de rigor, cuando no de técnica, uno de sus rasgos. Antonio López podría hacer propias las palabras atribuidas a otro atemporal, el compositor ruso Igor Stravinsky: “¡Prisa! Nunca tengo prisa. Nunca tengo tiempo!” La película de Víctor Erice, El Sol del Membrillo así lo recoge y, en este caso, explicita las razones de un fracaso: el tiempo, querido Antonio, ni siquiera tú, lo puedes parar.

En su taller aparecen, además, la práctica totalidad de las expresiones creativas de siempre: el dibujo, Antonio López es un portentoso dibujante -vean, por ejemplo, los de su hija María-, la pintura –más adelante me detendré en alguna de sus obras- y la escultura -los bustos de Antonio y Marí, Hombre y mujer, Hombre tumbado y Figura de mujer. Eva.-. Los temas también son, casi siempre, los de siempre. No importa que hablemos de sus obras anteriores, ubicadas en la planta de abajo del Museo, o de las más recientes y hasta no acabadas. “Aquí está toda mi vida: lo mejor y lo peor”, ha afirmado el pintor. Primero, su preocupación por su entorno más íntimo: sus abuelos, sus padres, su tío, su inseparable mujer. Y, al tiempo, sus alimentos, sus muebles y objetos familiares: aparadores, aracenas, neveras, tazas de váter, cuartos de baño. Después, destacando en lugar principalísimo, Madrid. Madrid con su desierta y emblemática Gran Vía, con el reloj marcando las 6.30 de la mañana, o la más reciente y desasosegante, Madrid desde la torre de bomberos de Vallecas. A las que se suman hoy otras visiones de la capital aún sólo esbozadas, pero que nos muestran algunas diferencias respecto de lienzos anteriores. El punto de la composición se eleva, situado nuestro artista, como un diestro ojeador, en un balcón o en una azotea desde donde poder divisar su ciudad, mientras la perspectiva deja de ser rectilínea para convertirse en curva. Al tiempo, nuestro artista pone siempre su atención, hablamos de un San Francisco del siglo XXI, en la naturaleza, con sus parras, y luego con sus árboles membrilleros. Y ahora, por lo que nos permite ver de su hacer actual, con las flores.

Es compresible, en suma, el interés del público español por Antonio López. Un interés que, si no me tachan de iconoclasta, sólo descubro con tanta intensidad en la triada que yo denomino el alma plástica española: El Greco, Velázquez y Goya. Y, ahora, Antonio López. Aunque, como siempre hay alguien que hace de abogado del diablo, tampoco puedo dejar de interrogarles lo siguiente: ¿Qué aporta la obra de Antonio López a la historia de la mejor pintura? Ustedes dirán…

TEMAS RELACIONADOS: