Este jueves se ha estrenado en el teatro Guindalera el montaje Tres años, una adaptación libre de la obra homónima de Chejov traída desde Rusia hasta la España de los años 30 por Juan Pastor, uno de los impulsores del proyecto teatral Guindalera Escena Abierta.
A ellos les gusta poner la guinda del pastel y una vez más lo han conseguido. El teatro
Guindalera ha estrenado este jueves su última creación:
Tres años, una introspección en la filosofía y la obra del autor ruso
Antón Chejov a partir de la adaptación libre y más que acertada de su novela corta
Tri goda. Un día antes del estreno, el director del montaje,
Juan Pastor, contaba a este periódico que esperaba del público “un instante de silencio” antes de los aplausos finales, como indicio de una “necesidad de reflexión”. Cuando momentos antes de apagarse las luces el patio de butacas recibe un “No hay que cuestionarse si tomaste la decisión acertada; toda decisión es acertada, porque el acierto está en el decidir”, los deseos de Pastor son órdenes. Silencio. Y aplausos.
Tres años rescata a cinco personajes de la España de los años 30 para demostrar a un público sumido en pleno siglo XXI que los errores y los aciertos más básicos en esa carrera perenne del ser humano hacia la
felicidad no entienden de temporalidad. Todos terminan utilizando el
amor como vehículo, excusa o motivación en su particular maratón.
La apuesta de Guindalera mantiene a los personajes de la obra original para diseccionar ese amor condicionante del sentido de la vida y ofrecer cada una de sus morfologías con un nombre y una cara.
La pasión amorosa, desenfrenada e irracional, casi animal, del protagonista del la obra,
Alex, que se enamora de una chica de provincia que poco encaja con él y apenas conoce. El amor, en parte resignado y aprendido, pero también reposado, entendido quizá como compañerismo y, sobre todo, expuesto al terrible análisis de la objetividad que lleva a
Julia a casarse con Alex. El ideal inalcanzable de
Jaime, que está enamorado del amor, o el de
Paulina, que exige recibir amor según sus méritos. Y hasta el amor biológico, físico y sexual de
Gregorio, el más veterano del quinteto.
Formas de entender el sentimiento más universal que pueden regir nuestras vidas, o cambiar según las circunstancias de la misma, pero que siempre se hacen un hueco en las discusiones de salón, bar o café, incluso en momentos de convulsión política y social como la Rusia de finales del siglo XIX, nuestro país en los años previos a la Guerra Civil o, incluso, los días que nos han tocado.
Tres años plantea una de las
grandes tragedias del ser humano: la búsqueda inútil de la felicidad, su incapacidad natural para aceptar y valorar lo presente. Sin embargo, la experimental forma de adaptación de Juan Pastor –que acabó alejándose de la adaptación rígida del original para revestirse de apuntes, frases, atmósferas o ideas de la obra completa del ruso- ha terminado captando la esencia del propio Chéjov. Y una de sus aptitudes más sobresalientes es la de
tomar perspectiva.
Visto desde la distancia, al desastroso matrimonio de Alex y Julia, la biblioteca de conocimientos y experiencias con las que Gregorio insiste en aleccionar o la lucha visceral por la igualdad sexual de Paulina, terminan adquiriendo
tintes cómicos. Todo, para llegar a ese subtexto de la obra del ruso en el que siempre se sitúa lo grotesco y surrealista del comportamiento humano, que se empeña en complicar el corto periodo de tiempo llamado vida.
Una impecable puesta en escena, que combina narración con representación y en la que los personajes se saltan a la torera los niveles diegéticos recordando al mismo Woody Allen, y unas interpretaciones en perfecto equilibrio entre la naturalidad y la interacción con el público terminan de imprimir en el
Tres años de la Guindalera un sello de
calidad incuestionable.