Isabel Sagüés | Viernes 04 de abril de 2008
Si preguntásemos a los aficionados sobre donde y cuando empezó a jugarse al fútbol en España, la respuesta probable y mayoritaria sería Barcelona o Madrid, o, en todo caso, Bilbao. Pocos darían en la diana: el Andévalo. Sí, aunque sorprenda, en esta comarca onubense, a mitad de camino entre las dehesas de la sierra de Aracena y las dunas de Doñana, se inició en nuestro país el llamado deporte rey.
No pretende esta crónica viajera hablar de deporte. La historia del balompié nacional nos sirve de mera excusa para acercarnos a una zona concreta del Andévalo, excepcional y desconcertante por lo insólita. Una comarca, la de las Minas de Río Tinto, nacida, crecida, desarrollada por y para la minería. Una zona “colonizada” en el siglo XIX por los ingleses, donde dejaron su impronta y una curiosa herencia cultural sin ninguna relación con el carácter de los onubenses ni con la fisonomía del lugar. Los británicos implantaron un trocito de Inglaterra en estas tierras al importar modos y tradiciones todavía visibles en el barrio de Bellavista con sus mansiones victorianas, la iglesia presbiteriana, un cementerio con lápidas en inglés y un club social y deportivo a través del que extendió la práctica del fútbol a toda España.
Hace ya 5000 años la vida empezó a latir en estos parajes donde se asienta la más importante mina de cobre, hierro y plata que ha tenido España. Desde entonces, varios pueblos han pasado por el territorio: tartesos, fenicios, romanos, almohades y, sobre todo, los ingleses. Tras comprar la mina al iniciarse la I República -el 14 de febrero de 1873 el Presidente Figueras las vendió al consorcio británico Mathesosn por la cantidad de 92.756.592 Ptas- la Río Tinto Company Limited extrajo mineral durante ocho décadas. En los años 50 se marcharon los británicos, volvió la mina a manos públicas y, en paralelo, se produjo el cierre casi definitivo de la explotación, la decadencia económica y la consecuente despoblación de la comarca.
Una parte de su habitantes se negaron a dejarla morir, a seguir los malos ejemplos de otras cuencas mineras. Apostaron por permanecer y se plantearon el enorme reto de reactivar una zona que ha conocido una única actividad económica a lo largo de 50 siglos, dando así paso a un interesante proceso de transformación y reinvención. Se han hecho cuantiosas inversiones económicas y tecnológicas para desarrollar una agricultura moderna basada en el cultivo de cítricos y fresas. El turismo se ha convertido asimismo en una fuente importante de actividad y creación de empleo. Los antiguos mineros regentan hoy casas rurales, restaurantes, empresas de artesanía y otras actividades de ocio derivadas de la antigua actividad minera.
Fascinantes e insólitas, las Minas de Ríotinto merecen una visita. Una visita sosegada para disfrutar de un paraje tan singular, lleno de contrastes, difícil de encontrar en el resto de la geografía ibérica, para conocer el legado histórico o para conocer su arqueología industrial. Una tierra agreste, moldeada por la explotación minera hasta convertirla en un paisaje lunar e inhóspito, enmarcado en una sinfonía de hermosos colores. Río Tinto es una excepcional paleta cromática fruto del verde de las encinas, del agua azul de los embalses, de la tierra ocre tintada en rojo por la pirita.
Un intenso vértigo físico nos invade al asomarnos a una de las más impresionantes y espectaculares cicatrices que han dejado los hombres al arrebatar a la tierra sus tesoros. Corta Atalaya, la mayor explotación minera a cielo abierto de Europa, produce una enorme sorpresa y angustia infinita. Cuando contemplamos la vista panorámica de esta muesca en la corteza terrestre, este cráter -más 1.200 metros de largo y 900 de ancho- creado día a día, cortado trozo a trozo hasta los 350 metros de profundidad, nos produce un vértigo íntimo al imaginar la lucha titánica del hombre contra la naturaleza. Imaginamos a miles de mineros realizando bancales, arrancando millones de toneladas de mineral de las gruesas vetas horizontales que parecen trazadas por tiralíneas. Unos bancales que dibujan una perfecta gama cromática sobre las laderas escalonadas.
Aunque de dimensiones menores, también de inusitada belleza y también matizada por una amplia sinfonía de tonalidades rojizas, la otra mina a cielo abierto, Cerro Colorado, impresiona y provoca admiración. Todavía en explotación, se puede ver como se extrae el gossan, mineral de hierro del que deriva el oro y la plata que constituye el objetivo de la actual empresa minera.
El antiguo hospital inglés, de clara arquitectura sajona proyectado en 1923 por R.H. Morgan, acoge el Museo Minero y Ferroviario de Río Tinto, creado en 1992 y dedicado a la historia de la minería y la metalurgia. Muestra el rico patrimonio generado por los asentamientos de las distintas civilizaciones que poblaron la comarca. La colección se compone de piezas arqueológicas e instrumental minero, junto con piezas ferroviarias como el vagón del Maharajah, fabricado en 1892 en Birmingham especialmente para un viaje que la reina Victoria de Inglaterra nunca llegó a efectuar a la India. Realizado en madera tallada y cuero repujado, se trajo hasta Río Tinto para otra visita real: la que realizó Alfonso XIII a la comarca en la primera década del siglo XX.
Precisamente, cuando en 1873 los ingleses iniciaron la extracción de minerales a gran escala construyeron una línea férrea de 84 kilómetros que unía las minas con el muelle del embarcadero en la ría de Huelva desde donde se transportaba el mineral a Inglaterra y los mercados internacionales. Como servicio público, el tren murió en 1984, pero se ha recuperado un tramo de 23 kilómetros con fines turísticos. El tren bordea la margen derecha del río Tinto y serpentea entre encinares y tierras de aspecto extraterrestre, siempre con el rojo del agua como fondo. Una viaje delicioso.
Tampoco hay que perderse Nerva, que recibió el nombre del emperador romano al encontrarse una placa de bronce con su nombre en el filón norte de la mina, ni el museo y centro de arte moderno y contemporáneo dedicada al pintor Daniel Vázquez Díaz, nacido en la localidad, ni la necrópolis romana de La Dehesa.
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