Enrique Arnaldo | Jueves 22 de septiembre de 2011
Me dicen que Rodríguez Zapatero está muy sensible con la gente. Me aseguran que en cualquier reunión se manifiesta enormemente dicharachero, simpático, cercano y hasta cariñoso. Me garantizan que se siente libre y que es dueño de su tiempo. Ahora le sobra y no hay quien le levante de una reunión o acto en el que se encuentre a gusto. Me cotillean que en la imposición de una condecoración hace algunas semanas estuvo más de dos horas de charla y llegó hasta tres de cuchipanda con otras personas, en otro acto, comentando cosas de León.
¡Qué bonito volver a olvidarse del reloj y despedir al gabinetero que amablemente recuerda, en el umbral de la puerta, que hay que terminar esa reunión pues la agenda es implacable y llega la siguiente! Ahora Rodríguez Zapatero tiene libre la hoja de baile y recibe de un día para otro. El teléfono le ha dejado de sonar. ¡Ya no le llama siquiera Pepiño! ¡Ya no hay ni siquiera que madrugar! Y además, al disolver las Cámaras no debe siquiera soportar la antipática sesión de control con los de la oposición tocando las narices.
Y es que hasta los periódicos le han borrado. No sale ni su fotografía lánguida. Parece como si nunca hubiera existido (ha desaparecido como el personaje de Vila Matas). ¡Quizás todo haya sido una pesadilla!, como la que alteró el ánimo de nuestro personaje al leer estas palabras de Cicerón, escritos el año 55 antes de Cristo: “El presupuesto debe equilibrarse, el Tesoro debe ser reaprovisionado, la deuda pública debe ser disminuida, la arrogancia de los funcionarios públicos debe ser moderada y controlada, y la ayuda a otros países debe eliminarse para que Roma no vaya a la bancarrota. La gente debe aprender nuevamente a trabajar, en lugar de vivir a costa del Estado”. ¡Cuánto disparate junto!, pero si no hay crisis del Estado del bienestar. Todo lo que está sucediendo es un complot del capitalismo financiero para cargarse el Estado Social. Es sencillamente deprimente leer a estos filósofos de la carcundia, pensó para sus adentros.
Algún malvado le deslizó por debajo de la puerta un ejemplar de la espectacular novela de Javier Marías que lleva el título de “Los enamoramientos”, con el marcador colocado en la página 187: “las cosas más improbables han sucedido… y el mayor imbécil o el mayor sinvergüenza son votados en masa por una población hipnotizada por la vileza o dispuesta a engañarse o quizás a suicidarse… A nuestro alrededor vive la gente de talento nulo que consigue convencer a sus contemporáneos de que lo posee inmenso; hay personas nada dotadas para aquello a lo que se dedican que sin embargo hacen de ello fulgurante carrera bajo el aplauso universal”.
Al concluir la lectura le entró una duda existencial: ¿No se referirán a mí, verdad? No puede ser, porque es imposible. He sido y soy una persona entregada, defiendo unos valores (u otros según dicen los incordiantes del banco de enfrente), y la gente me quiere. ¿O quizás me quería? No puede ser que me hagan el vacío, a mí que tanto he hecho por ellos. No me llaman pero seguro que me quieren. ¿O no? Me aplauden porque me quieren ¿o no, o quizás me aplauden para asegurarse de que me voy?
No quiero dedicarme a contar nubes desde la hamaca. ¡Eso que lo haga el tal Sócrates de Portugal! (¿o era Aristóteles?).
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