Opinión

Un aniversario (y 2)

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 23 de septiembre de 2011
Equivaldría sin duda a amputar facetas esenciales de la obra de Angel Herrera (1886-1968) limitar su evocación conmemorativa al fracaso que presidiera su concepción del mundo del pensamiento y la cultura. Gentes de tan asendereada y rica trayectoria intelectual como el egregio escritor e insigne -¿y último?...- humanista español Pedro Laín Entralgo, situado al final de su existencia casi en los antípodas del líder de la ACNP y director durante mucho tiempo de El Debate, rindió tributo y dio cuenta de la inmensa deuda contraída con su quehacer por parte del catolicismo de su tiempo. El más innovador y visionario, tal vez, de los pontífices del siglo XX, Pío XI (1922-1939), encontró en Herrera uno de sus mejores intérpretes y, desde luego, el más entusiasta y sagaz entre los españoles. Testigo de primer plano y espectador de excepción, durante su breve estadía de nuncio en Varsovia, del significado y hondura de las grandes revoluciones traídas por la contienda mundial -el envite paralelo a la vez que, paradójicamente, contrapuesto del comunismo y la democratización efectiva de los regímenes liberales de anteguerra-, el papa Ratti –tal vez, el de más acendrada estirpe intelectual entre los de la centuria pasada- aspiró a que las principales energías de la Iglesia se drenasen en el campo de la acción social y asimismo en del compromiso político de los católicos a favor de un pluralismo enriquecedor arraigado en las libertades públicas.

Y aquí, ciertamente, el esfuerzo y la apuesta de Angel Herrera por secundar y aclimatar en suelo español el ideario del pontífice de la Quadragesimo Anno y -ya en las postrimerías de su vida- de la Mit Brenneder Sorge rebasaron todo lo imaginable respecto a voluntad y entrega. En uno de países de Occidente de más retrógradas estructuras mentales y sociales, la tarea realizada por el ideólogo de muy anchas capas del conservadurismo español de su época madura ha de medirse en términos muy proclives a lo bombástico y, por tanto, de uso muy comedido y restringido… Pero, en realidad, fue así, al menos en amplia parte de su contenido. Todo el pensamiento y actividad del personaje al que, a justo título, se le considera por tirios y troyanos como el campeón del reformismo católico en la denominada “cuestión agraria” en los días e la segunda república, el sevillano D. Manuel Giménez Fernández, germinaron y crecieron en el interior de la democracia cristiana acaudillada por Herrera. Al propio tiempo, el formidable desafío por asentar, desde posiciones centristas, a la gran mayoría de las masas confesionales en el terreno del régimen implantado el 14 de abril de 1931, fue afrontado igualmente con rectitud de intención y resuelto talante por la CEDA y su líder José M ª Gil Robles, formado y orbitado hasta entonces en el planeta herreriano. La “revisita” --¿qué número hace ya?- reciente a la guerra civil de l936 con motivo del setenta aniversario de su término ha dado, como se sabe, nuevas alas a la controversia sobre el verdadero papel ejercido en la andadura republica por el principal partido conservador. En tal extremo, debe confesarse que poco se ha avanzado por llegar a una postura reflexiva y convincente sobre la actuación de dicha formación política. El ardor y la militancia siguen prevaleciendo sobre la asepsia y el profesionalismo. Pero, al margen de ello, se impone e impondrá siempre la muy plausible y ardida iniciativa de los líderes cedistas por buscar y consolidar cauces de convivencia en un país remecido como nunca por la pulsión aniquiladora.

Muchos son, pues, los motivos para que el 125 aniversario de la venida al mundo en la capital de la Montaña de Angel Herrera se registre por la sociedad española hodierna con caracteres de reconocimiento y enseñanza. Aunque lo semejen, su tiempo y problemas no están muy lejos de los nuestros.

TEMAS RELACIONADOS: