Domingo 25 de septiembre de 2011
Tres años después de la calumnia, el ex presidente del Gobierno, José María Aznar, y su esposa, Ana Botella, han obtenido a su favor una sentencia de la sala primera del Tribunal Supremo que condena a la cadena televisiva Telecinco a resarcirles con una alta indemnización. La calumnia contra el derecho al honor había sido fraguada y emitida en 2008 a través de uno de los habituales y temidos programas de telebasura del momento: Aquí hay tomate, donde se desinformó a la audiencia sobre una supuesta infidelidad de la pareja y se mintió a los espectadores anunciando una imaginaria ruptura del matrimonio.
A nadie se le escapa que una difamación de esta naturaleza se inscribe en la más rastrera tendenciosidad política cuyo propósito es descalificar a los adversarios políticos, quedando inevitablemente abierta la sospecha si se estaban cumpliendo directrices de más arriba. Desgraciadamente la dialéctica política en nuestro país se ha degradado hasta traspasar los más elementales límites éticos. Todas las ideas y decisiones políticas pueden y deben estar sometidas al análisis, la discusión y la controversia, por más que sea recomendable no perder de vista, en ningún momento, los puntos en común que siempre subyacen tras cualquier polémica. Pero jamás resultará aceptable que el debate degenere en la descalificación personal del contrario y menos aún en la difamación. Los programas de telebasura que venimos padeciendo en la última década han incluido con demasiada frecuencia descalificaciones personales de carácter político, agitando el árbol para que otros recojan las nueces.
La solución no puede provenir exclusivamente por vía judicial, como ha ocurrido en la difamación contra el matrimonio Aznar. Yendo al fondo de la cuestión, la temida fuerza de la telebasura se sustenta en la sorprendente amplitud de sus audiencias. Debería hacernos reflexionar más seriamente el hecho de que tan amplias capas de nuestra población se dejen seducir por el mal gusto, la chabacanería y la zafiedad que enarbolan estos programas agitando las pasiones más ramplonas. Su existencia y amplitud son un síntoma más de carencias y errores profundos en el sistema educativo y los valores formativos de nuestra sociedad. El más elemental buen gusto, la inteligencia y la educación los haría inviables. Debemos congratularnos de sentencias judiciales que reparan, como en el caso de José María Aznar y Ana Botella, algunos de los más graves daños producidos. Pero el arma de la telebasura solo entrará en vías de extinción cuando se gane la batalla en beneficio de la educación y la formación en valores.
TEMAS RELACIONADOS: